(pag. 1-15)



Llegando a Kittur.

Kittur se encuentra en el sudoeste de la costa India, entre Goa y Calcuta, y a una distancia prácticamente equidistante entre ambas ciudades. Está delimitada por el Mar Arabico por el oeste y por el río Kaliamma por el sur y el este. El terreno de la ciudad es montañoso; la tierra es negra y ligeramente ácida. Los monzones comienzan en Junio y asedian la ciudad hasta Septiembre. Los siguientes tres meses son secos y serenos y son el mejor momento para visitar Kittur. Reconocida por su rica historia, su pintoresca belleza y sus diversas religiones, razas y lenguas, una estancia mínima de una semana es lo más recomendado.

Día uno (por la mañana): La estación de ferrocarril.

Los arcos de la estación de ferrocarril enmarcan tu primera visión de Kittur mientras llegas, como pasajero, en el Vagón de Madras (que llega temprano por la mañana) o en el Oeste Costa Express (que llega por la tarde). La estación es oscura, sucia y sembrada con deshechas bolsas de comida dentro de las cuales perros callejeros clavan sus hocicos; en la tarde son las ratas las que salen.
Las paredes están cubiertas con la imagen de un hombre alegre, rechoncho y barrigón, que está completamente desnudo. Sus genitales están estratégicamente cubiertas por sus piernas cruzadas, las cuales flotan sobre una leyenda en Kannada que reza: “UNA SIMPLE PALABRA DE ESTE HOMBRE PUEDE CAMBIAR TU VIDA”
Se trata del líder espiritual de una secta local de Jain que dirige un hospital gratuito y un comedor en la ciudad.
El famoso templo de Kittamma Devi, una estructura moderna construida en estilo Tamil, se encuentra en el mismo lugar donde se cree que antiguamente existió el sepulcro de una diosa.


Ninguno de los otros tenderos cercanos a la estación de trenes hubiera contratado a un musulmán, pero Ramanna Shetty, el propietario de la Tienda Ideal, donde se vendía té y samosa, le dijo a Ziauddin que por él podía quedarse. Tras demandarle trabajar duramente y mantenerse alejado de las travesuras.
La pequeña criatura cubierta de polvo, dejó su bolsa en el suelo; y sus manos subieron hasta su corazón. ‘Soy Musulmán señor. Nosotros no nos dedicamos a hacer travesuras’

Ziauddin era pequeño y negro, con mofletes de bebe y un sonrisa de duende que dejaba ver sus blancos dientes de conejo. Hirvió té para los clientes, en una enorme y picada caldera de acero inoxidable. Observando con gran atención cómo el agua borboteaba, se desbordaba y chisporroteaba bajo la llama. Cada cierto tiempo, removía su palma dentro de una de las abolladas cajas de acero inoxidable de su lado para sacudir el polvo oscuro del té, o un puñado de azúcar blanco, o un trozo de Ginger dentro de la infusión. Se chupò los labios, aguantó la respiración y con su antebrazo izquierdo vertió el agua de la caldera dentro del colador: el té caliente empañaba los vasos puestos sobre el cartón originariamente diseñados para sostener huevos.
Llevando todos los vasos de té a la vez a las mesas, se deleito con el hombre severo que frecuentaba la cafetería, interrumpiendo sus conversaciones al son de “¡A la de una, a la de dos, a la de tres!” mientras vapuleaba los vasos en la mesa en frente de ellos. Más tarde, el hombre pudo haberle visto de ocupa en un lado de la tienda, remojando los platos en turbias aguas de pantano; o envolviendo las grasientas samosas en páginas rasgadas de libros de trigonometría de la universidad, para que pudieran ser enviadas a domicilio; o recogiendo la mugre de las hojas de té del colador; o tensando, con un destornillador oxidado, un clavo suelto del respaldo de una silla. Cunado se pronunciaba una sola palabra en inglés, todo el trabajo se paraba: Ziauddin podía darse la vuelta y repetir lo más alto que podía (‘Domingo-Lunes, adiós, sexy’) y la tienda entera se estremecía con las risas.

Más tarde, en la noche, justo cuando Ramanna Shetty se estaba preparando para cerrar, Thimma, el borracho de la zona, que traía tres cigarrillos cada noche, se reía gustosamente a carcajadas al ver como el culo y los muslos de Ziauddin, apretaban contra el gigantesco congelador, empujándolo, poco a poco, dentro de la tienda,
‘¡Mirad a ese mequetrefe!’ decía Thimma entre aplausos. ‘El congelador es mas grande que él, ¡pero que peleón resulta ser el tío!’
Llamando al mequetrefe para que se acercara, puso veinticinco monedas en su palma. El pequeño miró a los ojos del tendero en busca de aprobación. Cuando Ramanna Shetty asintió con la cabeza, el pequeño cerró su puño y gritó en inglés ‘¡Gracias señor!’

Una mañana, apretando con la mano la cabeza del chico, Ramanna Shetty le llevó junto al borracho y le preguntó: ‘¿Adivina cuántos años tiene?

Thimma sabía que el mequetrefe tenía unos doce años. Era el sexto de once hijos de una familia de granjeros del norte del estado; tan pronto como las lluvias hubiesen acabado, su padre le metió en un autobús con instrucciones de bajarse en Kittur y andar en los alrededores del mercado hasta que alguien le recogiera. ‘Le largaron sin un solo céntimo
De nuevo puso una mano sobre la cabeza de Ziauddin. ‘Lo que, puedo asegurarte, no es mucho, ¡ni siquiera para un musulmán!’

Ziauddin se había hecho amigo de los otros seis chicos que se encargaban de fregar los platos y llevar la tienda de Ramanna, dormían juntos en una tienda de campaña que tenían puesta detrás de la tienda. Los domingos al mediodía, Ramanna, hacía bajar a los muchachos y lentamente rodeaba con su moto Bajaj de color azul y crema el templo de Kittama Devir, dejando a los chicos seguir a pie. Mientras él entraba en el templo para ofrecer coco a los dioses, ellos se quedaban el asiento verde de la moto, hablando sobre las descaradas letras de color rojo escritas en Kannada, en la cornisa del templo ‘HONRA A LOS VECINOS, ELLOS SON DIOS’

‘Eso significa que la persona de la casa de al lado es tu Dios’ teorizó uno de los chicos.

‘No, significa que Dios está cerca de ti si tu realmente crees en él’ replicó otro.

‘No lo que significa, lo que significa…’ Trató de explicar Ziauddin. Pero no le dejaron terminar: ‘Tú no sabes ni leer ni escribir, pueblerino’

Cuando Ramanna les gritó para que entraran dentro del templo, él se lanzó unos pasos por delante de los otros, vacilante, y luego corrió de vuelta hacia la moto ‘Soy musulmán, no puedo entrar dentro.’ Ziauddin había pronunciado la palabra en inglés y con tal solemnidad que, por un momento, los otros chicos se quedaron en silencio para después comenzar a burlarse.
Una semana antes de que las lluvias comenzasen, el chico empaquetó sus bultos y dijo: ‘Me voy a casa’ Iba a cumplir sus obligaciones para con su familia y trabajar al lado de su padre, su madre y sus hermanos, desherbando o sembrando o segando el campo de algún hombre rico por unas pocas rupias al día. Ramanna le dio cinco rupias “extra” (menos tres céntimos por cada dos botellas de Thums Up que había roto), para asegurarse de que volviera de su aldea.

Cuatro meses después, cuando Ziauddin volvió, había cogido vitíligo y tenía carne rosada rayándole los labios y los dedos y los lóbulos de las orejas llenos de puntos. El niño de cara redondeada se había evaporado durante el verano; en su lugar, se había vuelto delgado y estaba quemado por el sol y tenía una mirada salvaje en sus ojos.

‘¿Qué te ha pasado?’ preguntó Ramanna exigiendo una explicación, después de liberarle de un abrazo. ‘Tenías que haber regresado hace un mes y medio’.

‘No me ha pasado nada’ dijo el chico, frotándose un dedo sobre sus descoloridos labios.

Ramanna ordenó, al fin, un plato de comida; Ziauddin lo agarró y como un animal metió su cara dentro del plato, con lo que el tendero tuvo que decir: ‘¿No te daban de comer en tu casa?’

El ‘mequetrefe’ fue expuesto para poder ser visto por todos los clientes, muchos de los cuales habían estado preguntando por él durante meses; algunos de los clientes que habían cambiado la cafetería de Ramanna por la nueva y más limpia cafetería que se había abierto en los alrededores de la estación, volvieron al salón de té de Ramanna solo para ver al ‘mequetrefe’. Por la noche, Thimma le abrazó unas cuantas veces y luego le soltó 25 céntimos en monedas, que Ziauddin aceptó silenciosamente y deslizó dentro de sus pantalones. Ramanna gritó al borracho: ‘¡No le des propinas! ¡Se volverá un ladrón!’

Ramanna afirmó que el chico había sido pillado robando samosa de menta a un cliente. Thimman le pregunto al dependiente si estaba bromeando.

‘Ni yo mismo no me lo habría creído’ masculló Ramanna. ‘Pero lo vi con mis propios ojos. Estaba cogiendo una Samos de la cocina, y-’ Ramanna mordió una samosa imaginaria. Rechinando sus dientes, Ziauddin comenzó a empujar el frigorífico dentro de la tienda con la parte trasera de su pierna.
‘Pero…solía ser un tipo honesto’ recalcó el borracho.
‘Puede que haya estado robando durante todo este tiempo sin que nosotros nos diésemos cuenta. Hoy en día, ya no puedes confiar en nadie.’

Traquetearon las botellas de la nevera. Ziauddin había parado de trabajar.

‘¡Soy un Pathan[1]!’ y se golpeó en el pecho. ‘¡De la tierra de los Pathanes, del lejano norte, donde hay montañas llenas de nieve! ¡No soy hindú! ¡Yo no hago travesuras!
Después volvió a la parte trasera de la tienda.

‘¿Qué demonios es esto?’ preguntó el borracho. El tendero explicó que Ziauddin ahora no se cansaba de proclamar estos galimatías sobre los Pathanes; pensaba que el chico debía haberlo aprendido de algún mullah del norte del estado.

Thimma rugió. Puso sus manos sobre sus labios y gritó hacia el interior de la tienda: ‘¡Ziauddin, los Pathanes tiene la piel blanca, como Imran Khan; tu, sin embargo, eres tan negro como un Africano!’

Al día siguiente hubo una tormenta en la Tienda Ideal. Esta vez, Ziauddin había sido cogido con las manos en la masa. Agarrándole por el cuello de su camisa y arrastrándole fuera, en frente de los clientes, Ramanna Shetty dijo: ‘Dime la verdad -hijo de perra. ¿Lo has robado tú? Dime la verdad ahora y puede que te de otra oportunidad.’

‘Estoy diciendo la verdad’ Dijo Ziauddin mientras se tocaba sus labios rosas, descoloridos por el vitíligo, con un dedo sucio. ‘No he tocado ni unas solas de esas samosas.’

Ramanna le agarró por los hombros y le tiró al suelo, le propinó algunos puntapiés y luego le sacó a empujones fuera de la cafetería, mientras los otros chicos, en corrillo, miraban impasibles la escena, igual que miran las ovejas cuando ven a uno de su rebaño ser esquilado. Entonces Ramanna bramó: alzó uno de sus dedos ensangrentados. ‘Me ha mordido ¡El muy animal!’
‘¡Soy un Pathan!’ le contestó Ziauddin a gritos, mientras se ponía de rodillas. ‘Nosotras vinimos aquí y construimos el Taj Mahal, y la Fuerte Rojo de Delhi. No te atrevas a tratarme así, hijo de perra, maldito-’

Ramanna se dio la vuelta al oír el ruido que hacían los clientes, quienes se habían congregado alrededor de él, y les miraban fijamente a Ziauddin y a él, para poder determinar quien tenía la razón y quién estaba equivocado: ‘Aquí no hay trabajo para un Musulmán, y él se ha peleado con el único hombre que le había dado un trabajo.’

Unos días mas tarde, Ziauddin pasó por la cafetería, conduciendo una bicicleta con un carrito amarrado a ella; un gran número de botes de leche traqueteaban dentro del carrito.

‘Miradme’ se burló de su antiguo patrón. ‘La gente de la leche confía en mi’

Pero ese trabajo tampoco le duró demasiado. Una vez más fue acusado de robo. Públicamente juró no volver a trabajar para un hindú nunca más.
Nuevos restaurantes Musulmanes comenzaban a abrirse en el lado más lejano de la estación de trenes, donde los inmigrantes musulmanes se asentaban, y Ziauddin encontró trabajo en uno de esos restaurantes. Hacía tortillas y pan tostado en un horno al aire libre, y gritaba en Urdu y Malayalam: ‘Hombres musulmanes, seáis de donde seáis, de Yemmen, de Keral, de Arabia o de Bengal, venid a comer en una auténtica tienda musulmana’.

Pero ni siquiera este trabajo le duró -fue de nuevo acusado de robar por sus patrones, quienes le abofetearon cuando trató de replicar- La vez siguiente fue visto en la estación de trenes con un uniforme rojo, llevando una montaña de maletas sobre su cabeza y peleando implacablemente con uno de los pasajeros por su sueldo.
‘Soy el hijo de un Pathan; la sangre de un Pathan corre por mis venas. Me oyes; ¡No soy un tramposo!’

Cuando les miraba, sus ojos saltaban y se le sobresalían los tendones del cuello. Se había convertido en otro de esos flacos y solitarios hombres de mirada intensa que rondan todas las estaciones de trenes en India, fumando sus beedis[2] en una esquina, que parecen estar preparados para pegar o matar a cualquiera que se percatase de su presencia.

Aún así, cuando los viejos clientes de la tienda Ramanna le llamaban por su nombre, él torcía el gesto y entonces, se podía ver algo del chico de gran sonrisa que vapuleaba los vasos de té sobre sus mesas y estropeaba el inglés. Se preguntaban que le había podido ocurrir.

Al final, Ziauddin por pelearse con los otros mozos de la estación, también fue expulsado fuera de la estación de trenes, y vagó sin rumbo durante unos días, maldiciendo a los hindús y a los musulmanes por igual. Entonces volvió a la estación, cargando, de nuevo, maletas sobre su cabeza. Era un buen trabajador; todo el mundo le reconocía al menos eso. Y ahora había trabajo de sobra para todos. Varios trenes llenos de soldados habían llegado a Kittur -se decía en el mercado que una nueva base militar iba a ser construida en la ruta hacia Cochin- y días después de que los soldados se fueran, trenes de mercancías siguieron su estela, transportando grandes cajones que necesitaban ser descargados. Ziauddin cerró su boca, y descargó los cajones de los trenes y los llevó fuera de la estación, donde esperaban los camiones del ejército para cargarlos.

El domingo, Ziauddin estaba echado en la plataforma de la estación, aún dormido a las diez de la mañana, muerto de cansancio por el esfuerzo hecho durante semanas. Se levantó por un movimiento nervioso de sus fosas nasales: había en el aire olor a jabón. Un riachuelo de espuma y burbujas fluía junto a él. Una hilera de delgados cuerpos negros se estaban bañando en el borde de la plataforma.

La fragancia de la espuma hizo a estornudar Ziauddin. ‘¡Eh, id a bañaros a algún otro lugar! ¡Dejadme en paz!’

Los hombres se rieron y gritaron y apuntaron a Ziauddin con sus dedos llenos de blanca espuma: ‘No todos nosotros somos sucios animales Zia! ¡Algunos de nosotros somos hindúes!

‘¡Yo soy un Pathan!’ Gritó Ziauddin a los bañistas. ‘¡No me hables así!’

Empezaba a gritarles cuando algo extraño sucedió. –Todos los bañistas salieron corriendo lejos de él, gritando: ‘¿Un culi[3] señor? ¿Un culi?

Un forastero se había materializado en la plataforma, aunque ningún tren hubiese parado: un hombre alto, considerablemente delgado, sosteniendo una pequeña maleta blanca. Llevaba una limpia camisa blanca de negocios y pantalones de algodón gris y todo en el olía a dinero; esto volvió loco a los otros mozos de la estación, y se amontonaron a su alrededor, todavía cubiertos de espuma, como hombres con una horrible enfermedad concurridos alrededor del medico que tiene la cura. Pero él los rechazó a todos y se acercó al único mozo de estación que no estaba cubierto de espuma.

‘¿Qué hotel?’ Preguntó Ziauddin, luchando para tratar de abrirse camino a pie.
El forastero se encogió de hombros como diciendo: ‘El que quieras.’ Miró con desaprobación a los otros mozos de estación, que todavía rondaban a su alrededor, prácticamente desnudos y cubiertos de jabón.

Después de sacarles la legua a los otros mozos de estación, Zia partió con el forastero.
Los dos anduvieron hacia los hoteles baratos que ocupaban las calles de los alrededores de la estación. Parándose delante de un edificio que estaba cubierto por signos -por tiendas de electricidad, farmacias, tiendas de fontanería- Ziauddin señaló un rótulo rojo en la segunda planta.

HOTEL DECENT
EMBARQUE Y ALOJAMIENTOS
TODAS LAS COMIDAS Y SERVICIOS AQUÍ
NORTE DE INDIA Y SUR DE INDIA
PLATOS DE LA CHINA TIBETANA OCCIDENTAL
TAXI PASAPORTE VISA FOTOCOPIAS CONFERENCIAS INTERURBANAS
PARA TODOS LOS PAISES

‘¿Que tal este, señor? Es el mejor lugar de toda la ciudad.’ Puso su mano sobre su pecho. ‘Le doy mi palabra’
El Hotel Decent tenía un buen acuerdo con todos los mozos de estación: una tajada de dos rupias y media por cada cliente que llevaran allí.

El forastero bajó su voz hasta alcanzar un tono de confidencia. ‘Mi querido socio, ¿De veras que es un buen sitio?’
Enfatizó la palabra crítica por estar hablando en inglés.
‘Muy bueno’ dijo Zia con un guiño. ‘Muy, muy bueno’

El forastero dobló sus dedos y llamo a Zia para que se acercase.
Habló a Zia al oido: ‘Mi querido socio: yo soy musulmán.’

‘Lo sé señor, yo también soy musulmán’
‘No soy un musulmán cualquiera. Yo soy un Pathan
Fue como si Ziauddin hubiese escuchado un hechizo mágico. Agarró al forastero.

‘Perdóneme señor…Yo no…yo no…yo… ¡Allah le ha enviado justo al apropiado mozo de estación, señor! Y este no es, en absoluto, el hotel adecuado para usted, señor. De hecho, es un hotel muy malo. Y este no es el apropiado…’

Cogiendo la maleta del forastero de lado a lado, sacó al desconocido por el otro lado de la estación -donde los propietarios de los hoteles eran musulmanes- y donde a los mozos de estación no se les daba ninguna ‘tajada’. Ziauddin paró en un lugar y dijo: ‘¿Servirá esto?’

HOTEL DARUL-ISLAM
EMBARQUE Y ALOJAMIENTOS

El desconocido contempló el letrero, el arco verde dentro del hotel, la imagen de la Gran Mezquita de la Meca sobre la puerta principal; después deslizó una mano dentro del bolsillo de sus pantalones grises y sacó un billete de cinco rupias.

‘Es demasiado, por una bolsa, señor. Déme solo dos rupias.’ Zia se mordió el labio. ‘No, hasta eso es demasiado’.

El desconocido sonrió. ‘Un hombre honesto.’

Con dos dedos de su mano izquierda se golpeó el hombro derecho.
‘Tengo un brazo mal, amigo mío. No hubiese podido transportar la maleta sin que esto me hubiese ocasionado un gran dolo’. Apretó el dinero contra la mano de Zia. ‘Te mereces incluso más’.

Ziauddin cogió el dinero; miró a la cara del desconocido.
‘¿Es usted realmente un Pathan, señor?
El cuerpo del chico se estremeció ante la respuesta del desconocido.
‘¡Yo también!’ gritó Ziauddin, y después empezó a correr como un loco, gritando: ¡Yo también, yo también!’

Aquella noche Ziauddin soñó con montañas cubiertas de nieve y una raza de hombres razonablemente delgados que daban propinas como si fueran dioses. Por la mañana, volvió a la casa de huéspedes, y se encontró al desconocido en uno de los bancos de fuera sorbiendo de una taza de té de color amarillo.

‘¿Tomarías el té conmigo, pequeño Pathan?’
Confuso, Ziauddin le tendió la mano, pero el desconocido estaba chasqueando sus dedos. El propietario, un hombre gordo con un labio limpiamente afeitado y una extensa barba blanca en forma de luna creciente, miró descontento al mugriento mozo de estación, antes de darle con un gruñido, permiso para sentarse hoy a la mesa.

El desconocido preguntó: ‘¿Así que tu también eres un Pathan, eh, pequeño amigo?
Ziauddin inclinó la cabeza. Informó al extraño del nombre del hombre que le había dicho que era un Pathan. ‘Era un hombre educado, señor, había estado en Arabia Saudí durante un año’

‘Ah’ dijo el desconocido sacudiendo su cabeza. ‘Ah, ya veo, ya veo’

Pasaron unos minutos en silencio y después Ziauddin dijo: ‘Espero que no se quede aquí por mucho tiempo señor. Esta es una mala ciudad.’

El Pathan arqueó sus cejas.
‘Para musulmanes como nosotros es mala. Los hindús no nos dan trabajo; no nos respetan. Se lo digo por experiencia, señor.’
El desconocido sacó un cuaderno y comenzó a escribir. Zia le observó. Miró después la espléndida cara del desconocido, sus ropas caras; aspiró el aroma de sus dedos y de su rostro.

‘Este hombre es un compatriota tuyo Zia’ se dijo el chico a si mismo ‘¡Un compatriota tuyo!’

El Pathan terminó su té y bostezó. Y como si se hubiese olvidado totalmente de Zia, volvió a su habitación de hotel y cerró la puerta tras de si.

Tan pronto como su amigo extranjero hubo desaparecido dentro de la habitación, el dueño del sitio miró a Ziauddin a los ojos y le sacudió en la cabeza, y el sucio culi supo que ese té no iba a llegar. Volvió a la estación de trenes, donde se colocó en su puesto habitual y esperó a que los pasajeros se le acercaran con baúles de acero o maletas de cuero para ser llevadas al tren. Pero su espíritu radiaba orgullo y no peleó con nadie aquel día. A la mañana siguiente, le despertó el olor de lavandería fresca. ‘Un Pathan siempre se levanta al amanecer, amigo mío’

Bostezando y estirándose, Ziauddin abrió sus ojos: un par de hermosos ojos azules le estaban mirando: los ojos que debía tener un hombre que se ha pasado mucho tiempo contemplando la nieve. Tropezándose con sus pies, Ziauddin se disculpo delante del desconocido, le dio la mano y por poco le besa en la cara.
‘¿Has comido algo?’ Preguntó el Pathan

Zia sacudió su cabeza, él nunca comía antes del mediodía.
El Pathan le llevo a uno de los puestos de té y samosa cercanos a la estación. Zia había trabajado en aquel lugar, y el muchacho contempló con asombro cómo se sentaba en una de las mesas y proclamaba: ‘¡Tu mejor plato! Dos Pathanes necesitan ser alimentados esta mañana’

El desconocido se inclinó sobre él y le dijo: ‘No digas eso en alto. Sabrán quienes somos: es nuestro secreto’
Y luego, rápidamente, puso una nota en las manos de Zia.

Al abrir la nota, el chico vio un tractor y un naciente sol rojo. ¡Cinco rupias!
‘¿Quiere que le lleve su maleta hasta Bombay? Porque, en Kittur, esta nota llega así de lejos.

Él se inclinó hacia atrás en su silla mientras uno de los chicos del servicio ponía sobre la mesa dos tazas de té y un plato que contenía una gran samosa, partida por la mitad y cubierta con Ketchup acuoso. Tanto el Pathan como Zia masticaron su mitad de la samosa. A continuación se sacó un trozo de samosa de sus dientes y le dijo a Ziauddin lo que esperaba a cambio de las cinco rupias.

Media hora después, Zia estaba sentado en una esquina de la estación de trenes, fuera de la sala de espera. Cuando los clientes le pedían que les llevase sus equipajes, él sacudía su cabeza y contestaba: ‘tengo otro trabajo hoy.’ Él contaba los trenes cuando éstos llegaban a la estación. Pero como no era cosa fácil recordar el total, se movió más lejos y se sentó bajo la sombra de un árbol que crecía dentro de la estación. Cada vez que un motor silbaba al pasar, él hacia una marca en el barro con el dedo gordo del pie, tachando cada grupo de cinco. Algunos de los trenes estaban repletos; otros solo transportaban a soldados con armas; y otros estaban casi completamente vacíos. Se preguntó a donde irían todos estos trenes, toda esa gente…. cerro sus ojos y comenzó a soñar; el motor de un tren le sobresaltó e hizo otra marca con el dedo gordo de su pie. Cuando se iba a poner en pie para ir a almorzar, se dio cuenta de que había estado sentado sobre alguna de las marcas y éstas se habían borrado bajo su peso; entonces intentó desesperadamente descifrarlas.



[1] Los pashtunes son un grupo etnolingüístico de lengua irania. Tiene poblaciones ubicadas básicamente en el este y sur de Afganistán, en las provincias pakistaníes de Frontera del Noroeste, Baluchistán yáreas tribales bajo administración federal.

[2] Cigarrillo indio delgado hecho con 0.2 a 0.3 gramos de hebras detabaco envueltas en una hoja de tendu, y atada con un hilo de color en una o ambas puntas.

[3] En la India, China y otros países de Oriente, trabajador o criado indígena


(p.16-27)

El hombre grande sonrió cuando vio a Ziauddin y golpeó 3 veces la mancha del banco que había a su lado.
“No me invitaron a té ayer por la tarde”, se quejó Ziauddin, y explicó lo que había pasado. La cara del patán se oscureció; Ziauddin notó que el extranjero estaba en lo correcto. Era poderoso: sin decir una palabra, se volvió al propietario y puso cara de enfado; en un minuto vino un chico que salía corriendo del hotel sosteniendo una taza amarilla y la puso enfrente de Zia. Él inhaló los olores del cardamon y el dulce vapor de la leche, y dijo: “Diecisiete trenes entraron en Kittur y dieciseis salieron. Conté cada uno de ellos como me dijiste”.
“Bien”, dijo el patán. “Ahora dime, ¿cuántos de esos trenes llevaban soldados indios?”
Ziauddin le miró fijamente.
“¿Cuántos-de-esos-trenes-llevaban-soldados-indios?”
“Todos llevaban soldados... No lo sé...”
“Seis trenes llevaban soldados” dijo el patán. “Cuatro yendo a Cochin, dos volviendo”.
Al día siguiente, Ziauddin se sentó en el árbol que estaba en la esquina de la estación media hora antes de que el primer tren llegara. Marcó la tierra con su gran dedo del pie; entre tren y tren, fue a la tienda de aperitivos que había dentro de la estación.
“¡No puedes entrar aquí!” le gritó el tendero. “No queremos más problemas otra vez”
“No tendrás ningún problema conmigo” dijo Zia. “Hoy llevo dinero”. Puso un billete de 1 rupia en el mostrador.
“Guarda ese billete en la caja y dame un pollo de samosa”.
Esa tarde Zia, reportó al patán que habían llegado once trenes con soldados.
“Bien hecho”, dijo el hombre.
El patán, extendiendo su delgado brazo, ejerció una pequeña presión en las mejillas de Ziauddin. Le dio 5 rupias, que el chico aceptó sin dudar.
“Mañana quiero que te informes sobre cuántos trenes llevan una cruz roja marcada en los lados de los vagones”.
Ziauddin cerró los ojos y repitió: “Una cruz roja marcada en los lados”. Dio un salto, hizo un saludo militar y dijo: “¡Gracias, señor!”
El patán se rió; una extraña, cálida y cordial risa.
Al día siguiente, Ziauddin se sentó bajo el árbol una vez más, garabateando con el pie números en 3 filas. Uno, número de trenes. Dos, número de trenes que llevan soldados. Tres, número de trenes marcados con cruces rojas.
Dieciseis, once, ocho.
Pasó otro tren; Zia alzó la vista, echó un vistazo y después puso el dedo del pie sobre la primera de las 3 filas.
Mantuvo el dedo así, en el aire, durante un instante y después lo dejó caer sobre la tierra, teniendo cuidado de no emborronar ninguna de las marcas. El tren se fue, e inmediatamente detrás entró en la estación otro, lleno de soldados, pero Ziauddin no añadió eso a sus cuentas. Simplemente se quedó mirando fijamente los arañazos que había hecho, como si hubiera visto algo nuevo en ellos.
El patán estaba en el hotel cuando Ziauddin llegó allí a las 16:00. Las grandes manos del hombre estaban a su espalda, y había estado paseando alrededor de los bancos. Se acercó al chico con pasos rápidos.
“¿Conseguiste el número?
Ziauddin asintió con la cabeza.
Pero cuando los dos se habían sentado, él preguntó: “¿Por qué me haces hacer esas cosas?
El patán se inclinó sobre la mesa y con su delgado brazo intentó tocar el pelo de Ziauddin.
“Por fin lo preguntas, por fin”. Sonrió.
El propietario de la casa de hospedaje con la barba como la luna entró sin prisa; puso dos tazas de té sobre la mesa, se echó para atrás y se frotó las manos sonriendo.
El patán le dio permiso para retirarse con un movimiento de la cabeza. Sorbió su té, Ziauddin no tocó el suyo.
“¿Sabes dónde van esos trenes llenos de soldados y marcados con cruces rojas?”
Ziauddin sacudió la cabeza.
“Hacia Calcuta”.
El extranjero apretó más la cara. El chico vio cosas en ella que no había visto antes: cicatrices en la nariz y en la mejilla del patán y una pequeña raja en la oreja izquierda.
“La armada india está estableciendo un base en alguna parte entre Kittur y Calcuta. Por una razón y sólo una razón...” Alzó su delgado dedo. “Para hacer a los musulmanes del sur de la India lo que les están haciendo a los musulmanes en Cachemira.
Ziauddin bajó la vista mirando al té. Una capa de nata de leche se estaba congelando en la superficie.
“Yo soy musulmán”, dijo. “Hijo de musulmán también”.
“Exactamente, exactamente”. Los gruesos dedos del extranjero cubrieron la superficie de la taza de té. “Ahora escucha: cada vez que observes a los trenes, habrá una pequeña recompensa para ti”. Piensa- no siempre serán 5 rupias, pero será algo. Un patán cuida de otros patanes. Es un trabajo simple. Yo estoy para hacer el trabajo duro.-
Ziauddin dijo: “No estoy bien, no puedo hacerlo mañana”.
El extranjero pensó en ello y después dijo: “Me estás mintiendo. ¿Puedo preguntarte por qué?
Pasó un dedo sobre los descoloridos labios por el vitíligo. “Soy musulmán. Hijo de musulmán también”.
“Hay 50.000 musulmanes en esta ciudad”. Rugió la voz del extranjero con irritación. “Cada uno de ellos rabia. Cada uno de ellos está preparado para la acción. Yo sólo te estaba ofreciendo este trabajo sin pena. Porque veo lo que los indios os han hecho. Además, podría ofrecerle el trabajo a cualquiera de esos 50.000 compañeros.
Ziauddin le dio una patada a la silla y se levantó.
“Entonces consigue que uno de esos 50.000 compañeros lo haga”.
Fuera del complejo de la casa de hospedaje, se dio la vuelta. El patán le estaba mirando; habló con voz dulce.
“¿Es esta manera de agradecérmelo, pequeño patán?
Ziauddin no dijo nada. Miró al suelo. Su gran dedo arañaba una figura en la tierra: un gran círculo. Inspiró aire fresco y soltó un ronco siseo.
Después corrió. Salió corriendo del hotel, corrió alrededor del lado hindú de la estación de tren, corrió todo el camino hacia la tienda de té Ramanna Setty y después corrió por detrás de la tienda y entró en la tienda de campaña azul donde vivían los chicos. Allí se sentó con sus moteados labios apretados y los dedos entrelazados fuertemente sobre sus rodillas.
“¿Qué es lo que te ha dado?” preguntó el otro chico. “No puedes estar aquí, lo sabes. Shetty te echará”. Le ocultaron allí esa noche por los viejos tiempos. Cuando se despertaron, él se había ido. Más tarde, fue visto otra vez en la estación de tren, luchando con sus clientes y gritándoles:
“- ¡No hagáis travesuras!

COMO SE PRESENTA LA CIUDAD


En el centro geográfico de Kittur está el estuco desconchado de la fachada del Angel Talkies, un teatro de cine porno; lamentablemente, cuando los ciudadanos dan direcciones, usan el Angel Talkies como punto de referencia. El cine se encuentra a mitad de camino de la calle Umbrella, el corazón de la zona comercial. Una parte significativa de la economía de Kittur consiste en la fabricación de cigarros hechos a mano; con razón, el edificio más alto de la ciudad es el Edificio Ingeniero Bidi en la calle Umbrella, propiedad de Mabroor Engineer, considerado el hombre más rico. No lejos de allí, se encuentra la heladería más famosa de Kittur. El Helado de Comerciantes Ideal y la Sala de Zumo de Fruta Fresca; el White Stallion Talkies, el exclusivo cine de películas en lengua inglesa, es otra atracción cercana. El Ming Palace, el primer restaurante chino en Kittur, abierto en la calle Umbrella en 1986.
El templo Ganapati en esta calle toma como modelo el famoso templo en Goa y es el sitio de la puja anual a la deidad del elefante encabezado. Siguiendo en la calle Umbrella, al norte del Angel Talkies, alcanzarás, a través del Nehru Maidan y la estación de tren, el barrio católico romano de Valencia, cuya principal seña es la Catedral de Nuestra Señora de Valencia. La Doble Puerta, entrada arqueada de la época colonial en el otro extremo de Valencia, conduce al Bajpe, una vez fue un bosque, pero hoy en día es un rápido barrio en expansión. Al sur del Angel Talkies, la carretera va cuesta arriba al Faro Hill y baja al Pozo de Agua Fría. Del transitado cruce cerca del Pozo, sale la carretera que lleva al Bunder, o zona cercana al puerto. Más al sur del Bunder, se puede ver el Sultan’s Battery, una fortaleza negra que pasa por encima de la carretera que conduce a las afueras del río Kaliamma en el pueblo Salt Market, la extensión más al sur de Kittur.

DÍA UNO (POR LA TARDE): EL BUNDER


Has bajado a pie la Carretera del Pozo de Agua Fría, pasado la Carretera Masjid y has comenzado a oler la sal en el aire y a notar la abundancia de los puestos de pescado al aire libre, llenos de gambas, mejillones, camarones y ostras; ahora estás cerca del Mar Arábigo.
El Bunder, o la zona cercana al puerto, es ahora la más musulmana. El mayor referente aquí es el Dargah, o santuario de tumbas de Yusuf Ali, una estructura blanca abovedada en la que miles de musulmanes de todo el sur de la India hacen peregrinaje cada año. El antiguo árbol banyan, creciendo detrás de la tumba del santo, está siempre adornado de cintas verdes y doradas y se cree que tiene poderes para curar a los lisiados. Docenas de leprosos, amputados, ancianos y víctimas de parálisis parcial ocupan las afueras del santuario pidiendo limosna a los visitantes.
Si caminas hacia el otro extremo del Bunder, encontrarás la zona industrial, donde docenas fábricas textiles operan en sórdidos y viejos edificios. El Bunder tiene el más alto índice de crímenes de Kittur y es escena de frecuentes puñaladas, intervenciones policiales y arrestos. En 1987, estallaron disturbios entre hindúes y musulmanes cerca del Dargah y la policía cerró la zona del Bunder durante 6 días. Desde entonces, los hindúes se han mudado al Bajpe y al pueblo Salt Market.



Abbasi descorchó la botella. – Johnnie Walker Red Label, el segundo whisky más fino conocido por Dios o el hombre- y echó un poco en los 2 vasos, adornados con el logo de Air India maharajah. Abrió el viejo frigorífico, cogió una cubitera de hielo y dejó caer con la mano 3 cubitos en cada vaso. Vertió agua fría en los vasos, cogió una cuchara y lo removió. Inclinó la cabeza hacia abajo y se preparó para escupir en uno de los vasos.
Oh, demasiado simple, Abbasi. Demasiado simple.
Tragó saliva. Se desabrocho los pantalones de algodón y los dejó caer. Presionando juntos el dedo corazón y el índice de su mano derecha, los introdujo profundamente en el recto; después los mojó en uno de los vasos de whisky y removió.
Se subió los pantalones y se los abrochó. Frunció el ceño al corrompido whisky; ahora venía la parte difícil – las cosas tenía que ser arregladas así que el hombre de la derecha cogió el vaso de la derecha.
Dejó la despensa que lleva la bandeja.
El oficial de la compañía de electricidad del estado, sentado en la mesa de Abbasi, sonrió abiertamente. Era gordo, un hombre oscuro con una sahariana azul y un bolígrafo de acero en el bolsillo de la chaqueta. Abbasi colocó la bandeja cuidadosamente en la mesa enfrente del caballero.
“Por favor”, dijo Abbasi con redundante hospitalidad; el oficial había colocado el vaso más cerca de él y estaba sorbiendo y lamiéndose los labios. Se acabo el whisky con pequeños tragos y dejó el vaso.
“La bebida de un hombre”.
Abassi sonrió irónicamente.
El oficial colocó las manos en su barriga.
“500”, dijo. “500 rupias”
Abbasi era un hombre pequeño, con un mechón gris en la barba, el cual no trataba de disimular con tinte, como hacían en Kittur muchos hombres de mediana edad; él pensaba que el mechón blanco le daba un toque de ingenuidad, el cual necesitaba porque sabía que su reputación entre sus amigos era la de una criatura simple propensa a brotes regulares de idealismo.
Sus ancestros, que habían servido en la corte real de Hyderabad, le habían legado un elaborado sentido de la cortesía y de las buenas maneras, que él había adaptado a la realidad del siglo XX con toques de sarcasmo y autoparodia.
Cruzó las manos en un saludo hindú e hizo una reverencia ante el oficial. “Sahib, sabes que hemos reabierto la fábrica. Hubo muchos gastos. Si pudieras enseñarme alguno-“.
“500. 500 rupias”.
El oficial giró las gafas y miró fijamente el logo de Air India con un ojo, como si una pequeña parte de él estuviera avergonzada de lo que estaba haciendo. Movió la boca con los dedos: “Un hombre tiene que comerse esos días, señor Abbasi”. Los precios están subiendo muy rápido. Después de que la señora Gandhi muriera, este país ha comenzado a fracasar.
Abbasi cerró los ojos. Consiguió alcanzar el escritorio y retiró un cajón, sacó un taco de billetes, los contó y colocó el dinero enfrente del oficial. El hombre gordo, humedeciéndose los dedos para cada billete, los contó uno por uno; sacó una cinta de goma azul del bolsillo de sus pantalones y la ató a los billetes dos veces.
Pero Abbasi sabía que el suplicio no había acabado todavía. “Sahib, tenemos una tradición en esta fábrica, nunca dejamos irse a un invitado sin un regalo”.
Hizo sonar la campana para llamar a Ummar, su jefe, quien entró casi inmediatamente con una camisa en las manos. Había estado esperando fuera todo el tiempo.
El oficial sacó la camisa blanca de su caja de cartón: observó el diseño: un dragón dorado cuya cola se extendía hasta la parte trasera de la camisa.
“Es magnífica”
“Las enviamos EEUU. Son llevadas por hombres que bailan profesionalmente. Las llaman “baile de salón”. Se ponen esta camisa y se menean bajo las luces rojas de la discoteca”. Abbasi puso las manos sobre la cabeza y giró meneando las caderas y las nalgas de manera sugerente; el oficial le miró con ojos lascivos.
Aplaudió y dijo: “Baila para mí una vez más, Abbasi”.
Entonces se puso la camisa en la nariz y la olió 3 veces.
“Este diseño”- acariciando el contorno del dragón con su gran dedo- “Es fantástico”.
“Ese dragón es la razón por la que cerré”, dijo Abbasi. Coser el dragón requiere un bordado muy fino. La vista de las mujeres haciendo este trabajo se resienten. Un día esto atrajo mi atención; pensé, no quiero responder ante Alá por el daño hecho en la vista de mis trabajadoras. Así que les dije: iros a casa y cerré la fábrica”.
El oficial sonrió irónicamente. Otro de aquellos musulmanes que bebe whisky y menciona a Alá en cada frase.
Metió de nuevo la camisa en su caja y se la puso bajo el brazo.
“¿Entonces que te ha hecho reabrir la fábrica?”
Abbasi juntó los dedos y se los acercó a la boca.
“Un hombre tiene que comer, sahib”
Bajaron las escaleras juntos, Ummar los seguía tres pasos por detrás. Cuando llegaron a la parte de abajo, el oficial vio una oscura abertura a su derecha. Dio un paso hacia la oscuridad. En la tenue luz de la habitación, vio mujeres con camisas blancas en sus regazos, cosiendo dragones a medio acabar. Quería ver más, pero Abbasi dijo: “¿Por qué no entras, sahib? Te esperaré aquí fuera”.
Se volvió y miró a la pared, mientras Ummar llevaba al oficial alrededor de la fábrica, presentándole a algunas de las trabajadoras y le condujo a la parte trasera. El oficial extendió la mano hacia Abassi justo antes de que se fuera.
No debería haberle tocado, pensó Abbasi, al momento, cerró la puerta.
A las 18:00, media hora después de que las mujeres dejaran la sala de costura por ese día, Abbasi cerró la fábrica, entró en su coche de embajador y condujo del Bunder hacia Kittur; sólo podía pensar en una cosa.
Corrupción. No hay fin para ella en este país. En el pasado, hace 4 meses, desde que había decidido reabrir su fábrica de camisas, había tenido que pagar por ella.
El electricista, el hombre de la compañía de agua, la mitad el departamento de impuestos sobre ingresos, la mitad el departamento de impuestos de Kittur, seis oficiales diferentes de la compañía teléfonica, un funcionario de impuestos de hacienda de la Corporación de la Ciudad de Kittur; un inspector sanitario de la Compañía de Salud Estatal de Karnataka; un inspector de salud de la Compañía Sanitaria del Estado de Karnataka; una delegación de la Unión de Trabajadores de Pequeñas Fábricas de Toda India; delegaciones del

pg. 28
Congreso de Kittur, el BJP de Kittur, el Partido Comunista, y la Liga Musulmana.
El coche blanco del embajador recorrió el camino de una inmensa e impoluta mansión. Al menos cuatro tardes a la semana Abbasi iba al club Canara, dentro de una pequeña habitación con aire acondicionado y una mesa verde de billar, para jugar y beber con sus amigos. Era un buen jugador, y su puntería se deterioraba tras su segundo whisky, de modo que a esos les encantaba jugar largas partidas.
–¿Qué te preocupa, Abbasi? –preguntó Sunil Shetty, dueño de otra fábrica de camisas en el Bunder–. Estás jugando muy mal esta noche.
–Otra visita del departamento de electricidad. Un auténtico bastardo esta vez. Un tío oscuro. De algún tipo de baja casta.
Sunil Shetty rió; Abbasi falló el golpe.
A mitad de la partida, se alejaron de la mesa, mientras un ratón corría por el suelo, yendo de pared en pared hasta hallar un agujero por el que colarse.
Abbasi golpeó el borde de la mesa con su puño.
–¿Adónde va toda nuestra cuota de socio? ¡Ni siquiera pueden tener el suelo limpio! ¿Veis lo corruptos que están los dueños de este club?
Después, se sentó en calma, con el cartel que rezaba LOS JUGADORES DEBEN SEGUIR LAS REGLAS DEL JUEGO EN TODO MOMENTO a su espalda, y vio a los otros jugar, con la barbilla apoyada en la punta de su palo.
–Estás tenso, Abbasi –dijo Ramanna Padiwal, propietario de una tienda de sedas, y el mejor jugador de billar del pueblo.
Para disipar ese mito, Abbasi pidió whiskys para todos,

pg. 29
y dejaron de jugar para beber con servilletas de papel envolviendo sus copas. Como siempre, de lo primero que hablaron fue del mismo whisky.
–¿Conocéis a ese tipo que va de casa en casa ofreciendo veinte rupias a cambio de cartones viejos de Johnnie Walker Red Label? –dijo Abbasi–. ¿A quién le vende luego esos cartones?
Los demás rieron.
–Para ser musulmán, eres bastante inocente, Abbasi –dijo Padiwal, el vendedor de coches usados, entre carcajadas–. Evidentemente, se los vende al embotellador. Por eso el Johnny Walker Red que compras en la tienda, incluso si viene en una botella o en un cartón genuino, esta re-embotellada.
Abbasi habló despacio, dibujando círculos en el aire con su dedo:
–¿Así que le vendí el cartón… al hombre que se lo vende al tipo que lo embotella de nuevo y me lo vuelve a vender? ¿Quiere eso decir que me he timado yo mismo?
Padiwal miró con incredulidad a Sunil Shetty y dijo: “Para ser musulmán, este tío es realmente…”
Aquel era un sentimiento mutuo extendido por todos los industrialistas, desde que Abbasi había cerrado su fábrica porque el trabajo dañaba la vista de sus empleados. La mayoría de los jugadores de billar poseían, o habían invertido en fábricas que empleaban a las mujeres de la misma manera; ninguno había soñado ni siquiera con cerrar una fábrica porque una mujer se había quedado ciega aquí o allí.
Sunil Shetty dijo: “El otro día leí en el Times of India que el dueño de Johnnie Walker decía que se consume más Red Label en un pueblo indio común de lo que se produce

pg. 30
en toda Escocia. Cuando se trata de tres cosas –señaló con los dedos–, mercado negro, falsificación, y corrupción, somos los campeones del mundo. Si se incluyeran en los Juegos Olímpicos, India ganaría siempre el oro, la plata y el bronce en esos tres”.
Pasada la medianoche, Abbasi salió a tumbos del club, dejándole una moneda al guardia que se levantó de su asiento para saludarle y ayudarle a llegar a su coche.
Ya borracho, se apresuró a salir del pueblo y a subir al Bunder, ralentizando por fin cuando le llegó el aroma del mar.
Tras parar en la cuneta cuando su casa apareció a la vista, decidió que necesitaba un trago más. Siempre guardaba una pequeña botella de whisky bajo su asiento, donde su mujer no pudiera encontrarla; se inclinó y buscó con su mano por el suelo del coche. Se golpeó la frente contra el volante. Encontró la botella, y un vaso.
Después del trago, se dio cuenta de que no podía ir a casa; su mujer notaría el olor a licor en cuanto cruzase el umbral. Habría otra escenita. Nunca entendía por qué bebía tanto.
Subió al Bunder. Aparcó junto a un vertedero y se dirigió a una tetería. Tras una pequeña playa se veía el mar, el olor de pescado asado flotaba en el aire.
Una pizarra en la puerta de la tetería proclamaba en letras blancas de tiza CAMBIAMOS MONEDA PAQUISTANÍ Y EN USO. Las paredes de la tienda estaban adornadas con fotografías de la Gran Mezquita de la Meca junto a un póster de un chico y una chica

pg. 31
inclinados ante el Taj Mahal. Había cuatro bancos en una terraza exterior. Una vejada cabra blanca y marrón estaba atada en una esquina de la terraza; mascando hierba seca.
En los bancos había hombres sentados. Abbasi tocó a uno de ellos en el hombro, y este se volvió.
–Abbasi.
–Mehmood, hermano. Hazme un poco de sitio.
Mehmood, un hombre gordo con una barba rala y sin bigote obedeció, y Abbasi se apretó junto a él. Había oído que Mehmood robaba coches, que sus cuatro hijos los llevaban a un pueblo al borde de Tamil Nadu, un pueblo cuyo único negocio era la compraventa de coches robados.
Junto a Mehmood, Abbasi reconoció a Kalam, del que se rumoreaba que importaba hachís de Bombay a Sri Lanka; Saif, quien había apuñalado a un hombre en Trivadrum; y un pequeño hombre canoso conocido como el Profesor – y del que se creía el más sombrío de todo el grupo.
Esos hombres eran atracadores, ladrones de coches, facinerosos y peor; pero mientras tomaban té juntos, nada le sucedería a Abbasi. Era la cultura del Bunder. Un hombre podía ser apuñalado durante el día, pero nunca de noche, y nunca tomando té. En cualquier caso, el sentimiento de solidaridad entre los musulmanes del Bunder había aumentado desde los disturbios.
El Profesor estaba terminando una historia de Kittur en el siglo doce, sobre un marinero árabe llamado bin Saad que avistó el pueblo justo cuando había perdido la esperanza de hallar tierra. Había levantado sus manos ante Alá y había prometido que si llegaba

pg. 32
a tierra salvo, nunca volvería a beber licor ni a jugar.
–¿Mantuvo su promesa?
El Profesor parpadeó.
–¿Tú qué crees?
El Profesor era siempre bienvenido a tertulias de madrugada en la tetería porque conocía muchas historias fascinantes sobre el puerto; cómo su historia se remontaba a la Edad Media, por ejemplo, o como el sultán Tippu instaló una vez una batería de cañones franceses para amedrentar a los británicos. Apuntó a Abbasi con el dedo:
–No eres el de siempre. ¿Qué te reconcome?
–La corrupción –dijo Abbasi–. La corrupción. Es como un demonio sentado en mi cerebro y devorándolo con cuchillo y tenedor.
Los demás se acercaron a escuchar. Abbasi era un hombre rico; debía de intimar más con la corrupción que ellos. Les contó lo de la mañana.
Kalam, el traficante de droga, sonrió y dijo:
–Eso no es nada, Abbasi –hizo un gesto en dirección del mar–. Tengo un barco, a medias lleno de cemento y a medias de otra cosa, que lleva un mes esperando a doscientos metros de la costa. ¿Por qué? Porque el inspector del puerto me está asfixiando. Le pago y quiere apretarme más incluso, demasiado. Así que el barco está flotando allí, medio lleno de cemento y de algo más.
–Creí que las cosas mejorarían con el joven Rajiv haciéndose cargo del país –dijo Abbasi–. Pero nos ha defraudado. Es tan malo como cualquier político.
–Necesitamos a un hombre que les haga frente –dijo el Profesor–. Un único hombre honesto y valiente. Ese tío haría más para este país que Gandhi o Nehru.

pg. 33
El enunciado fue acogido por un coro de acuerdos.
–Sí –afirmó Abbasi, mesándose la barba–, y por la mañana siguiente aparecerá flotando en el río Kaliamma. Así.
Imitó un cadáver.
Hubo un apoyo general a aquello. Pero a medida que las palabras salían de su boca, Abbasi pensaba: ¿Es eso cierto? ¿No hay nada que podamos hacer para contraatacar?
Enfundado en los pantalones del Profesor, vio el brillo de un cuchillo. El efecto del whisky se estaba disipando, pero le había llevado a un lugar extraño, y su mente se estaba llenando de pensamientos extraños.
El ladrón de coches pidió otra ronda, pero Abbasi, bostezando, cruzó las manos ante él y negó con la cabeza.
Al día siguiente, se presentó en el trabajo a las diez y cuarenta y cinco, con la cabeza repicando de dolor.
Ummar le abrió la puerta. Abbasi asintió y le quitó el correo. Con su mirada fija en el suelo, se dirigió a las escaleras que conducían a su despacho; entonces se detuvo. En el umbral de la puerta que llevaba al piso de la fábrica, una de las costureras estaba parada, mirándolo.
–No os pago para que perdáis el tiempo –le soltó.
La mujer se volvió y huyó. Abbasi corrió escaleras arriba.
Se puso sus gafas, leyó su correo, leyó el periódico, bostezó, bebió té, y abrió un libro maestro con el logo del Banco Karnataka; estudió una lista de clientes que habían pagado y que no. Continuaba pensando en la partida de billar de la tarde anterior.

pg. 34
La puerta se abrió con un crujido; la cabeza de Ummar apareció.
–¿Qué?
–Están aquí.
–¿Quiénes?
–El gobierno.
Dos hombres con camisas de poliéster y pantalones azules bien planchados empujaron a Ummar a un lado y entraron. Uno de ellos, un tipo rechoncho con una barriga rebosante y un mostacho como el de un fortachón de feria, dijo:
–Departamento de Impuestos.
Abbasi se levantó.
–¡Ummar! ¡No te quedes ahí parado! Díle a una de las mujeres que corra y traiga té de la tetería de la playa. Y alguna de esas galletas Bombay también.
El recaudador rechoncho se sentó a la mesa sin ser invitado. Su compañero, un hombrecito con los brazos atados, dudó con nerviosismo, hasta que el otro le hizo un gesto para que se sentara.
Abbasi sonrió. El recaudador del mostacho habló.
–Acabamos de pasar por la planta de su fábrica. Hemos visto a las mujeres que trabajan para usted, y la calidad de las camisas que estaban cosiendo.
Abbasi sonrió y esperó.
Aquella vez llegó pronto.
–Creemos que usted gane más dinero de lo que nos ha declarado.
El corazón de Abbasi batió con fuerza; se dijo a si mismo que se calmara. Siempre había una salida.
–Mucho, mucho, mucho más.
Sahib, sahib –dijo Abbasi, haciendo gestos conciliadores–, tenemos una costumbre en esta tienda. Todos los que entran

pg. 35
reciben un regalo antes de irse.
Ummar, que sabía lo que debía hacer, estaba esperando fuera con dos camisas. Con una flamante sonrisa, se las entrego a los recaudadores. Aceptaron los sobornos sin una palabra, el tipo escuálido mirando al grande buscando permiso antes de coger su ofrenda.
Abbasi preguntó:
–¿Qué más puedo hacer para ustedes dos sahibs?
El del mostacho sonrió. Su compañero lo imitó. El del mostacho levantó tres dedos.
–Para cada uno.
Trescientos por barba era muy bajo; los verdaderos profesionales de la oficina de la oficina de impuestos no se habrían conformado con menos de quinientos. Abbasi supuso que debía de ser la primera vez para aquellos dos. Al final, se conformarían con cien cada uno, más las camisas.
–Permítanme ofrecerles un pequeño refresco primero. ¿Ustedes los sahibs toman Red Label?
El tipo nervioso casi saltó de su asiento, pero el grandote le echó una mirada.
Red Label es aceptable.
Probablemente nunca les habían ofrecido nada mejor que garrafón, se dio cuenta Abbasi.
Se dirigió a la despensa, y cogió la botella. La vertió en tres vasos con el logo de maharajá Air India. Abrió el congelador. Echó dos cubitos de hielo en cada copa y añadió un pequeño chorro de agua helada. Apretó los hielos bien al fondo de las copas.
El pensamiento cayó en su mente como un meteorito de un cielo puro. No. Se propagó lentamente por su cabeza. No,

pg. 36
no podía darles aquel whisky a aquellos hombres. Podría ser un producto corrupto, vendido en cartones traídos con premisas falsas, pero aun así era un millar de veces tan puro como para caer en aquellos labios.
Se bebió un whisky, después el segundo, y después el tercero.
Diez minutos después, volvió a la habitación con pasos resonantes. Cerró la puerta a su espalda y dejó su cuerpo caer con pesadez contra ella.
El recaudador grandote se volvió con frialdad:
–¿Por qué cierra la puerta?
Sahibs. Esta es la ciudad portuaria del Bunder, la cual tiene tradiciones y costumbres ancestrales que se remontan siglos y siglos atrás. Cualquier hombre está libre de venir aquí a voluntad propia, pero sólo puede irse con el permiso de los locales.
Silbando, Abbasi se dirigió a su escritorio y cogió el teléfono; lo mostró, como un arma, en la cara del recaudador grandote.
–¿Debería llamar a la oficina de impuestos ahora mismo? ¿Debería descubrir si les han autorizado a venir? ¿Debería?
Parecieron incómodos. El hombre escuálido sudaba. Abbasi pensó: estaba en lo cierto. Están haciendo esto por primera vez.
–Observen sus manos. Han aceptado camisas de parte mía, lo que viene a ser un soborno. Tienen la prueba en sus manos.
–¡Mire usted…!
–¡No! ¡Mire usted! –gritó Abbasi–. No van a salir de estas tierras con vida, hasta que no firmen una confesión de lo que estaban intentando hacer aquí. Permita que veamos cómo han salido. Esta es la ciudad del puerto. Tengo amigos en todas direcciones. Estarán ambos

pg. 37
muertos y flotando en el río Kaliamma si chasqueo los dedos ahora mismo. ¿Lo dudan?
El recaudador rechoncho miró al suelo, mientras el otro sudaba a mares.
Abbasi asió el picaporte y les abrió la puerta.
–Largo –y, con una sonrisa, hizo una leve inclinación–. Sahibs.
Los dos hombres se esfumaron sin una palabra. Oyó el sonido de sus pasos en la escalera, y la exclamación de sorpresa de Ummar, que subía llevando una bandeja de té y galletas de Bombay.
Arrojó su cabeza sobre la fría madera de la mesa e indagó qué era lo que había hecho. En cualquier momento, esperó que la electricidad se cortase; los recaudadores de impuestos volverían, con más hombres y una orden de arresto.
Dio vueltas y vueltas por el despacho, pensando: ¿qué me está pasando? Ummar lo miraba en silencio.
Pasada una hora, para su sorpresa, no había habido ninguna llamada de la oficina de impuestos. Los motores seguían en marcha. La luz seguía funcionando.
Abbasi ganó esperanza. Esos tipos eran inexpertos – novatos. Quizás habían vuelto a la oficina y habían continuado con su trabajo. Incluso si se quejasen, los oficiales gubernamentales eran cautos con el Bunder desde los disturbios; podría ser que no quisieran enemistarse con un empresario musulmán en aquel momento. Miró por la ventana al Bunder: aquel puerto violento, podrido y repleto de basura, infestado de ladrones y criminales armados con cuchillos – parecía el único lugar en Kittur donde un hombre estaba a salvo de la corrupción.
–¡Ummar! –vociferó–. Hoy me voy al club pronto –

pg. 38
llama a Sunil Shetty y díle que venga hoy también. ¡Que tengo buenas noticias para él! ¡He vencido a la oficina de impuestos!
Bajó corriendo las escaleras y se detuvo en el último peldaño. A su diestra, se hallaba la entrada a la planta de fabricación. En las seis semanas que habían transcurrido desde que volviera a abrir la fábrica, no había cruzado esa puerta ni una vez; Ummar se había ocupado de los asuntos de la planta. Pero en aquel momento la puerta a su derecha, negra e imponente, era inescapable.
Sintió que no tenía más opción que entrar. Se dio cuenta que los acontecimientos de aquella mañana habían sido, de algún modo, una trampa: para traerle a aquel lugar, obligarle a hacer lo que había evitado hacer desde que reabrió la fábrica.
Las mujeres yacían sentadas por toda la pobremente iluminada habitación, con míseras luces fluorescentes parpadeando sobre sus cabezas, cada una en una estación de trabajo indicada por un número de serie rojo pintado en las paredes. Sujetaban las camisas blancas cerca de sus ojos y le cosían hilos dorados; se detuvieron cuando él entró. Les indicó con un gesto que continuaran trabajando. No quería tener sus ojos fijos en él: aquellos ojos que se estaban dañando, a medida que sus dedos fabricaban camisas doradas que él vendería a bailarinas americanas de salón.
¿Dañados? No, aquella no era la palabra adecuada. Aquella no era la razón por la que las había trasladado a otra habitación.
Todo el mundo en esa sala se estaba quedando ciego.
Se sentó en una silla en medio de la habitación.
El oftalmólogo había sido bien claro; aquel tipo de tejido requerido en las camisas estaba erosionando las retinas de las mujeres. Había usado sus dedos para mostrarle cómo eran profundas las cicatrices. Ninguna cantidad de luz mejorada reduciría el
pg. 39
impacto en las retinas. El ojo humano no estaba hecho para aguantar horas frente a este intrincado diseño. Dos mujeres ya se habían quedado ciegas; por eso había tenido que cerrar la fábrica. Cuando la abrió de nuevo, todas sus viejas empleadas volvieron sin pensarlo. Conocían su destino, pero no había ningún otro tipo de trabajo.
Abbasi cerró los ojos. No deseaba nada más que Ummar le gritase que se le requería arriba.
Pero nadie vino a sacarlo, y continuó sentado en la silla, mientras las mujeres a su alrededor cosían, y sus dedos le hablaban: ¡nos estamos quedando ciegas! ¡Míranos!
–¿Le duele la cabeza, sahib? –la voz de una mujer le preguntó–. ¿Quiere que le traiga algo de Disprin y un poco de agua?
Incapaz de mirarla, Abbasi dijo:
–Todas ustedes váyanse a casa, por favor. Vuelvan mañana. Pero hoy váyanse a casa, por favor. Se les pagará.
–¿Está descontento con nosotras por alguna razón, sahib?
–No, por favor. Regresen mañana. Se les pagará todo el día. Regresen mañana.
Oyó el ruido de sus pasos y supo que se habían ido.
Habían dejado las camisas en sus puestos, y cogió una de ellas; el dragón estaba medio cosido. Apretó la prenda en su mano y pudo sentir, entre sus dedos, el suave tacto de la corrupción.
–La fábrica está cerrada –quiso gritarle al dragón–. Ala, ¿estás ya contento? La fábrica ha cerrado.
¿Y después de eso? ¿Quién mandaría a su hijo al colegio? ¿Se sentaría en los muelles con un cuchillo y robaría coches como Mehmood? Las mujeres se irían a otro lado, a hacer el mismo trabajo.
pg. 40
Golpeó su mano contra el muslo.
Miles, sentados en teterías y universidades y puestos de trabajo todos los días y todas las noches, maldecían la corrupción. Y aún así nadie había encontrado un modo de acabar con el demonio sin renunciar a su parte de la masa de la corrupción. ¿Así que por qué él –un empresario común entregado al whisky y al billar y a escuchar cotilleos de rufianes – debía encontrar una respuesta?
Pero un momento después, se dio cuenta de que ya conocía la respuesta.
Ofreció a Alá un pacto. Él iría a la cárcel, pero su fábrica continuaría en funcionamiento; cerró los ojos y rezó a su dios para que aceptara el trato.
Pero pasó una hora y no llegó nadie a arrestarlo.
Abbasi abrió la ventana de su oficina. Sólo podía ver edificios, una carretera congestionada y muros viejos. Abrió todas las ventanas, pero aun así sólo podía ver muros. Subió al tejado del edificio y se agachó bajo una cuerda de tender para poder salir a la terraza. Se acercó al borde, puso un pie en la fachada que destacaba en el frente de su tienda.
Desde allí, un hombre podía ver los límites de Kittur. Al final del pueblo, uno tras otro, se alzaban un minarete, el campanario de una iglesia, y la torre de un templo, como signos para mostrar las tres religiones del pueblo a los viajeros del mar.
Abbasi vio el mar Arábico extendiéndose lejos de Kittur. El sol brillaba sobre él. Un barco se marchaba lentamente del Bunder, rumbo a donde las azules aguas del mar cambiaban y se tornaban oscuras. Rozaba un inmenso reflejo del sol sobre las aguas, un oasis de pura luz.

(p41)
El Día Dos (Mañana): Colina del Faro
Después de una comida de gambas al curry al Bunder, quizás quiere visitar la colina del faro y su vecindad. El faro famoso, construído por los portugueses y renovado por los británicos, no está más en uso. Un guardia viejo en un uniforme azul se sienta al pie del faro. Si los visitantes se visten mal, o le hablan en Tulu o Kannada, dirá: -¿No puede ver que está cerrado? –. Si los visitantes se visten bien o hablan inglés, dirá: - Bienvenido-. Les tocará dentro del faro y subirán la escalera de caracol hasta la cima, que da una vista espectacular del Mar de Omán. En los años recientes, la Corporación empieza a hacer una sala de lectura dentro del faro; la colección incluye Padre Basil d’Essa La Historia Corta de Kittur. El parque Deshpremi Hemachandra Rao alrededor del faro se llamó en honor de un combatiente por la libertad, que colgó una bandera tricolor del Congreso del faro durante el reinado británico.
(p42)

Pasaba por lo menos dos veces cada año. El prisionero, las esposas en sus muñecas, anda a zancadas hasta la comisaría de la colina del Faro manteniendo su cabeza erguida, y con una cara aburrida; los dos policías, al seguirle, casi corretean para mantener en contacto con él, teniendo una cadena junto a as esposas. Lo curioso es que el hombre con las esposas parece estar arrostrando a los policías, como un hombre que saca dos monos a pasear.

En los últimos nueve anos, el hombre conocido como ‘Xerox’ Ramakrishna había sido detenido veinte-uno veces en el piso de granito delante del parque Deshpremi Hemachandra Rao, para la venta, en tasas descontadas, de libros ilegalmente fotocopiados o impresos a los estudiantes del Colegio San. Alfonso. Un policía venía por la mañana, cuando Ramakrishna se sienta, sus libros se extienden sobre una sábana azul; coloca su bastón en los libros y dice: - Vamos, Xerox. –

El librero gira a su hija de once años, Ritu, que vende libros con él, y dice: - Regresa a casa y sé una chica buena, cariño -. Entonces extiende sus manos para las esposas.

En la cárcel, Xerox está desencadenado y puesto en una celda. Agarrando las barras, entretiene las policías con historias obsequiosas. Les comenta sobre un cuento obsceno de una chica del colegio que lleva vaqueros en el estilo americano, o una nueva palabrota Tulu que ha oído en el autobús al ir al pueblo Salt Market, o quizás, si están de humor para entretenimiento más largo, él les narrará, como ha hecho tantas veces antes, la historia a la que su padre se dedicó todo su vida - quitando la mierda de las casas de propietarios ricos, la ocupación tradicional de personas de su casta.

(p43)

Todo el día, su padre esperaría sin hacer nada a la pared de atrás de la casa del propietario, esperando el olor de mierda humana; tan pronto como olió ese olor, subió a la casa y esperó, arrodillado, como una guardia de los palos espera la pelota. (Xerox se arrodilló y mostró cómo.) Entonces tan pronto como oyó el ruido sordo del aseo siendo cerrado, tuvo que sacar el bacinica por un hoyo en la pared, lo vacía en el rosal, lo enjuga limpia con su taparrabos y lo inserta atrás antes que la próxima persona viniera a utilizar el servicio.¡Eso fue el trabajo que hizo su vida entera, le puede lo cree!

Los carceleros se reirán.

Le traen samosas envolvió en el papel, ellos le ofrecen chai. Lo consideran un hombre decente. Lo dejan salir en mediodía; hace una reverencia profunda a ellos y dice: - Gracias -. Entonces Michael D’Souza, el abogado para los editores y libreros en la calle Aglutinadora, llamará la estación y el grito: -¿Le tiene lo permite de otra vez? ¿No significa la ley vigente nada a usted?- El inspector de la estación, Ramesh, mantiene el receptor a distancia de su oreja y lee el periódico, mirando las cotizaciones en la Bolsa de Bombay. Eso es todo que Ramesh realmente quiere hacer en la vida: lea las cotizaciones en la Bolsa.

Por la tarde, Xerox ha vuelto. Las copias fotocopiadas o impresas baratamente de Karl Marx, Mein Kampf, libros publicados – y películas y los álbumes - y otras, son arregladas en la tela azul extendido por el pavimento en la Colina del Faro,y pequeño Ritu se sienta con la espalda agarrotada, con la nariz intacta larga y bigote débil, mirando como los clientes recogen los libros y los hojean.

-Guárdelo en su sitio,- dirá, cuando un cliente

(p44)

rechace un libro. – Guárdelo exactamente en el sitio de donde lo recogió.

-¿Contabilidad para los exámenes de entrada?- grita un cliente a Xerox. - ¿Obstétricos avanzados?, grita otro.

-¿La alegría de sexo?-

-¿Mein Kampf?-

-¿Lee Iacocca?-

-¿Qué es su mejor precio?- pregunta un joven, hojear el libro.

- Setenta y cinco rupias.-

-¡Ah usted me viola! Está demasiado. –

El joven se va, da una vuelta, regresa, y dice, -que es su precio final, yo no tengo tiempo de malgastar.-

-Setenta y dos rupias. Tómalo o déjalo. Tengo otros clientes.-

Se fotocopian los libros, o a veces se imprime, en una imprenta vieja en el pueblo Salt Market. Xerox ama estar cerca de las maquinas. Acaricia la fotocopiadora; adora la máquina, la manera que destella como relámpago como trabaja, la manera en que runrunea y zumba. El no puede leer inglés, pero sabe que palabras inglesas tienen poder, y que libros ingleses tienen un aura.Mira la imagen de Hitler de la cobertura de Mein Kampf y se siente su poder. Mira la cara de Kahlil Gibran, poético y misterioso, y se siente el misterio y la poesía. Mira la cara de Lee Iacocca, relajado con las manos detrás de la cabeza, y se siente relajado. Por eso una vez dijo a Inspector Ramesh: - No tengo deseo para hacer problemas para usted ni para los editores, señor; sólo adoro libros: adoro hacerlos, tenerlos y venderlos.


(p45)

Mi padre quitó mierda para un vivir, señor: puede ni leer ni escribir. Estaría tan orgulloso si podría ver que hago mi vivir de libros.-

Sólo una vez estuvo Xerox en un apuro verdaderamente con la policía. Eso fue cuando alguien llamó la estación y dijo que Xerox vendía copias Los Versos Satánicas de Salman Rushdie en la infracción de las leyes de la República de India. Esta vez cuando fue traído a la estación en esposas no había cortesías, ningunas tazas de chai.

Ramesh le dio una bofetada.

-¿No sabe, el libro es prohibido, hijo de puta? ¿Piensa que comenzará un disturbio entre los musulmanes? ¿Y me consigue y cada policía aquí transfirió para el pueble Salt Market?-

-Perdóneme- pidió Xerox – No tenía ningún idea que esto libro era prohibido, verdaderamente… Soy sólo el hijo de un hombre que quitó mierda, señor. Esperó todo el día para el servicio para hacer ruido. Sé mi lugar, señor. Yo no soñaría de le desafiar. Fue sólo un error, señor. Perdóneme, señor. –

D’Souza, el abogado del librero, un pequeño hombre con pelo grasiento negro y un bigote ordenado, oyó lo que había sucedido y vino a la estación. Miró al libro prohibido - un libro en rústica masivo con una imagen de un ángel en la frente - y sacudió la cabeza en la incredulidad.

-Eso hijo de mierda de intocables, pensando que fotocopiará Los Versos Satánicas. Qué cojones-.

Se sintió en el escritorio del inspector y le gritó: -¡Te dije que esto sucedería, si tú no lo castigó! Eres responsable para todo esto. –

(p46)

Ramesh deslumbró en X, que estaba arrepentidamente en una cama, como había sido ordenado hacer.

-No pienso que nadie lo vio lo vendiendo. Todo será bien-.

Para calmar al abogado, Ramesh pidió que un policía fuera traiga una botella de Monje Viejo ron. Ellos hablaron un rato.

Ramesh leyó pasajes del libro y dijo: "Yo no entiendo porque hay tanto escándalo, verdaderamente". "Musulmanes", dijo D’Souza, sacudiendo la cabeza. "Personas violentas. Violento".

Llegué la botella de Monje Viejo.Lo bebieron en media hora y el policía fue a traer otro. En su célula, X coloca perfectamente tranquilo, mirando el techo. El policía y el abogado siguieron bebiendo. D’Souza dijo a Ramesh sus frustraciones, y el inspector dijo al abogado sus frustraciones. Uno había querido ser un piloto, volando en las nubes y persiguiendo a azafatas, y el otro - él nunca había deseado nada pero se interesa en la Bolsa. Eso fue todo.

A medianoche, Ramesh preguntó al abogado: -¿Quiere usted saber un secreto?- A hurtadillas, anduvo al abogado a la prisión y le mostró el secreto. Uno de las barras de la célula podría ser quitado. El policía lo quitó, lo blandió, y entonces lo volvió en lugar. -Eso es cómo la evidencia es escondido-, dijo. -No que ese tipo de cosas sucede a menudo en esta estación, claro - pero eso es cómo es hecho, cuando es hecho-.

El abogado se rió tontamente. Aflojó la barra y lo arrojó sobre su hombro, y dijo: -¿No me parezco a Hanuman ahora? -. - Como en la tele-, el policía dijo. El abogado preguntó que la puerta de célula se abrió, y fue.

(p47)

Ellos vieron al preso durmiente que yaciendo en su cuna, un brazo sobre la cara para no entrar la luz que pincha de la bombilla desnuda encima de él. Una astilla de piel desnuda fue expuesta debajo de su camisa barata de poliéster; una enredadera de pelo negro grueso, que miró a sus dos espectadores quiere una consecuencia de la ingle, fue casi igual visible.

-Eso hijo de un intocable.Véale roncando.-

¡Su padre quitó mierda – y este hombre piensa que descargará mierda en nosotros!-


Ramesh bajó los pantalones del hombre roncando; levantó la barra alto arriba, mientras el abogado dijo: ¡Hágalo como Hanuman lo haga, en la tele! Xerox se despertó chillando. Ramesh entregó la barra a D’Souza. El policía y el abogado se turnaron: rompió la barra contra las piernas de Xerox, justo en la articulación de la rodilla, como el mono-dios hizo en la tele, y entonces él rompió la barra contra las piernas de Xerox, apenas debajo de la articulación de la rodilla, como el mono-Dios hizo en la tele, y entonces él lo rompió en las piernas de Xerox apenas encima de la articulación de la rodilla, y entonces, riéndose y besando uno al otro, el dos se tambaleado fuera, gritando para alguien a cerrar la estación detrás de ellos.


Periódicamente por la noche, cuando se despertó, Xerox reasumió su chillando.
Por la mañana, Ramesh regresó, fue dicho por el policía sobre Xerox y dijo: -Mierda, entonces no fue un sueño-. Ordenó que los policías tomen al hombre en la prisión al
(p48)
Hospital Havelock Henry, y pidieron una copia del periódico de la mañana, así que podría verificar los precios de la Bolsa.
La próxima semana, Xerox llegó ruidosamente, porque estuvo en muletas, en la comisaría, con su hija detrás de él. -Puede romper las piernas, pero yo no puedo dejar de vender los libros. Soy destinado a hacer esto, señor,- dijo. Sonrió.
Ramesh sonrió también pero evitó los ojos del hombre.
-Voy a subir la colina, señor,- dijo Xerox, levantando uno de sus muletas. –Voy a vender el libro-
Ramesh y las otras policías reunieron en torno a Xerox y su hija y mendigaron. Xerox deseó que llamen D’Souza, que hicieron. El abogado entró con su peluca, junto con sus ayudantes, también en togas negras y pelucas. Cuando oyó por qué el policía lo había convocado, D’Souza se echó a reír.
-Este hombre sólo le tomó el pelo,- dijo a Ramesh. -No puede subir posiblemente la colina con su pierna como eso.-
D’Souza señaló con el dedo a la parte mediana del cuerpo de Xerox. -Y si trata de venderlo, no será sólo sus piernas que rompemos el próximo tiempo.
Un policía se rió.
Xerox miró a Ramesh con la sonrisa obsequiosa usual. Dobló bajo con palmas dobló y dijo: -Así sea -.
D’Souza se sentaron para beber Monje Viejo ron con los policías, y ellos se pusieron cómodo en una partida de cartas. Ramesh dijo que había perdido dinero en el mercado la semana pasada; el abogado chupó en los dientes y sacudió la cabeza, y dijo que en una gran ciudad como Bombay todos fueron un estafador o un mentiroso o un matón.
Xerox dio una vuelta en sus muletas y salió de la estación.
(p49)
Su hija vino detrás de él. Se dirigieron a la Colina de Faro. La subida tomó dos horas y media, y pararon seis veces para Xerox para beber té o zumo de caña de azúcar. Entonces su hija extendió la tela azul enfrente del Parque Deshpremi Hemachandra Rao, y Xerox se bajó. Se sentó en la tela, puso las piernas fuera lentamente, y dejó un libro grande en rústica a su lado. Su hija se sentó también, vigilando el libro, la espalda agarrotada y erguido. El libro fue prohibido a través de la República de India y fue lo único que X pensó vender ese día: Los Versos Satánicos por Salman Rushdie.

(p50)
Día dos (Tarde): Instituto de enseñanza secundaria y primer ciclo universitario de San Alfonso.
Una caminata corta del parque sube una torre Gótico, gris y masiva en que es pintado un abrigo de armamentos y el lema ‘LUCET ET ARDET’. Esto es El Instituto de enseñanza secundaria y primer ciclo universitario de San Alfonso, se estableció en 1858, Es uno de los establecimientos educativos más viejos en el estado de Karnataka. La escuela que es corrida por Jesuitas, es lo más famoso de Kittur, y muchos de sus alumnos han pasado al Indio Instituto de la Tecnología, al Colegio de la ingeniería Regional del Estado de Karnataka, y a otras universidades prestigiosas en India y en el extranjero.

(p51)
Varios segundos, quizás aún un minuto lleno, había pasado desde la explosión, pero Lasrado, el profesor de la química no había movido. Se sintió en su escritorio, sus brazos extendidos aparte, la boca abierta. El humo se hinchaba del banco en la parte posterior de la habitación, un polvo amarillo como polen, había llenado la habitación, y el hedor de fuegos artificiales estuvo en el aire. Todos los de estudiantes habían dejado ya el aula; miraron de la seguridad de la puerta.
Gomati Das, el maestro del cálculo, llegado de al lado con la mayor parte de su clase; entonces vino Professer Noronha, el hombre de Inglés y Historia Antiguo, trayendo su propia multitud de ojos curiosos. El Padre Almeida, el director, empujó hacia adelante por la multitud y entró el aula acre, la palma sobre la nariz y la boca. Bajó la mano y lloró: -¿Cual es el significado de estas tonterías?-
Sólo Lasrado se quedó en el aula; se paró en su escritorio como un chico heroico que no saldría la cubierta en llamas. Contestó en una voz monótona.
-Una bomba en la clase, Padre. El banco completamente en el parte atrás de la habitación. Se explotó durante la clase. Aproximadamente un minuto después que empezó hablando.-
Padre Almeida miró en el humo grueso entrecerrando los ojos y entonces giró a los chicos: -¡la juventud de este país ha ido al infierno y arruinará los nombres de sus padres y abuelos!-
Cubriendo la cara con el brazo, anduvo con cautela al banco, que se había caído de la explosión. - La bomba todavía fuma-, gritó. - Cierre las puertas y llame a la policía.- tocó Lasrado en el hombro. ¿Me oyó? Debemos cerrar las puertas y…-.
(p52)
Con la cara roja con la vergüenza, temblando con ira, Lasrado giró de repente y - dirigiendo a director, los maestros, los estudiantes - gritado: ¡Os cabrónes! ¡Cabrónes!
En momentos el entero primero ciclo universitario se vació; los chicos reunieron en el jardín, o en el pasillo del ala de la Ciencia y la Historia Natural, donde el esqueleto de un tiburón que había sido lavado arriba en una playa hace algunas décadas había sido suspendido del techo como una curiosidad científica. Cinco de los chicos mantenido aparte de los otros, bajo la sombra o un árbol grande de banyan. Fueron distinguibles de los otros por los pantalones plisados que llevaron, el nombre de marca visible en los de atrás-bolsillos o en el lado y por su aire general del engreimiento. Fueron Shabbir Ali, cuyo padre poseyó la única tienda del alquiler de videos en el pueblo; los gemelos de Bakht, Irfan y Rizwan, los niños del estraperlista; Shankara P. Kinni, cuyo padre fue un cirujano plástico en el Golfo; y Pinto, el descendiente de una familia de café-propiedad.
Uno de ellos había plantado la bomba. Cada uno de este grupo había sido sujeto a múltiples períodos de suspensión de clases para el comportamiento malo, había sido mantenido atrás un año a causa de marcas pobres, y había sido amenazado con expulsión para la insubordinación. Si cualquiera plantaría una bomba, tuvo que ser uno de estos. Parecieron creer que sí a sí mismo. -¿Lo hizo? - Shabbir preguntó a Pinto, que sacudió la cabeza. Ali miró a los otros, repitiendo en silencio la pregunta. -Yo no lo hice tampoco, - indicó al fin. -Quizá Dios lo hizo, - Pinto dijo, y todos se rieron tontamente. Pero fueron conscientes de que todos en la escuela los sospecharon. Los gemelos dijeron que bajarían al Bunder para comer biryani de añojo y mirar las ondas; Shabbir Ali iría a la tienda de videos de su padre, o miraría una película pornográfica en casa; Pinto probablemente le apunto con él. Sólo uno de ellos se quedó en la escuela.
El no podría salir todavía; lo adoró demasiado, el humo y la confusión. Mantuvo el puño apretado.
Mezcló entre la multitud, escuchando el barullo, lo bebiendo en como miel. Algunos de los chicos habían vuelto en el edificio; se destacaron en los balcones de los tres suelos del colegio y abuchearon a ésos en el suelo; y este añadió al zumbido, como si el colegio fuera una colmena golpeado con un asta. Supo que esto fue su barullo - los estudiantes hablaban de él, los profesores lo maldecían. Fue el dios de la mañana.
Para tantos años la institución había hablado con él, hablado groseramente: maestros lo habían castigado con la palmeta, los directores lo habían suspendido y habían amenazado a expulsarlo. (Y, estuvo seguro, detrás de la espalda, lo había ridiculizado para ser un Hoyka, una bajo-casta.) Ahora había hablado atrás a ello. Mantuvo el puño apretado.
¿Piensa que es los terroristas? oyó que algún chico dice. ¿Los Cachemiras, o los punyabíes...? ¡No usted imbéciles! quiso gritar. ¡Soy! ¡Shankara! ¡La bajo-casta!
Allí - miró a Profesor Lasrado, el pelo todavía despeinado, rodeado por sus estudiantes favoritos, los "chicos buenos", busca apoyo y socorro de ellos.

(54)
Curiosamente, sintió el impulso de ir hasta Lasrado para ponerle la mano en el hombro y decirle: Tío, siento tu pena. Entiendo tu humillación y comparto tu furia, y así finalizar los tediosos conflictos entre él y el profesor de química. El deseaba ser uno de los estudiantes en los que Lasrado podía confiar en esos momentos, ser uno de sus ‘chicos buenos’, pero eso era un mal menor.
Lo principal era regocijarse. Sonrió cuando vio a Lasrado sufriendo.
Giró a su derecha y escuchó que alguien de la muchedumbre decía que la policía estaba de camino.
Corrió hasta el jardín de atrás del instituto, abrió la puerta y bajo las escaleras que daban al colegio. Después cruzo un nuevo camino que ya casi nadie usaba.
La calle se llamaba Old Court Road. Hace ya tiempo el tribunal se cambio de sitio y los abogados tuvieron que mudarse, debido a que un hombre de negocios se suicidó. La calle estuvo cerrada por años. Shankara bajaba esa calle desde que era un niño, era su parte favorita de la ciudad. Incluso cuando su chófer le recogía del instituto, lo esperaba al final de las escaleras según la orden que le daba.
La calle estaba rodeada de higueras, pero incluso en la sombra, el sudaba la gota gorda. Siempre era igual, rápidamente empezaba a sudar como si algún calor irrefrenable crecía en su interior.

(55)
Muchos chicos tenían pañuelos en sus bolsillos gracias a que sus madre se los metían, pero Shankara no tenía nunca alguno, por lo que para secarse necesitaba adoptar una método salvaje: arrancaba hojas grandes de los arboles cercanos y los frotaba pro sus brazos y piernas hasta que su piel enrojecía.
Entonces él, se sentía seco.
A mitad de camino, se despedía de las higueras y caminaba por un claro que, a menos que lo conocieras, estaba totalmente oculto. En el claro, había una estatua de Jesús de un bronce ennegrecido. Shankara conocía esa estatua desde que era un niño y se tropezaba con ella para el juego del escondite. Había algo extraño en esa estatua con esa piel oscura, la expresión torcida de sus labios y esos brillantes ojos. Parecía más un símbolo al diablo que el de un Salvador. Además de las palabras escritas en su base eran como un insulto a Dios: YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.
Vio que aun quedaba algo de abono cerca de la base de la estatua, el mismo abono que utilizo como detonante para su bomba. Rápidamente, cogió hojas secas y cubrió el resto de polvos. Después, se apoyo en la estatua y dijo: Cabrón, y se rió.
En ese momento, sintió que su triunfo se había reducido a una simple risita.
Se sentó en la base de la estatua ennegrecida de Jesús, su emoción y tensión le fueron dejándole lentamente. Solía relajarse cerca de las imágenes de Jesús. Tuvo un tiempo en el que pensaba convertirse al Cristianismo ya que entre los cristianos no hay castas. Todo hombre es juzgado por lo que ha hecho en su vida. Gracias al trato que había recibido de los curas jesuitas, castigándole todos los lunes por la mañana en el terreno de reuniones, a toda la vista del colegio entero. Entonces, juro que nunca sería cristiano.

(56)
No había mejor institución para evitar convertirse al cristianismo a los hindúes que los chicos de la escuela católica.
Diciendo adiós a Jesús y comprobando que no quedaban restos del abono visibles en la base de la estatua, continuó bajando la colina.
Sus chofer, un hombre retaco en un desaliñado uniforme de color caqui, le estaba esperando a mitad de la carretera.
-¿Qué haces aquí? – Gritó- te he dicho que esperes al final de la colina. ¡Nunca subas esta calle!
-Señor… no se enfade… escuche la bomba… tu madre me pidió que estuviera seguro que usted estaba…
Qué rápido las noticias se esparcen. Era más grande que él. Era el asunto más importante de su vida.
-La bomba… ¡oh! No fue nada importante- le dijo a su conductor mientras se ponían en camino. ¿Fue un error? ¿Tendría que haber exagerado más?, se preguntó.
No era una ironía llamativa. Su madre había mandado al conductor para que le recogiera como si fuera un niño chico. Él… ¡el que había explotado una bomba! Apretó los dientes. El conductor le abrió la puerta del coche blanco del embajador, pero en vez de subir, Shankara comenzó a gritar:
-¡Bastardo! ¡Hijo de mujer calva! – Paró para tomar aire y siguió - ¡Cabrón! ¡Cabrón!
Comenzó a reírse histéricamente y se subió al coche mientras el conductor le miraba.

(57)
Camino a casa, pensó como algún otro Señor podría esperar respeto de su chófer. Shankara no esperaba nada aún, sospechaba que su chófer era un Brahmin.
Cuando pararon en el semáforo, escuchó a dos chicas hablando sobre la explosión de la bomba junto al coche del Embajador.
-La policía ha preguntado a todo el colegio y el instituto- decían- Nadie se puede ir hasta que encuentren al terrorista.
Tuvo bastante suerte de escapar, si se hubiese quedado más tiempo, hubiera caído en las garras de la policía.
Cuando llegó a su mansión, corrió a la puerta trasera y subió rápidamente a su habitación. Primero pensó en mandar un manifiesto al Dawn Herald: “Lasrado es un tonto y la bomba explotó en clase para probar esto a todo el mundo”. El no podía creer que la dejara en su mesa, la rompió una vez. Después, sin estar seguro de si las piezas podían arreglarse y si el mensaje se lo podía tragar, decidió sólo tragarse algunas de las silabas más importantes. El resto lo quemo con su mechero.
Además, pensó, con malestar debido a la sensación del papel llegando a su estómago, que no era un buen mensaje para mandar a la prensa, ya que su enojo no era sólo contra Lasrado, si no más profundo. Si la policía le preguntaba, el diría:
-Detone esa bomba para acaba contra los 5000 años de antigüedad del sistema de castas que aun regula nuestro país. Exploté esta bomba para mostrar que los hombres no deben ser juzgados, como a mí, simplemente por el hecho de dónde nacer.

(58)
Le harían sentir mejor sus nobles frases. Sabía que le tratarían en prisión de manera diferente, lo harían como un mártir de alguna forma. Los comités de la Hoyka Self-Avancement harían marchas por él y la policía no se atrevería tocarle. Quizás cuando saliera de la prisión, una gran muchedumbre le aclamaría y así podría comenzar una carrera política.
Él sabía ahora que tenía que mandar una carta anónima al periódico. Cogió un papel y comenzó a escribir, aunque su estómago estaba aún revuelto por el papel que se había tragado.
¡Ya está! La terminó y se puso a leer: “El Manifiesto de un Hoyka Equivocado. ¿Por qué la bomba fue explotada hoy?
Luego pensó, todo el mundo sabía que él era un Hoyka. Ellos murmuraban sobre eso, y sus cotilleos eran rumores sin rostro detrás de una puerta negra del instituto. Todo el mundo, tanto el colegio como toda la ciudad, sabían que él era tan rico como Shankara Prasad Kinni, él era simplemente un hijo de una mujer Hoyka. Si mandaba la carta, todo el mundo sabría que fue él quien puso la bomba.
Saltó. Sólo era el grito del vendedor de fruta que había puesto su carrito justo detrás de la pared de la casa:
-¡Tomates, tomates, rojos tomates maduros, ven y coge tus tomates rojos!
Quería ir a Bunder, reservar un hotel diciendo que él era uno cualquiera. Allí nadie le podría encontrar nunca.
El camino por su habitación, después dio un portazo y se zambullo en su cama cubriéndose con las sabanas. Aun debajo de las sabanas podía escuchar al vendedor gritando:
-¡Tomates, rojos tomates maduros, date prisa antes de que se pongan malos!

(59)
A la mañana, su madre estaba viendo una vieja película en blanco y negro hindú que había alquilado de la tienda del padre de Shabbir Ali. A eso dedicaba su tiempo todas las últimas mañanas, a viejos melodramas.
-Shankara, escuche que hubo un revuelo en el colegio – dijo su madre volviéndose al escuchar que bajaba.
Él la ignoró y se sentó en la mesa. No recordaba la última vez que habían mantenido una conversación.
-Shankara – dijo su madre mientras ponía las tostadas en la mesa- hoy vienen tu tía Urmila. Te pediría que te quedaras cerca de casa.
Le dio un mordisco a la tostada sin decir nada a su madre. La veía una posesiva, y molesta, y autoritaria. Él sabía que se sentía intimidada por su hijo medio Brahmin, lo sentía así porque ella no era una mestiza, era una Hoyka completa.
-¡Shankara! Dime por favor: ¿te quedarás cerca? ¿Serás bueno para mí hoy?- él dejó su tostada en el plato y se fue escaleras arriba- ¡Shan-ka-ra! ¡Vuelve!
Incluso aunque la maldijera, él entendía sus miedos. Su madre no quería enfrentarse sola a la mujer Brahmin. Su única reivindicación para la aceptación y el respeto era debido a que había hecho al hombre heredero, como si no tuviera nada que enseñar si no estaba él en casa. Era simplemente una mujer Hoyka entrando si autorización en los dominios de un Brahmin.

(60)
El pensó que era solamente culpa suya si se sentía mal en su presencia. Una y otra vez le había repetido a su madre que se olvidara de los familiares Brahmins. Le había dicho que no se humillara delante de ellos, si ellos no les querían, entonces déjales que no nos quieran.
Pero ella no podía hacerlo, aun deseaba ser aceptada y su único billete era Shankara. Eso no quería decir que él fuera totalmente aceptable para los Brahmins, ellos lo veían como el resultado de una aventura de bucaneros por parte de su padre. Estaba seguro que le asociaban con una completa cadena de corrupciones: mezcla un poco de sexo prematrimonial con una pizca de violación de castas en un oscuro caldero y ¿qué tienes? Ese pequeño y precioso Satán: Shankara.
Algunos familiares Brahmins, como tía Urmila, le habían visitado años y años, aunque nunca parecían disfrutar acariciando sus mejillas o mandando besos voladores o haciendo esas cosas tan repelentes típicas que hacen las tías a sus sobrinos. Tenía el sentimiento de estar siendo tolerado por ellos.
Joder, a él no le gustaba ser tolerado.
Ordenó a su conductor que le llevara a Umbrella Street, mirando sin expresión por la ventanilla a las tiendas de muebles o los puestos de zumos. El se bajó en White Stallion Talkies.
-No me esperes. Ya te llamare o cuando la película haya acabado.
Subiendo por las escaleras, vio al propietario de una saludándole vigorosamente. Era un familiar de su madre. El hombre le sonreía con una enorme sonrisa y después le hacía señas para que fuera a la tienda a sentarse. Shankara siempre era tratado de una manera especial por todos los familiares Hoyka, debido a que era mestizo de Brahmin, es decir, estaba en una posición más alta en términos de castas o era más rico por lo que tenía una clase social más alta. Jurándose a sí mismo, siguió subiendo las escaleras.

(61)
-¿No entienden esos estúpidos Hoykas? –pensó. No había nada que más odiara que su humillamiento ante él debido a que era mestizo. Si le hubieran despreciado, si le hubieran forzado a ponerse en su lugar para expiar su pecado de ser medio Brahmin, entonces, ¡nunca habría ido a verlos cada día!
Había otra razón por la que no fue a visitar este pariente en particular. Había rumores de que el cirujano plástico Kinni mantenía a una señorita en esa parte de la ciudad, una chica Hoyka. Sospechaba que su pariente conocía a esa mujer, por lo que estaría siempre pensando: este chico Shankara, pobrecillo, pobre Shankara que sabe de la traición de su pare. Su padre que no había visto en seis años, quien ni incluso había llamado o escrito aunque mandara paquetes de chucherías, caramelos o chocolates del extranjero. Pero de alguna manera, él sentía que su padre conocía como era la vida. Una señorita Hoyka para el teatro y otra preciosa Hoyka por esposa. Ahora su padre llevaba una vida fácil y lujosa en el Gulf, besando labios de mujeres árabes. Otra señorita allí segurísimo. Hombres como su padre no pertenecen a ninguna casta, religión o raza, ellos viven para ellos mismos. Son los únicos hombres verdaderos del mundo.
La taquilla estaba cerrada: “Próxima sesión a las 8.50 p.m.”. Bajo rápidamente las escaleras intentando esquivar contacto visual con el pariente. Después, girando dos calles rápidamente, llegó a la tienda de helados Ideal Traders Ice Cream Shop, entro y se pidió un batido de chikoo.

(62)
Lo bebió rápidamente con la pajita y, teniendo ya azúcar en su cerebro, se reclinó, se rio y se dijo a sí mismo:
-¡Cabrón!
Así que estaba ya hecho, había humillado a Lasrado por haberle humillado a él.
-¡Otro batido de chikoo! – Gritó - ¡Con doble de helado!
Shankara siembre había sido una de las manzanas podridas del colegio. Desde que tenía ocho o nueve años, había estado en problemas. El mayor problema que tuvo fue con su profesor de química y su problema de pronunciación. Una mañana Lasrado le cogió fumando en el puesto de zumos fuera del colegio.
-Pumar antes de la edad de los veinte detendrá tu crecimiento como una persona normal- le gritó Lasrado- Si tu padre estuviera aquí y no en el Gulp, estaría haciendo exactamente lo que yo…
El resto del día Shankara fue castigado a estar de rodillas fuera de la clase de química. El estuvo arrodillado con los ojos en el suelo y pensó una y otra vez que se lo hacía porque él era un Hoyka, ya que si fuera cristiano o un Bunt, nunca sería humillado así.
Esa noche, cuando se acostó, un pensamiento le llego a la cabeza: ya que él me ha hecho daño, se la voy a devolver. Este pensamiento le vino tan claro y tan bueno como un rayo de sol, como un credo para toda su vida. Su euforia se volvió impaciencia, se giró en la cama diciendo
-Mustafá, Mustafá.
Tenía que quedar con Mustafá, el creador de la bomba.
Había escuchado su nombre hace varias semanas en la casa de Shabbir Ali.

(63)
Ellos justo habían acabado de ver una película porno en la casa de Shabbi Ali esa noche, los cinco de “la banda de chicos malos”. La mujer había entrado por detrás, el gran hombre negro la había metido su poya una y otra vez. Shankara no tenía ni idea si se hacía así, ni Pinto, quien estuvo gimiendo de placer. Shabbir Ali vio la diversión de sus amigos con indiferencia ya que había visto el video muchas veces y ya no le excitaba. Estaba familiarizado con la maldad que ya nada le excitaba (ni escenas de fornicación, ni violaciones e incluso ni brutalidad). Ese constante contacto con el vicio, le había hecho volver a su estado de inocencia.
Después del video, los chicos estaban en la cama de Shabbir Ali amenazando con pajearse allí mismo, mientras su anfitrión les avisaba que ni siquiera se le pasara por la cabeza hacerlo.
Shabbir Ali sacó un condón para mantenerlos felices y que tuvieran la oportunidad de meter los finos dedos dentro.
-¿Para quién esto, Shabbir?
-Para mi novia.
-Cierra la boca, maricón.
-¡Tú eres el maricón!
Los otros comenzaron hablar de sexo y Shankara, mirando el techo, escuchaba fingiendo absorberse en sí mismo. Sentía que siempre estaba fuera de esas conversaciones porque sus amigos sabían que aun era virgen. En el colegia había una chica que ‘’hablaba’’ con los hombres. Shabbir Ali había “hablado” con ella, además había insinuado que había hecho incluso más. Shankara pretendía hacer creer que él también había “hablado” con mujeres, incluso quizás que se había follado a una puta en Old Court Road. Sin embargo, sabía que los otros podían ver a través de él.

(64)
Ali comenzó a pasar cosas, el condón fue seguido de una pesa que tenía debajo de la cama, copias de Hustler, Playboy y la revista oficial de la NBA.
-Adivinar que es… - era algo pequeño y negro con un temporizador pegado – es un detonador- respondió ya que nadie lo adivinó.
-¿Qué hace? – Shankara preguntó sosteniéndolo a la luz.
-Detona ¡Idiota! –Hubo una risa- lo usas en una bomba.
-Hacer una bomba es lo más fácil en el mundo- dijo Shabbir- coge una bolsa de abono, pon el detonador y ya está.
-¿De dónde lo sacaste? – alguien, que no fue Shankara, preguntó.
-Mustafá me lo dio – respondió Ali casi apartado.
Mustafá, Mustafá. Shankara se aferró a ese nombre.
-¿Dónde vive? – preguntó uno de los gemelos.
-Debajo, junto al Bunder. En el mercado de pimienta. ¿Por? –Shabbir Ali arrancó el cuestionario- ¿planeas hacer una bomba?
-¿Por qué no?
Más risitas. Shankara no pronunció más palabras aquella tarde, repitiendo Mustafá con miedo de que si decía algo más, se le pudiera olvidar ese nombre.

Cuando estaba agitando su batido de chikoo, dos hombres se sentaron al lado, dos hombres policías. Uno pidió un zumo de naranja y el otro quería saber cuántos tipos de tés se servían en aquella tienda. Shankara se levantó y se volvió a sentar. Sabía que en breve se pondrían a hablar de él. Su corazón comenzó a latir rápidamente.

(65)
-Sólo explotó el detonador y esparció todo el abono por toda la habitación. Ese idiota que la hizo pensó que hacer una bomba es tan fácil como poner un detonador dentro de una bolsa de abono. Es bueno, sin embargo algunos de esos chicos podían haber muerto.
-¿En qué pensarán los jóvenes de este país?
-Estos días, todo es sexo, sexo y violencia. Todo el país esta dirigiéndose a una forma Punjab.
Uno de los polis le cogió mirando y le miro. Él se giró. Quizás debería haberse quedado cerca de casa con la tía Urmila. Quizás lo mejor haberse quedado en casa.
¿Pero qué garantía tenía de que no le traicionara incluso siendo su tía? Nunca puedes saber con los Brahmins. Cuando era pequeño, fue a una boda de un pariente Brahmin. Su madre no iba nunca a esos eventos pero su padre le metía en el coche y le decía que jugara con sus primos. Los niños Brahmins le invitaban a unirse a la competición. Echaban un poco de sal a un trozo de helado de vainilla y el desafío era haber quien se lo comía.
-¡Idiota! – Uno de los otros gritó cuando Shankara dejaba la cuchara después de meterse la cucharada del helado salado a su boca- ¡Era sólo una broma!
Los años pasaban y siempre era lo mismo. Un chico Brahmin del colegio le invitó a su casa. Esperó un momento, miro al chaval y dijo que sí. El chico y su madre le invitaron al salón. Era una familia “moderna”, ellos habían vivido en el extranjero. El vio la miniatura de la Torre Eiffel y la porcelana en el salón. Se sintió tranquilo cuando vio que no sería tratado de mala manera.

(66)
Le dieron té y pastas y le hicieron sentir perfectamente en la casa. Al irse, se dio la vuelta y vio a su madre con un trapo en su mano derecha limpiando el sofá donde él había estado sentado.
Su casta parecía ser conocida para gente quien no tenía nada que conocer. Un día, cuando se fue a jugar al cricket en Nehru Maidan, un señor mayor le miraba desde la pared del campo de juego. Al final, le examinó la cara, el cuello y las muñecas por varios minutos. Shankara no hizo nada mientras le examinaba, simplemente miraba las arrugas que radiaban desde sus ojos viejos.
-Tú eres el hijo de Vasudev Kinni y la mujer Hoyka ¿no? – Insistió en que Shankara caminara con él- tu padre siempre fue un hombre fuerte e inteligente. Él nunca habría aceptado casarse. Un día encontró a tu madre, y dijo a todos los Brahmins: al diablo con vosotros. Me casaré con esta preciosidad os guste o no. Yo sabía que pasaría, sabía que serías un bastardo. Ni un Hoyka ni un Brahmin. Se lo dije a tu padre pero no me escuchó.
El hombre le dio golpecitos en el hombro. La forma inconsciente en la cual le toco parecía que el hombre no era un intolerante, ni un obsesivo de las castas, solamente alguien hablando sobre la triste realidad de la vida.
-Tú también perteneces a una casta, - dijo el señor mayor- los Brahmo-Hoykas, entre los dos. Esa casta se menciona en las escrituras y sabemos que existen en algún lugar. Son personas totalmente separadas de otros humanes. Deberías hablar con ellos, casarte con uno de ellos. Es la única manera que las cosas sean normales otra vez.

(67)
-Sí, señor- Shankara respondió sin saber exactamente que había dicho el hombre viejo.
-Hoy en día, no hay nada parecido a casta. - dijo el hombre con rechazo- Los Brahmins comen carne. Los Kshatriyas estudian y escriben libros. Las castas bajas se convierten al cristianismo y al islam. Escuchaste lo que pasó en Meenakshipuram ¿no? El coronel Gaddafi está intentando destruir el hinduismo y los curas cristianos le ayudan. – Seguían andando hasta llegar a la parada del autobús- Debes encontrar tu propia casta, encuentra tu gente.
El señor avergonzó ligeramente a Shankara y subieron al autobús donde comenzó a empujar a los hombres jóvenes por un sitio para sentarse. Shankara se compadeció del pobre viejo Brahmin. Nunca había cogido el autobús ya que tenía su propio chófer.
Shankara entonces comenzó a pensar: él pertenece a una casta superior a la mía pero es pobre. ¿Qué significa esto entonces? ¿Casta? ¿Es sólo una fábula para un señor mayor como él? Si solamente te dices que las castas son ficción, ¿desaparecería como el humo? Si dices: Soy libre ¿te darías cuenta que siempre has sido libre?

Shankara había terminado su cuarto batido de chikoo y tenía malestar. Lo único que le apetecía cuando dejo la heladería era ir hasta Old Court Road y sentarse junto a la estatua del ennegrecido Jesús.
Miro a su alrededor para ver si la policía le seguía. Era obvio que no era el mejor día para ir algún sitio cerca del la estatua de Jesús ya que los policías estarían investigando todas las rutas del colegio. Era un suicidio.

(p.68)
Pensó en Daryl D’Souza. ¡Ése fue el hombre que debería visitar! Durante sus 20 años en educación, Daryl D’Souza había sido el único que le ha tratado a Shankara con respecto.
Shankara había visto el profesor por la primera vez en una concentración político. Fue ‘La Concentración del día del orgullo y expresión personal de los Hoykas,’ que tuvo lugar en el Maidan Nehru, la plaza central del pueblo, – el mayor evento político en la historia del Kittur, como el periódico diría al día siguiente. Diez mil Hoykas habían llenado el Maidan para exigir sus derechos, como miembros de una comunidad totalmente desarrollado, y para pedir retribución por cinco milenios de injusticia perpetrados hacia ellos.
El hablante de calientemente habló del problema de la lengua. Tulu debería declararse como la lengua oficial de la ciudad, porque Tulu era la lengua del hombre ordinario, y no debería ser Kannada, que era la lengua de los Brahmines.
Un aplauso fuertísimo le siguió.
El profesor, aunque el mismo no fue un Hoyka, había sido invitado como un afuerino comprensivo; él sentaba al lado del invitado de honor, el miembro de parlamento de Kittur, quien fue un Hoyka, el orgullo de su comunidad. Un miembro tres veces, y también un miembro subalterno del Gabinete de India – un señal para la comunidad entera de lo alto que podrían alcanzar todos.
Por fin, después de muchos hablantes preeliminarlos, el Miembro de Parlamento se puso de pie. Empezó a gritar: “Nosotros, hermanos y hermanas Hoykas, no podíamos ir en el templo en los viejos tiempos, ¿lo sabéis? El sacerdote estaba en la puerta, diciendo, “Tú, no, ¡eres de la casta baja!”
Se detuvo, para dejar retumbar entre sus oyentes el insulto.
“¡Casta baja! ¡Vete! Pero desde el momento en que yo fue elegido al parlamento – por vosotros, mi pueblo - ¿se atreven los Brahmines a trataros de esta manera? ¿se atreven a llamaros de baja casta? ¡Nosotros componemos noventa porcentaje de esta ciudad! ¡Nosotros somos Kittur! ¡Si nos golpeen, vamos a devolver el golpe! Si nos avergonzen, nosotros vamos a –”

(p.69)
Después del discurso, alguien reconoció a Shankara. Se le llevaron a una pequeña tienda, en la cual el Miembro de Parlamento estaba relajándose después de su discurso, y él fue presentado como el hijo del cirujano Kinni. El gran hombre, quien estaba sentado en una silla de Madera, con una bebida en su mano, dejó su vaso con firmeza, derramando su bebida. Tomó la mano de Shankara en la suya, y gesticuló que Shankara se agachara en el suelo a su lado.
“Dado tu situación familiar, tu posición social, tú eres el futuro de la comunidad Hoyka,” dijo el MP. Se detuvo, y eructó.
“Claro, señor.”
“¿Tú comprendes lo que acabo de decir?” preguntó el gran hombre.
“Claro, señor.”
“El futuro es nuestro. Nosotros componemos noventa porcentajes de esta ciudad. Todo lo de ese Brahmin de mierda se acabó.”
“Claro, señor.”
“Si te golpeen, tú devuelves el golpe. Si ellos… si ellos…” El gran hombre hizo círculos en el aire con su mano, para terminar su declaración arrastrada.
Shankara quiso gritar con alegría. “¡Brahmin de mierda!” Sí, esto era precisamente lo que él habría dicho; ¡y aquí estaba un Miembro de Parlamento, un ministro del gabinete en el gobierno de Rajiv Gandhi, hablando tal como él hubiera hablado!
Después un ayudante llevó a Shankara afuera de la tienda. “Señor Kinni.” El ayudante apretó el brazo de Shankara. “Si pudieras hacer un pequeña donación por esta función. Solamente un poquito…”

(p.70)
Shankara vació sus bolsillos. Cincuenta rupias. Él las dio todas al ayudante, quien se inclinó profundamente y le dijo otra vez que fuera el futuro de la comunidad Hoyka.
Shankara observaba. Ya cientos de hombres se estaban poniendo en las colas, donde cerveza y botellas de Run, de cuarto litro, se estaban distribuidos, como sobornos por haber atendido la concentración, y haber aclamado los hablantes. Negó con su cabeza, con desaprobación. A él no le gusto la idea de que él fuera parte del noventa porcentaje de su ciudad. Ahora se le parecía que los Brahmines eran indefensibles – una antigua élite de Kittur, quien ahora vive en miedo de ser robado de sus casas y su riqueza por los Hoykas, los Bunts, los Konkanas, y todos los demás en la ciudad. El puro aspecto mediano de los Hoykas – lo que hacían se convirtió de inmediato en lo mediano – le repeló.
La mañana siguiente, él leyó el periódico y pensó que había sido demasiado severo con los Hoykas. Recordó al profesor que había estado en el tablado y descubrió desde su chófer su dirección. Él anduvo de un lado para otro afuera de la verja exterior de la casa del profesor un ratito. Por fin, abrió la verja, se acercó a la casa, y apretó el timbre.
El profesor abrió la puerta. Shankara dijo: “Señor, yo soy un Hoyka. Tú eres el único hombre en esa ciudad en que puedo fiar. Quisiera hablar contigo.”
“Yo sé quien eres tú.” Profesor D’Souza dijo. “Entre.”
Profesor D’Souza y Shankara sentaron en el salón y hablaron durante mucho tiempo.
“¿Quién es ese Miembro de Parlamento? ¿Cual es su casta?” el profesor preguntó.

(p.71)
La pregunta confundió a Shankara. “Es uno de nosotros, Señor. Un Hoyka.”
“No exactamente,” dijo el profesor. “Es un Kollaba. ¿Has oído hablar de ese término? No existe un Hoyka, mi hijo. Esta casta está subdividida en siete sub-castas. ¿Comprendes este término? Bien. El Miembro de Parlamento es un Kollaba, la más alta de los siete subcastas. Los Kollabas siempre han sido millionarios. Los antropólogos británicos de Kittur apuntaron esto con interés, aún durante el siglo diecinueve. Los Kollabas han explotado las otras seis castas durante años. Y ahora, otra vez, ese hombre se aprovecha del hecho de que sea Hoyka para lograr ser elegido otra vez, para poder sentar en una oficina en Nueva Delhi y aceptar grandes sobres llenos de efectivo desde empresarios, quienes quieren establecer fabricas de ropa en el Bunder.”
¿Siete subcastas? ¿Los Kollabas? Shankara nunca había oído hablar de nada de esto. Miraba boquiabierto.
“Esto es el gran problema de vosotros Hindus,” el profesor dijo. “¡Sois misteriosos para vosotros mismos!”
Shankara se sintió avergonzado de ser Hindu; que sistema más repugnante, ese sistema de castas que sus antepasados habían creado. Pero, al mismo tiempo, Daryl D’Souza le había molestado. ¿Quién fue ese hombre, quien pensaba que el podía sermonearle a él sobre la casta? ¿Cómo se atrevieron los Cristianos a hacer esto? ¿No fueron ellos mismos también Hindu, en algún momento? ¿No deberían ellos haber seguido siendo Hindu, y haber derrotado los Brahmines desde adentro, en vez de eligir la opción más fácil de convertirse?
Aplastó su sensación de molestia, y se la convirtió en una sonrisa.
“¿Qué hacemos con el sistema de la casta, señor? ¿Cómo nos deshacemos de el?”

(p.72)
“Una solución es hacer lo que han hecho los Naxalites, es decir simplemente hacer que las castas altas se explotan totalmente,” dijo el profesor. Tenía un costumbre curioso, pero pintoresco, como el costumbre de mujeres, de mojar su gran galleta redonda en su leche, y después darse prisa de comérsela antes de que se haga demasiado empapada. “Se explota el sistema entera; de esta manera puedes empezar de nuevo, o sea from scratch .”
From scratch ’ – el modismo americano alborotó a Shankara. “Yo también pienso que debemos empezar from scratch , señor. Yo pienso que debemos derrotar el sistema de casta, y empezar from scratch .”
“Hijo mío, tu eres un nihilista,” el profesor dijo, con una sonrisa de aprobación. Le dio un mordisco a su galleta.
No se habían encontrado otra vez; el profesor estaba viajando, y Shankara estaba demasiado tímido para entremeterse una segunda vez. Pero nunca había olvidado de la conversación. Ahora, vagando aturdido por la ciudad, la azúcar en las batidas provocándole una sensación de andar mal de estómago, pensó: él es el único hombre que puede comprender lo que yo he hecho. Voy a confesarle todo.

La casa del profesor estaba llena de estudiantes. Un reportero del periódico The Dawn Herald estaba ahí, echándole al gran hombre preguntas sobre el terrorismo. Una grabadora grande y negra sentaba en el escritorio. Shankara, quien había llegado a la casa del profesor en auto-rickshaw, se quedó esperando con los otros estudiantes, y observó.
“Es un acto absoluto del nihilismo, de parte de un estudiante,” estaba diciendo el profesor, sus ojos fijados en la grabadora. “Deberían atraparle, y meterle en la cárcel.”
“¿Señor, qué nos dice ese episodio sobre el India de hoy, Señor?”
“Esto es un ejemplo del nihilismo de nuestra juventud,” dijo Profesor D’Souza. “Están perdidos, sin dirección. Han…” – una pausa – “…perdido los valores morales de nuestra nación. Nuestras tradiciones se van olvidando.”

(p.73)
Shankara se atragantó con ira. Irrumpió furioso.
Fue en auto-rickshaw hasta la casa de Shabbir Ali, y tocó el timbre. Un hombre con barba, una kurta en el estilo del Norte de la India, con su pelo del pecho sobresaliendo, abrió la puerta. Le faltaron a Shankara algunos momentos para reconocerle como el padre del Shabbir Ali, a quien nunca había visto.
“No le deja hablar con ningún de sus amigos,” dijo. “Vosotros tipos habéis corrompido a mi hijo.” Y se dio con la puerta en las narices.
Entonces, el gran Shabbir Ali, el hombre que ‘hablaba’ con las mujeres y jugaba con los condones, estaba encerrado en su propia casa. Por parte de su padre. Shankara quería reir.
Estaba ya harto de irse en auto-rickshaw; entonces llamó a su casa desde un teléfono público y pedió que mandaran el coche hasta la casa del Shabbir Ali para recogerle.
En casa, entornilló la puerta de su habitación. Y se echó en su cama. Levantó el teléfono, lo dejó, contó hacia cinco, y lo volvió a levantar otra vez. Por fin, tuvo éxito. En Kittur, esto fue lo único que tenías que hacer para entrar en un mundo de otro.
Estaba escuchando la conversación de otros, con las líneas telefónicas cruzadas.
La línea crepitó, y se reanimó. Un hombre y una mujer, puede ser hombre y mujer, estaban hablando. Estaban hablando en un lenguaje que él no podía entender; pensó que podía ser Malayalam – los hablantes deberían de ser musulmanes, pensó. Se preguntaba de qué estaban hablando – ¿el hombre se quejaba de su salud, o ella estaba pidiendo más dinero para mantener la casa? ¿Por qué estaban hablando por teléfono, se preguntaba? (p.74) ¿El hombre estaba viviendo lejos de Kittur? Cualquiera que fuera su situación, cualquier que estuvieran diciendo en su lenguaje, el se sentía la intimidad de su conversación. Sería bueno tener una mujer, o una novia, pensaba. Para no estar tan solo todo el tiempo. Hasta tener una sola, verdadera amiga. Esto habría impedido que el hubiera planteado esa bomba, y se hubiera metido en tantos problemas.
El tono del hombre de repente cambió. Empezó a cuchichear.
“Pienso que alguien está respirando en la línea,” dijo el hombre – o así imaginaba Shankara.
“Sí, tienes razón. Algún pervertido nos está escuchando,” contestó la mujer – o así imaginaba Shankara.
Después, el hombre colgó.
Tengo lo peor de las dos castas en mi sangre, pensaba Shankara, echándose en su cama, el contestador del teléfono todavía en su oreja. Tengo la ansiedad y el miedo del Brahmin, y la tendencia de actuar sin pensar del Hoyka. En mí, lo peor de ambos están juntos, y esto ha producido esa monstruosidad que es mi personalidad.
Se estaba volviendo loco. Sí, de esto estaba seguro. Quería salir de la casa otra vez. Tenía miedo de que el chofer se hubiera dado cuenta de su manera inquieta.
Salió de la puerta trasera, y se escabulló, sin que el chofer le viera.
Pero probablemente no sospecha de mí, pensó. Probablemente piensa que yo soy un mocoso inútil, como Shabbir Ali.
Todos esos tipos como Shabbir Ali, se contaba con amargura, viven en códigos. Hablaban de cosas, pero nunca hacían estas cosas. Tenían condones en sus casas, pero no los utilizaban; guardaban maquinas de detonar, pero nunca explotaban. (p.75) Charla, y charla, y charla. Esta fue sus vidas. Fue como el sistema de poner sal en los helados. Se pone el sal en la vanilla y se lo deja en aire libre; ¡pero no se supone que alguien lo lasca! ¡Sólo era una broma! Se suponía que era todo una broma, lo de las bombas. Si conocías el código, sabías que sólo era charla. Solamente él lo había tomado en serio; el había pensado que joderon las mujeres y explotaron las bombas. El no sabía el código, porque en realidad no pertenece – ni a los Brahmines, ni a los Hoyka, aún ni a una pandilla de mimados mocosos.
Estaba en una casta secreta – una casta de Brahmo-Hoykas, de la cual solamente había encontrado a un miembro – sí mismo – y que le dejaba de un lado de las otras castas del género humano.

Se fue en otro auto-rickshaw hacia la escuela primaria, y desde ahí, seguro de que nadie le viera, subió la Calle de la Vieja Corte con su cabeza hacia la tierra y sus manos en sus bolsillos.
Dejó detrás los árboles, se acercó a la estatua de Jesús, y sentó. El olor del abono todavía se olía fuertemente. Con los ojos cerrados, trató de calmarse. En vez de esto, empezó a pensar del suicidio que había sucedido en ese camino, hacía muchos años. Shabbir Ali lo había contado. Habían encontrado a un hombre, colgando desde un árbol al lado de este camino – posiblemente aún en este sitio mismo. Una maleta estaba debajo de sus pies, quebrado y abierto. A dentro, la policía había encontrado tres monedas de oro, y un apunte. “En un mundo que falta del amor, el suicidio es la única transformación posible.” Después había una carta, dirigida a una mujer en Bombay.

(p.76)
Shankara abrió sus ojos. Fue como si pudiera ver al hombre de Bombay, colgado enfrente de el, sus pies pendiendo enfrente del Jesús oscuro.
Se preguntaba: ¿esto también sería su suerte? ¿Él también terminaría su vida, condenado y colgado?
Recordaba otra vez estos fatídicos eventos. Después de la conversación en la casa de Shabbir Ali, había ido al Bunder. Había preguntado por Mustafa, describiéndole como un hombre que vendaba abono; le habían mandado a un mercado. Encontró una hilera de vendedores de abono, preguntó por Mustafa, y le dijeron: “Vaya arriba.” Subió unas escaleras. Se encontró en un espacio totalmente obscuro, donde le pareció que mil hombres tosían al mismo tiempo. Él también empezó a toser. Mientras que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, se dio cuenta de que estaba en un mercado de pimiento. Enormes sacos de arpillera estaban amontonados en la pared, y los trabajadores, tosiendo sin fin, los estaban recogiendo. Después, la oscuridad se terminó y llegó en un patio al aire libre. Otra vez preguntó: “Dónde está Mustafa?”
Le dirigieron hacia un hombre echado en un carro de viejas verduras, en la dirección de una puerta abierta.
Entró, y descubrió tres hombres jugando cartas alrededor de una mesa redonda.
“Mustafa no está,” dijo un hombre con ojos estrechos. “¿Qué quieres?”
“Un saco de abono.”
“¿Para qué?”
“Crezco lentejas,” Shankara dijo. El hombre rió.
“De qué tipo?”
“Frijoles mungos. Verdes. Para los caballos.”
El hombre rió otra vez. Dejó sus cartas, entró en una casa y recogió un enorme saco de arpillera, y lo dejó enfrente de los pies de Shankara.
(p.77) “Qué mas necesitas para crecer tus frijoles?”
“Un detonador,” dijo Shankara.
Los hombres alrededor de la mesa todos dejaron sus cartas.
En la habitación interior de la casa, le vendieron un detonador; le dijeron cómo se torna la esfera y cómo se pone el contador. Costaría más que Shankara tenía en ese momento, así que regresó la semana próxima con el dinero, y recogió el saco y el detonador consigo en auto-rickshaw, bajó al final de la Calle de la Vieja Corte. Lo había escondido todo cerca de la estatua de Jesús.
Un Domingo, fue a la escuela. Fue como en la película Papillon , una de sus preferidas, cuando ocurre la escena en la cual el héroe se planea cómo va a escapar del cárcel – fur tan emaciante como esto. Estaba viendo su escuela como si fuera la primera vez, con todo el entusiasmo de los ojos de un fugitivo. Después de esto, en ese Lunes fatídico, llevó el saco de abono consigo a la escuela, y sujetó el detonador, puso el contador a una hora, y lo dejo debajo de la última fila, en donde sabía que nadie sentaría.
Después esperó, contando la hora, minuto por minuto, como el héroe en Papillon .

A media noche, el teléfono empezó a sonar.
Fue Shabbir Ali.
“Lasrado quiere ver a todos nosotros en su oficina, ¡hombre! ¡Mañana, a primera hora!”
Todos los cinco tenían que estar ahí, en su oficina. La policía estaría.
(p.78) “Va a tener un detector de mentira,” Shabbir hizo una pausa. Después gritó: “¡Ya lo sé que tu lo hiciste! ¿Por qué no te confiesas? ¡Por qué no te confiesas ahora misma!”
La sangre de Shankara se congeló. “¡Anda y que te den!” gritó como respuesta, y tiró el contestador. Pero después empezó a pensar: por Dios, Shabbir lo había sabido desde siempre. ¡Por supuesto! Todos sabía desde siempre. Todos en la pandilla de los malos chicos deberían haber sabido; y por ahora ellos deberían haber contado todo a toda la ciudad. Pensó: deja que me confiese ahora mismo. Sería lo mejor. Tal vez la policía le daría un poco de mérito por haber entregado a si mismo. Marcó ‘100,’ el número que pensaba que era el número de la policía.
“Quiero hablar con el Diputado del Inspector General, por favor.”
“¿Qué?”
La voz estaba seguido con un grito de incomprensión.
Pensando que tendría mejores resultados si hablara en inglés, dijo: “Quiero confesarme. Yo puse la bomba.”
“¿Qué?”
“La bomba. Fue yo.”
“¿Qué?”
Otra pausa. Se transfirió el teléfono.
Repitió su mensaje al otro, en la otra línea.
Otra pausa.
“¿Sorrysorrysorry ?” La voz se disculpó en inglés.
Tiró el teléfono con exasperación. Maldito policía Indio – aún no sabían como se responde a una llamada; ¿cómo demonios van a agarrarle?
Después el teléfono sonó otra vez; Ifan, llamando por parte de los gemelos.
Shabbir acaba de llamarnos; el dice que nosotros lo habían hecho, hombre. ¡No lo hice! ¡Tampoco lo había hecho Rizwan! ¡Shabbir está mintiendo!”

(p.79) Y comprendió: Shabbir había llamado a todos, y había acusado a todos – ¡esperando que vayan a confesar! Casi había sido entrapado. Y ahora estaba nervioso de que la policía averiguaría de dónde provenía su llamada de ‘100.’ Necesitaba un plan, pensó, un plan. Sí, lo tenía; diría, si le preguntaran, que iba a decir que fue Shabbir Ali. “Sabir es un musulmán,” diría. “Quiso hacer esto para castigar India de lo de Kashmir.
La mañana siguiente, Lasrado estaba en la oficina del principal, sentado al lado del Padre Almeida, quien estaba en su escritorio. Los dos hombres miraban fijamente a los cinco sospechosos.
“Yo tengo evidencia cientípico ,” Lasrado dijo. “Huellas digitales sobreviven en cabo negro de la bomba.” Notó incredulidad, aún en los acusados. “Huellas digitales han sobrevivido aún en las barras de pan dejados en la tumba del Paraón . Son indestructible. Vamos a encontrar el pendejo, el pucker , que ha hecho esto, no os preocupéis.”
Señaló con su dedo.
“Y tú, Pinto, un Cristiano - ¡qué vergüenza!”
“No lo hice, Señor,” Pinto dijo.
Shankara se preguntaba: debería él también añadir una exclamación de su inocencia, ¿para estar seguro?
Lasadro les miró fijamente, esperando que el culpable se revelara. Minutos pasaron. Shankara comprendió: no tiene las huellas digitales. No tiene un detector de mentira. Es desesperado. Ha sido humillado, burlado, y convertido en una chiste en el colegio, y quiere su venganza.
“¡Pendejos! ¡ Puckers !” Gritó Lasrado. Y después, otra vez, en una voz temblando, “¿se riáis de mí? ¿se riáis de mí, por qué no puedo decir la letra epe ?”
(p.80) Ahora los chicos casi no podían controlarse. Shankara vio qua aún el principal, con su cara mirando al suelo, estaba tratando de controlar su risa. Lasrado lo sabía, pudieron leerlo en su cara. Shankara pensaba: han burlado de ese hombre durante toda su vida, por su defecto de habla. Fue por eso que ha sido tan tirón en clase. Y ahora todo el trabajo de su vida había sido destruido por esa bomba; nunca podría pensar de su vida con ese orgullo, no importa que sea falso, con que los otros profesores piensan; nunca podría decir, en su fiesta de despedida, “Mis estudiantes, aunque yo era estricto, me amaban.” Siempre habría uno cuchicheando – sí, ¡te amaban tanto que pusieron una bomba en la última fila de tu clase!
En ese momento, Shankara pensó, deseo que hubiera dejado ese hombre en paz. Deseo que no le hubiera humillado, como tantos han humillado a mí, y a mi madre.
“Yo lo hice, señor.”
Todos en la clase miraron a Shankara.
“Yo lo hice,” dijo, “así que termine de molestar a los otros chicos, y déme mi castigo.”
Lasrado golpeó su mano en el escritorio. “Hijo de puta, ¿es un chiste?”
“No, señor.”
“¡Por supuesto que es un chiste!” Lasrado gritó. “¡Estás burlando de mí! ¡Estás burlando de mí en público!”
“No, señor – “
“¡Cállate!” Lasrado dijo. “¡Cállate!” Flexionó su dedo y señalo con furia, como un loco, alrededor de la clase.

(p.81)
“¡Pendejos! ¡Pendejos! ¡ Puckers ! ¡Afuera!”
Shankara salió con los cuatro otros inocentes. Podía ver que ellos también no creyeron su confesión: ellos también pensaban que el había sido burlando del profesor en la cara.
“Es demasiado,” dijo Shankara. “Tú de verdad no tienes ningún respeto para nada en ese mundo, hombre.”
Shankara esperó afuera del colegio, curando. Estaba esperando a Lasrado. Cuando la puerta de la sala de los profesores se abrió, y el profesor de química salió, Shankara tiró el cigarrillo al suelo, y lo apagó, raspándolo con su pie. Miró su profesor un rato. Deseaba que hubiera una manera de acercarse hacia él, y decirle que lo sintió.




p. 82


Día Dos (noche): LA COLINA DEL FARO
(AL PIE DE LA COLINA)



Te encuentras en una carretera rodeada por viejos banianos; el aire huele a margosa, un águila planea en el cielo. Old Court Road - una carretera larga y desolada con reputación de ser un sitio de prostitutas y macarras, baja desde la cima de la colina hacia el colegio S. Alfonso.
Al lado del colegio se encuentra una mezquita pintada de blanco que remonta a los tiempos del sultán Tippu; según una leyenda local, cristianos provenientes de Valencia fueron torturados aquí por ser sospechados de simpatizar con los británicos. La mezquita es el eje de una pelea legal entre las autoridades de la escuela y una organización islámica, por reclamar ambas su posesión sobre la tierra en la que esta se yergue. Los estudiantes musulmanes que estudian en el colegio tienen permiso para irse una hora, todos los viernes, y recitar el namaaz en esa mezquita, siempre que traigan una nota firmada por sus padres, o por un tutor varón, en caso de esos chicos cuyo padre esté trabajando en el Golfo. Autobuses expresos salen de la parada enfrente de la mezquita para el Salt Market Village.
Fuera de la mezquita hay por lo menos cuatro tenderetes que venden zumo de caña de azúcar, bhelpuri a la Bombay y charmuri a los pasajeros en la parada.


p. 83


Un frenesí de campanas tocó a las nueve menos diez, avisando que ese no era un día como los demás. Era el Día de los Mártires, el treinta séptimo aniversario del día en el que Mahatma Gandhi sacrificó su vida por la de India. A miles de kilómetros de allí, en la fría Nueva Delhi, el presidente estaba a punto de inclinar su cabeza ante una antorcha sagrada. Resonando por el edificio gótico del colegio de San Alfonso – treintiséis clases con techo abovedado, dos cuartos de baño externos, un laboratorio de química y biología, y un comedor donde algunos de los curas todavía estaban terminando el desayuno – las campanas advertían que había llegado el momento en que el colegio hiciera lo mismo.
En la sala de profesores el Sr. D’Mello, subdirector, dobló su copia del periódico, con cierto ruido, como un pelicano que dobla sus alas. Arrojando el periódico sobre la mesa de sándalo, el Sr. D’Mello luchaba contra su barriga para ponerse de pie. Fue el último en dejar la sala.
Seiscientos veintitrés chicos, salieron de las clases y confluyeron en una larga línea, para avanzar hacia la Plaza de Asambleas. En diez minutos habían formado una figura geométrica, una cuadrícula tupida alrededor de la bandera, en el centro de la plaza.
Cerca del asta de la bandera había una vieja plataforma de madera. Y al lado de la plataforma estaba el Sr. D’Mello, inspirando el aire de la mañana dentro de sus pulmones y gritando: “¡A-ten-shannn!”
Todos los estudiantes arrastraron los pies a la vez. ¡Zas! Sus pies echaron las charlas fuera de la plaza. Ahora el día estaba listo para empezar la sombría ceremonia.
El invitado de honor se había dormido. De encima del asta



p. 84


pendía el tricolor nacional, flojo y arrugado, totalmente desinteresado por los eventos organizados en su honor.
Álvarez, el viejo encargado de la escuela, dio un tirón de la cuerda azul para que el recalcitrante pedazo de tela adquiriera una tensión respetable.
El Sr. D’Mello suspiró y se rindió a la bandera. Sus pulmones se hincharon de nuevo: “Sa-loot!”
La plataforma de madera empezó a crujir ruidosamente: Fray Mendonza, el director de la escuela primaria, estaba subiendo los peldaños. Como el Sr. D’Mello le hizo una señal, él se aclaró la garganta en el micrófono retumbante y se lanzó en un discurso sobre la gloria de morir joven por tu propio país.
Una serie de cajas negras amplificaban su voz nerviosa en toda la plaza. Los chicos escuchaban embelesados a su director. El jesuita les dijo que la sangre de Bhagat Singh y de Indira Gandhi fertilizó la tierra que estaban pisando y ellos rebosaron orgullo.
El Sr. D’Mello, guiñando ferozmente, mantenía un ojo sobre los jóvenes patriotas. Sabía que todo ese disparate acabaría algún día. Después de treinta y tres años en una escuela solo para varones, la naturaleza humana ya no tenía secreto para él.
El director entró pesadamente en la parte crucial de aquel discurso matutino.
“Es cierto que existe una costumbre según la que el Día de los Mártires el gobierno entrega a todas las escuelas del estado entradas gratuitas al día del cine para el domingo siguiente” dijo. Era como si la corriente eléctrica hubiera sacudido toda la plaza. Los chicos estaban conteniendo la respiración por la curiosidad.
“Pero este año” la voz del director tembló, “siento mucho deciros que no habrá ninguna entrada gratuita al día del cine.”


p. 85


Por un momento no se oyó ni un sonido. Luego, toda la plaza soltó un gruñido profundo, doloroso e incrédulo.
“El gobierno hizo un error terrible,” dijo el director, intentando explicar. “Un error terrible, terrible…Os van a mandar a una Casa del Pecado…”
El Sr. D’Mello se preguntó qué estaba vaneando. Era el momento de llevar a cabo el discurso y que los mocosos volviesen a sus clases.
“Tampoco encuentro las palabras para decíroslo…fue un descuido terrible. Lo siento. Lo…”
El Sr. D’Mello estaba buscando a Girish con su mirada, cuando un movimiento en la parte trasera de la plaza atrajo su atención. Cierto alboroto se había levantado ya. El subdirector, dificultado por su voluminosa barriga, luchó para bajar del podio, pero a continuación se escabulló entre la filas de chicos con una agilidad asombrosa y se dirigió hacia la zona de peligro. Los estudiantes dieron la vuelta para verlo mientras se abría el camino hacia atrás. Su mano derecha temblaba.
Un perro marrón había subido desde el patio que está debajo de la Plaza de Asambleas y estaba corriendo detrás de los muchachos. Algunos pendencieros estaban tratando de persuadirlo para que se acercara con silbatos amigos y chasquidos.
“¡Dejadlo ahora mismo!” D’Mello, con la respiración entrecortada ya, dio una patada en el suelo en dirección del perro. El animal, metido entre la multitud de chavales, confundió el avance de aquel hombre gordo por otra llamada. El profesor arremetió contra el perro, el que se retiró, pero en cuanto el hombre se detuvo para respirar, el animal volvió a acercársele.
Ahora los chicos estaban riéndose abiertamente. Olas de bullicio se estaban extendiendo dentro de la plaza. La voz del director tembló en los altavoces,


p. 86


con un toque de desesperación.
“…chicos, no tenéis ningún derecho para portaros mal…el día del cine es un privilegio, no un derecho…”
¡Una piedra, tírale una piedra!” alguien gritó a D’Mello.
En un momento de pánico, el profesor obedeció. ¡Zas! La piedra golpeó el estómago del perro, que aulló por el dolor – D’Mello le leyó una mirada de traición en los ojos – antes de dejar la plaza y bajar la escalera del patio corriendo.
Una sensación de nauseas se movió por la barriga del Sr. D’Mello. El pobre animal estaba herido. Giró la cabeza y vio a la multitud de chicos riéndose a carcajadas. Uno de ellos lo había instigado para que golpeara al animal; dio la vuelta, escogió un chico al azar - hesitando ni siquiera un segundo, para averiguar que no fuera Girish – y le pegó duramente, dos bofetadas.
Cuando el Sr. D’Mello entró en la sala de profesores, vio a todos sus colegas sentados alrededor de la mesa de sándalo. Los hombres estaban vestidos igual, camisas de mangas cortas, a cuadros y de colores claros, con pantalones marrones o azules que terminaban en anchas campanas, mientras que las pocas mujeres que había llevaban saris amarillos o color arena, hechos de cotón y poliéster.
El Sr. Rogers, profesor de biología y geología, estaba leyendo en alta voz el programa del día del cine en el periódico de lengua kannada:
Película Uno: Salvad al tigre
Película Dos: La importancia del ejercicio físico
Película Bonus: Las ventajas de los deportes autóctonos (con especial atención a Kabbadi e a Kho-Kho).”


p. 87


Después de aquella lista inofensiva, llegó la bomba:
“Adonde mandar sus hijos y sus hijas por el día del cine (1985):
  1. Colegio San Milagros. Apellidos de A a N, Teatro White Stallion; de O a Z, Teatro Belmore.
  2. Colegio San Alfonso. Apellidos de A a N, teatro Belmore; de O a Z, Angel Talkies.”
“¡Mitad de nuestra escuela!” la voz del Sr. Rogers silbaba por la agitación. “¡Mitad de nuestra escuela a Angel Talkies!”
El joven Sr. Gopalkrishna Bhatt, quien había acabado la carrera de enseñanza en la universidad de Belgaum hacía sólo un año, solía juntarse al coro en estas ocasiones. Levantó sus brazos en modo fatalista: “¡Qué error! ¡Mandar nuestros chavales a aquel lugar!”
El Sr. Pundit, catedrático de lengua kannada se burló de la ingenuidad de sus colegas. Era un hombre de pelo corto, color plata y con opiniones alarmantes.
“¡No hubo ningún error, lo hicieron aposta! ¡Los de Angel Talkies sobornaron todos los malditos políticos de Bangalore, para que mandaran nuestros chicos a una Casa del Pecado!”
Ahora los profesores estaban divididos entre quien pensaba que hubo un error y entre quien creía que fue una treta premeditada para viciar a los jóvenes.
“¿Usted qué piensa, Sr. D’Mello?” preguntó el joven Sr. Bhatt.
En vez de contestar, el Sr. D’Mello arrastró una silla de caña desde la mesa de sándalo hasta una ventana abierta, al fondo de la sala de profesores. Era una mañana soleada: veía el cielo azul, colinas onduladas, una vista privada del Mar Arábigo.



p. 88


El cielo estaba colorado de un azul claro, deslumbrante, como si estuviera pensado para meditar. Algunas nubes, de forma perfecta, como deseos que se conceden, flotaban en el azul. El arco del cielo se ponía más intenso según se acercaba hacia el horizonte y rozaba una cresta del Mar Arábigo. El Sr. D’Mello acogió la frescura de la mañana en su mente agitada.
“Qué error, ¿no, Sr. D’Mello?”
Gopalkrishna Bhatt brincó sobre la repisa de la ventana, impidiendo la vista del mar. Haciendo oscilar sus piernas con regocijo, el joven enseño al experto colega una sonrisa a la que faltaba un diente.
“El único error, Sr. Bhatt,” dijo el director, “se hizo el 15 de agosto de 1947, cuando pensamos que este país podía ser regido por una democracia popular, en lugar de una dictadura militar.”
El joven profesor asintió con la cabeza. “Sí, sí, es verdad. Y ¿qué piensa de la Emergencia, señor? ¿No fue positivo?”
“Disipamos aquella ocasión,” dijo el Sr. D’Mello. “Y ahora le han disparado al único político que sabía como dar a este país la medicina que necesita.” Cerró los ojos otra vez y se concentró en la imagen de una playa solitaria, con la esperanza de alejar la presencia del Sr. Bhatt.
El Sr. Bhatt dijo: “El nombre de su favorito aparece en el periódico de hoy, Sr. D’Mello. Página cuatro, arriba. Debe estar orgulloso.”
Antes de que el Sr. D’Mello pudiera impedírselo, el Sr. Bhatt había empezado a leer:
“El club ciudadano Rotary anuncia los ganadores del cuarto concurso anual ínterescolar de dicción de lengua inglesa.


p. 89


Tema: Ciencia - ¿una ayuda o una maldición para la raza humana?
Primer premio: Harish Pai, Colegio San Milagros (Ciencia como ayuda).
Segundo premio: Girish Rai, Colegio San Alfonso (Ciencia como maldición).”
El subdirector arrancó el periódico de entre las manos de su joven colega. “Sr. Bhatt,” gruñó, “lo he dicho muchas veces públicamente: no tengo favoritos entre los chicos.”
Cerró los ojos, pero la paz de su mente lo había abandonado. “Segundo premio” – esas palabras volvieron a herirlo. Había trabajado junto a Girish toda la noche pasada sobre el discurso – el tema, la manera de expresarse, su postura ante el micrófono, ¡todo! ¿Y sólo el segundo premio? Sus ojos se llenaron de lágrimas. El muchacho se había acostumbrado a perder en esos últimos días.
Había cierta conmoción en la sala de profesores ahora, y a través de sus ojos cerrados, el Sr. D’Mello supo que el director había llegado, y todos los profesores corrieron servilmente a su alrededor. Él se quedó sentado, aunque supiera que su serenidad no duraría mucho.
“Sr. D’Mello,” dijo aquella voz nerviosa. “Es un error terrible…la mitad de los chicos no podrá acudir al día del cine este año.”
El director le estaba mirando desde cerca de la mesa de sándalo. El Sr. D’Mello rechinó los dientes. Plegó su periódico con violencia; tomó su tiempo para levantarse y para dar la vuelta. El director estaba secándose la frente. Fray Mendonza era un hombre muy alto y muy calvo, con pocos pelos aceitosos emparrados hacia atrás sobre su calva desnuda.



p. 90


Sus ojos grandes miraban hacia atrás a través de unas gafas espesas y una frente enorme relucía por las gotas de sudor, como una hoja cubierta de rocío después de un chubasco.
“¿Puedo darle un consejo, padre?”
La mano del director se detuvo con el pañuelo sobre la frente.
“Si no llevamos a los chicos a Angel Talkies, lo tomarán como una señal de debilidad. Y sólo nos causarán más problemas.”
El director se mordió los labios.
“Pues…hay peligros…se oye de carteles horrorosos…de males que no se pueden describir con palabras…”
“Me encargaré yo de todo,” dijo el Sr. D’Mello gravemente. “Me encargaré de la disciplina. “Le doy mi palabra.”
El jesuita asintió esperanzado. Como D’Mello dejó la sala de profesores, él se volvió hacia Gopalkrishna Bhatt y el tono de profunda gratitud en su voz era inconfundible:”Usted tendría que acompañar al subdirector cuando lleve a los chicos a Angel Talkies…”
Las palabras de Fray Mendonza resonaban en su mente. Estaba andando hacia su clase de las 11, la primera de esa mañana. Subdirector. Sabía que no había sido la primera elección del director. Ese insulto seguía escociendo después de todo aquel tiempo. El cargo le correspondía por derecho de ancianidad. Durante treinta años había enseñado hindi y aritmética a los chicos del instituto San Alfonso, y mantenía el orden dentro del colegio. Sin embargo, Fray Mendonza, quien había bajado de Bangalore con su emparro aceitoso y seis baúles llenos de ideas “modernas”, expresó su preferencia por alguien más “brillante” de aspecto. El Sr. D’Mello tenía un par de ojos y un espejo en casa. Sabía a que se refería ese comentario.


p. 91

Era un hombre sobrepeso y estaba entrando en la fase final del la edad adulta, respiraba por la boca, y un mechón de pelos salía de su nariz. La parte importante de su cuerpo era su enorme estómago, un nudo endurecido de carne, causa de diez arrestos cardíacos. Para andar, tenía que arquear la parte inferior de su espalda, inclinar la cabeza, y torcer el gesto en una mueca que lo hacía parecer bizco. “Ogro,” los chicos le gritaban cuando pasaba. “¡Ogro, ogro, ogro!”
Al mediodía, comió un plato de pescado al curry rojo en un contenedor de acero inoxidable, asomado por su ventana preferida en la sala de profesores. El olor del curry fastidiaba a sus colegas, así comió solo. Una vez terminado, llevó muy despacio su contenedor al grifo público que estaba fuera. Los chicos interrumpieron sus juegos. Como era impensable que se doblara hacia adelante (por la panza, por supuesto), tuvo que llenar su contenedor de agua y levantarlo hacia la boca. Hizo unas ruidosas gárgaras y escupió repetidamente torrentes de azafrán. Los chicos gritaron con gusto después de cada uno. Después de que había vuelto a la sala de profesores, ellos se aglomeraron alrededor del grifo: pequeños espinazos de pescado se habían amontonado en su base, como si fueran depósitos de un arrecife de coral naciente. Temor y disgusto se juntaron en las voces de los chicos, y entonaron un unísono que crecía cada vez más alto:” ¡Ogroogroogro!”
“El problema principal de elegir al Sr. D’Mello como mi subdirector, es que tiene una propensión excesiva hacia la violencia anticuada” el joven director escribió a la junta de jesuitas. El Sr. D’Mello pegaba demasiado, y con demasiada frecuencia. A veces, aunque estuviera escribiendo en la pizarra, su mano izquierda alcanzaba el borrador. Daba la vuelta y lo hacía volar hasta la última fila, alguien gritaba y el banco se volcaba junto a los chicos que perdían equilibrio.


p. 92


Pero hizo algo peor. Fray Mendonza refirió cada detalle de una historia espantosa que le habían contado. Una vez, muchos años antes, un niño sentado en primera fila estuvo un rato charlando, justo enfrente de D’Mello. El profesor no dijo nada. Simplemente estuvo sentado y dejó que su enfado creciera. De repente, así se decía, hubo un momento de oscuridad en su cerebro. Agarró al niño, lo arrancó de su silla y lo arrastró hasta el fondo de la clase: allí lo cerró en un armario. El niño dio puñazos contra el interior de las puertas del armario por el resto de la clase. “¡No respiro aquí dentro!” gritaba. Los golpes que venían desde dentro del armario se hicieron cada vez más fuertes; luego cada vez más débiles. Cuando abrieron el armario, al final, después de unos diez minutos, había un hedor de orina fresca, y el niño cayó desplomado.
Además, estaba la pequeña cuestión de su pasado. El Sr. D’Mello había pasado seis años en el Seminario de Valencia para formarse como cura, antes de marcharse de repente, y en malos términos con sus superiores. El rumor decía que había desafiado el Dogma sagrado, y declarado que las políticas del Vaticano con respecto a la planificación familiar no tenían lógica en un país como India – así se marchó, abandonando seis años de su vida. Otros rumores contaban que era un librepensador, que no asistía regularmente a la iglesia.
Las semanas pasaron. La junta de jesuitas preguntó por correo si Fray Mendonza había tomado una decisión ya. El joven director admitió que no había tenido tiempo. Cada mañana el padre tenía que impartir disciplina a una larga fila de recalcitrantes. Las mismas caras se presentaban día tras día. Charlaban en clase. Desfiguraban la propiedad escolar. Matoneaban a los estudiantes más voluntariosos.



p. 93


Un día, una mujer extranjera, una donante cristiana y británica muy generosa hacia las causas indianas que lo merecían, visitó el colegio. Aquella mañana, Fray Mendonza engrasó con particular cuidado los pocos pelos que sobrevivían en su cabeza. Solicitó la ayuda del Sr. Pundit para que guiara a la lady dentro del colegio. Con mucha cortesía, el profesor de kannada explicó a la forastera la orgullosa historia de San Alfonso, sus celebrados estudios, su papel en la civilización de la natura salvaje de esta parte de India, la que antes era sólo una tierra inculta recorrida por los elefantes. Fray Mendonza empezó a pensar que el Sr. Pundit era una persona tan brillante como para que nadie pudiera superarle en esa mitad del mundo. Luego, de repente, la forastera empezó a gritar. Los dedos de su mano tendidos hacia fuera por el horror. Julian D’Essa, el vástago heredero de la plantación de café, se había puesto de pie sobre el último banco de una clase carcajeante, y enseñaba sus intimidades al resto del mundo. El Sr. Pundit arreó hacia él, pero el daño ya estaba hecho. El jesuita vio la donante extranjera retroceder un paso tras otro con una mirada llena de horror: como si él hubiera sido el exhibicionista.
Un miembro mayor de la junta llamó a Fray Mendonza desde Bangalore esa noche para consolarlo. ¿Acaso el “reformador” no veía cuál era la verdad, al final? Las ideas modernas de educación estaban bien en Bangalore. Pero, ¿en un sitio apartado como Kittur, aislados por kilómetros y kilómetros de la civilización?
“Para administrar un colegio de seiscientas pequeñas bestias” - el miembro mayor de la junta dijo al joven director en lágrimas – “de vez en cuando necesitas un ogro.”
Dos meses después de su llegada a San Alfonso, Fray Mendonza pidió que el Sr. D’Mello acudiera a su oficina. Le dijo que no tenía otra posibilidad si no solicitarle que fuera su subdirector. Para gestionar una escuela como esta, dijo el jesuita, necesitaba a un hombre como D’Mello.


p. 94


Espera un momento, D’Mello dijo a si mismo. Recobra aliento. Estaba a punto de entrar en la clase – a punto de declarar guerra. El plan había funcionado bien hasta ahora; había entrado por la puerta trasera. Un ataque inesperado. Había imaginado que todo el mundo ya se había enterado de las novedades y del cambio de idea de Mendonza acerca de Angel Talkies. Los chicos por supuesto lo habían cogido como un acto de cobardía por parte de las autoridades escolares. El peligro era enorme ahora, pero la posibilidad de enseñarles una lección duradera también.
La clase estaba quieta – demasiado quieta.
D’Mello entró en punta de pie. La última fila, donde estaban sentados los chicos más altos y súper desarrollados, se había amontonado alrededor de una revista. D’Mello estuvo esperando encima de los chicos. El tipo de revista era el de siempre. “Julian,” dijo gentilmente.
Los chicos dieron la vuelta y la revista cayó al suelo. Julian se levantó con una sonrisa. Era el más alto entre los altos, el más súper desarrollado entre los súper desarrollados. Un triángulo invertido de pelo brotaba ya de su pecho y salía de su camisa abierta, y cuando se arremangaba y contraía los músculos, D’Mello podía ver sus bíceps inflarse como tubérculos pálidos y gruesos. Formando parte de una familia que poseía una plantación de café, Julian D’Essa nunca podría ser expulsado del colegio. Pero podía ser punido. El pequeño demonio miró a D’Mello, con una sonrisita libidinosa imprimida en su cara. En su mente el Sr. D’Mello oyó la voz de D’Essa; lo instigaba para que hiciese lo peor que pudiera hacer: “¡Ogro, ogro, ogro!


p. 95


Sacó al muchacho de su asiento tirándolo por el cuello. Strap – el cuello de la camiseta se desgarró. El codo temblante de D’Mello estaba tendido hacia fuera – estaba en contacto con la cara del muchacho.
“Vete fuera de la clase, animal…y arrodíllate…”
Después de echar a Julian de la clase, se puso las manos en las rodillas e inspiró. Recogió la revista del suelo y volteó las páginas para que todos pudieran verlas.
“Entonces, ¿este es el tipo de lectura que os gusta? ¿Ahora queréis ir a Angel Talkies? ¿Pensáis que vais a ver carteles en los muros, esos Murales del Pecado?”
Andaba alrededor en la clase con su codo temblante y bramaba: hasta a los más lascivos daba vergüenza entrar a Angel Talkies. Se envolvían en mantas y empujaban vergonzosas rupias en las manos de los acomodadores. En su interior, las paredes del teatro estaban cubiertas de pósteres de películas X, proveedoras de todo tipo de depravación. Ver una película en un teatro como ese era una corrupción de cuerpo y mente a la vez.
Arrojó la revista contra la pared. ¿Acaso pensaban que le daba miedo pegarlos? ¡No! ¡Él no era uno de estos profesores “novicios” educados en Bangalore o en Bombay! La violencia era su entrada y su postre. La letra con sangre entra.
Se dejó caer en su asiento. Estaba agotado y sin aliento. Un dolor vago se irradió en su pecho. Notó con satisfacción que su discurso había tenido algún efecto. Los chicos estaban sentados y no pegaban el mínimo chillido. La vista de Julian con el cuello desgarrado y arrodillado fuera de la clase tuvo un efecto apaciguador. Sin embargo D’Mello sabía que sólo se trataba de un cuestión de tiempo, una cuestión de tiempo. A los cincuenta y siete años ya no tenía ilusiones sobre


p. 96


la naturaleza humana. La lujuria volvería a encender de rebeldía los corazones de aquellos chicos.
Les ordenó que abrieran los libros de lengua hindi. Página 168.
“¿Quién quiere leer el poema?”
La clase estuvo callada alrededor de un único brazo levantado.
“Girish Rai, lee.”
Un chico que llevaba gafas tan grandes que resultaban ridículas se puso de pie en la primera fila. Su pelo era espeso y llevaba raya en medio; su rostro rebosaba de granos. No necesitaba el libro, ya que el poema le brotaba del corazón:
“No, dijo la flor:
Arrójame, dijo la flor,
No sobre el lecho de la virgen
Ni en el coche de boda
Ni a la plaza de Merry Village
No, dijo la flor,
Arrójame, mas sobre ese camino solitario
Donde los héroes andan
Y por su país mueren.”
El chico volvió a sentarse. Toda la clase quedó silenciosa, humillada por un momento por la pureza de su pronunciación hindi, ese idioma ajeno. “Si solo todos fuerais como este chico” dijo el Sr. D’Mello en voz baja.
Pero se había olvidado de que su favorito lo había decepcionado en la competición Rotary. Ordenó a la clase que copiara el poema seis veces en sus cuadernos e ignoró a Girish durante dos


p. 97

o tres minutos. Luego lo llamó con un ademán de su mano.
“Girish.” Su voz vaciló. “Girish… ¿por qué no llegaste primero en la competición Rotary? ¿Cómo vamos a llegar a Delhi si no llegas primero?”
“Lo siento, señor…” dijo el chico. Y bajó la cabeza por la vergüenza.
“Girish…últimamente no has ganado muchos primeros premios… ¿hay algún problema?”
Había una mirada preocupada en la cara del chico. El Sr. D’Mello se hizo llevar por el pánico.
“¿Algo te preocupa? ¿Uno de tus compañeros? ¿D’Essa te ha amenazado?”
“No, señor.”
Miró a los chicos más altos sentados al fondo. Se volvió a la derecha y miró a D’Essa arrodillado, que reía sin parar. El asistente director tomó una rápida decisión.
“Girish…mañana…no quiero que vayas a Angel Talkies. Quiero que vayas a Belmore Talkies.”
“Señor, ¿por qué?”
El Sr. D’Mello retrocedió.
“¿Qué quiere decir por qué? ¡Porque yo lo digo, por eso!” gritó. La clase les miró; ¿acaso el señor D’Mello había levantado la voz a su favorito?
Girish Rai enrojeció. Parecía estar a punto de echarse a llorar, y el Sr. D’Mello se conmovió. Sonrió y le dio una palmadita en la espalda.
“Venga, Girish, no llores… No me importa lo que hacen los demás chicos. Ellos han ido muchas veces a ver películas – y han leído revistas. En ellos ya no queda nada para corromper. Pero tú eres diferente. No dejaré que vayas allí. Vete a Belmore.”


p. 98

Girish asintió y volvió a su asiento de la primera fila. Todavía estaba a punto de llorar. Al Sr. D’Mello se le llenó el corazón de pena; había sido demasiado duro con el pobre chico.
Cuando la clase se acabó, fue a la primera fila y tamborileó con los dedos sobre el escritorio: “Girish, ¿tienes planes por la noche?”
Qué día tan horrible, qué día tan horrible. El Sr. D’Mello estaba recorriendo la carretera barrosa que llevaba del colegio a su casa, en la colonia de los profesores. El horrible zas de la piedra siguió resonando en su cabeza…la mirada de aquel pobre animal…
Andaba con sus libros de poesía bajo su axila. Su camisa estaba moteada de curry rojo, y las puntas de su cuello se habían rizado, como hojas secadas por el sol. De vez en cuando se detenía para enderezar su espalda dolorida y recobrar aliento.
“¿Está enfermo, señor?”
El Sr. D’Mello dio la vuelta: Girish Rai, con su enorme mochila color caqui en la espalda, estaba siguiéndolo.
Alumno y profesor anduvieron un trecho juntos, luego el Sr. D’Mello se detuvo. “¿Ves esa cosa de enfrente?” dijo indicándola.
A mitad entre el colegio y la casa del profesor se erguía un muro de ladrillos con una grieta ancha en su centro. Tanto el muro como la grieta seguían estando allí desde hace años, en esa carretera donde ni un detalle había cambiado de manera significativa desde cuando el Sr. D’Mello se había trasladado allí hace treinta años, para empezar como joven profesor, la enseñanza de los cursos que le habían asignado.


p. 99


A través de la grieta del muro, se podían ver tres farolas de la carretera adyacente, y durante casi veinte años el Sr. D’Mello se había detenido para mirarla con ojos entrecerrados. Durante veinte años, había buscado las tres farolas para desentrañar un misterio. Un día, hacía más o menos dos décadas, pasando por delante de la grieta, había leído una frase escrita en yeso blanco en las tres farolas:
“Nathan X debe morir.”
Se metió por la grieta para llegar hasta las farolas, y rascó esas palabras con su paraguas, para descifrar el misterio. ¿A qué se referían esos tres signos? Un hombre anciano andaba tirando un carro de verdura. Intentó preguntarle quién era Nathan X, pero él se encogió de hombros. Ernest D’Mello se quedó allí de pie, pensando.
Al día después los signos ya no estaban. Borrados intencionalmente. Cuando llegó al colegio, recorrió con la vista la necrología en el periódico y no pudo creer lo que acababa de leer – un hombre llamado Nathan Xavier había sido asesinado la noche anterior en Bunder. Se convenció enseguida de que había descubierto alguna sociedad secreta que estaba planificando un homicidio. A continuación lo acosó una ansiedad aun más oscura. ¿Serían los espías chinos los que escribieron esas palabras? Habían pasado muchos años, pero el misterio quedaba sin solucionar, y se acordaba de ese acontecimiento cada vez que pasaba por esa grieta.
“¿Señor, usted cree que los culpables son los espías paquistanos?” dijo Girish. “¿Fueron ellos los que mataron a Nathan X?”
El Sr. D’Mello gruñó. Sintió que no hubiera tenido que contarle ese recuerdo a Girish; sintió, de alguna manera, que se había comprometido. Profesor y estudiante siguieron adelante.



p. 100

El Sr. D’Mello vio como los rayos del anochecer pasaban entre las hojas del baniano y caían en grandes manchas al suelo, como los charcos que se forman después de que un niño se ducha. Alzó la mirada al cielo, y sin querer, recitó una línea de poesía hindi: “La mano dorada del sol, mientras acaricia las nubes…”
“Señor, yo conozco este poema,” dijo una voz tierna. Girish Rai repitió el resto del pareado: “…es como la mano de un amante que acaricia su amada.”
Siguieron adelante.
“Entonces, ¿te interesas por la poesía?” D’Mello preguntó. Antes de que el chico pudiera contestar, le confesó otro secreto. Cuando era joven, había deseado ser un poeta – un escritor nacionalista, nada menos. Un nuevo Bharathi o un nuevo Tagore.
“Y señor, ¿por qué no se ha hecho poeta?”
D’Mello rió. En este pequeño antro de Kittur, mi querido amigo, ¿cómo va un hombre a sustentarse con la poesía?”
Las farolas se encendieron, una tras otra. Era casi de noche ya. Desde lejos, el Sr.
D’Mello vio una puerta alumbrada, su hogar. Como se acercaron a la casa, dejó de hablar. Podía oír a los mocosos desde aquella distancia. Qué habrán roto hoy, se preguntó.
Girish Rai miró.
El Sr. D’Mello se quitó la camisa y la colgó en una percha del muro. El chico vio al subdirector en camiseta, sentarse despacio sobre una mecedora en su cuarto de estar. Dos chicas con vestidos rojos idénticos corrían en círculo alrededor del cuarto, gritando como si quisiesen expulsar sus pulmones. El viejo profesor las ignoraba completamente. Miró al chico por un momento, preguntándose otra vez por qué, por la primera vez en su carrera, había invitado a un estudiante a su casa.


p. 101


“¿Señor, por qué dejamos que los paquistanos huyesen?” soltó Girish.
“¿Qué quieres decir, chico?” el Sr. D’Mello torció el gesto, y la nariz y la vista a la vez.
“¿Por qué dejamos que los paquistanos se fueran en 1965? Cuando los teníamos bajo control. Usted lo dijo una vez en clase, pero no lo explicó.”
“¡Ay eso!” el Sr. D’Mello soltó una palmada a su propio muslo con gusto. Otro de sus temas preferidos. El gran embrollo de la guerra de 1965. Los carros de combate indianos habían llegado a las afueras de Lahore cuando nuestro gobierno les echó por tierra. Se había sobornado a algún burócrata; los carros retrocedieron.
“Nunca, desde que Sardar Patel murió, este país se ha encontrado peor,” dijo, y el muchacho asintió. “Vivimos en el caos y en la corrupción. El único que podemos hacer es trabajar, y volvernos a casa” dijo, y el muchacho asintió otra vez.
El profesor espiró contento. Se sentía muy satisfecho; en todos estos años de enseñanza, ningún estudiante se había mostrado tan indignado hacia el colosal error de 1965. Incorporándose de la mecedora, sacó de una estantería un volumen de poesía hindi. “Quiero que me lo devuelvas, ¿vale? Y en forma perfecta. Ni un rasguño ni una mancha.”
El chico asintió. Dio una mirada alrededor al resto de la casa, furtivamente. La pobreza de la casa de su profesor lo dejó asombrado. Las paredes del cuarto de estar estaban desnudas, salvo por un cuadro alumbrado del Sagrado Corazón de Jesús. La pintura se descascaraba e intrépidas lagartijas recorrían todas las paredes.


p. 102

En cuanto Girish hojeó dentro del libro, las dos chicas con vestidos rojos empezaron a gritarle en los oídos, antes de llevar sus chillidos a otro cuarto.
Una mujer con un vestido largo y suelto, verde y con flores blancas, se acercó al niño con un refresco rojo y espeso. El chico quedó confundido por su rostro y no pudo contestar a sus preguntas. Parecía muy joven. El Sr. D’Mello tenía que haberse casado muy tarde, pensó el muchacho. Tal vez era demasiado tímido para acercarse a las mujeres cuando era joven.
D’Mello frunció el ceño y se acercó a Girish.
“¿Por qué estás riendo? ¿Hay algo divertido?”
Girish negó con la cabeza.
El profesor siguió adelante. Habló de otras cuestiones que le hicieron hervir la sangre. En el pasado, India había sido gobernada por tres extranjeros: Inglaterra, Francia y Portugal. Ahora les habían remplazado tres matones nativos: Traición, Incapacidad e Impudencia.
“Aquí está el problema…” se tocó las costillas. “Tenemos a un diablo dentro.”
Empezó a contar a Girish cosas que no había dicho a nadie – tampoco a su mujer. Su inocencia sobre la verdadera naturaleza de los estudiantes había durado tres meses desde cuando se había hecho profesor. En aquellos días, confesó a Girish, quedaba en la biblioteca después de las clases para leer la colección de poemas de Tagore. Leía las páginas con atención, deteniéndose de vez en cuando para cerrar los ojos y soltar su fantasía libre de imaginar que él estaba vivo durante la lucha para la libertad – un cualquiera de esos años en los que un hombre podía asistir libremente a un rally y ver a Gandhi conducir y a Nehru hablar a la muchedumbre.
Cuando salía de la biblioteca, su mente no podía


p. 103
sino reproducir imágenes de Tagore. A esa hora, electrizada por el anochecer, el muro de ladrillos que ceñía el colegio se convirtió en un largo plano de oro batido. Los banianos crecían a lo largo del muro; entre las bóvedas de ramas, pequeñas hojas relucían en largas rayas de plata, como rosarios colgados a esos árboles meditantes. El Sr. D’Mello pasó. Parecía que toda la tierra estuviera cantando los versos de Tagore. Cruzó el patio, que era una fose debajo del colegio. Gritos disolutos sacudieron su ensueño.
“¿Qué son estos gritos en medio de la noche?” le preguntó ingenuamente a un colega. El profesor, mayor que él, inhaló rapé. Inspiró la repugnante sustancia desde el lado de un pañuelo manchado, y sonrió.
“’tripping. Eso está pasando.”
“¿’tripping?”
El profesor con más experiencia guiñó.
“¿No me digas que no pasaba cuando tú estabas en el colegio…?”
Viendo la expresión de D’Mello, adivinó que la respuesta era negativa.
“Es el juego de niños más antiguo” dijo el profesor más viejo. “Baja y mira por tu cuenta. No tengo las palabras para describirlo.”
Bajó la noche siguiente. Los sonidos se hacían cada vez más fuertes al descender las escaleras hasta el patio.
Al día después, mandó llamar todos los chicos que habían participado – todos, incluso las víctimas – para que acudieran a su mesa. Hizo un esfuerzo para mantener su voz calma. “¿Dónde creéis que estáis, en una escuela católica, o en una casa de putas?” Los golpeó con tanta violencia ese día.






 (p. 104)
Cuando terminó, se dio cuenta de que su codo izquierdo todavía temblaba. A la noche siguiente no hubo ningún ruido en el patio. Recitó el Tagore en voz alta para protegerse del mal: "Donde la cabeza se mantiene alta y la mente no tiene miedo..." A los pocos días, cruzando el patio, vio que su codo derecho temblaba de nuevo. El viejo y familiar ruido oscuro se elevaba desde el patio.
"Entonces fue cuando me di cuenta", dijo el Sr. D'Mello. " de que no tenía más esperanza en la naturaleza humana". Miró a Girish con preocupación. El pequeño chico había disuelto su amplia sonrisa en el la bebida de color rojo. "¿Acaso no te lo daban cuando jugabas al criket con ellos por la noche, Girish, cuando te "tambaleabas"? (El Sr. D'Mello acababa de darles a entender a D'Essa y a su súper desarrollada pandila que si alguna vez probaron eso con Girish, los despellejaría vivos a todos. Entonces verían lo que es un ogro de verdad.) Miró a Girish con ansiedad. El chico no dijo nada. De pronto bajó su bebida, se levantó y avanzó hacia su profesor con un folio doblado. El subdirector lo abrió, preparándose para lo peor. Era un regalo: un poema, en puro indi.

El monzón:
Esta es la estación devastadora y de lluvias
cuando la luz aparece tras los truenos.
Cada noche el cielo se agita y pienso,
¿cuál puede ser la razón
por la que Dios nos dio esta estación devastadora y de lluvia?

(p.105)

"¿Escribiste esto tú solo? ¿Es por esto por lo que te estabas ruborizando?" El niño asintió felizmente. ¡Dios mío! pensó. En treinta años como profesor nadie había hecho algo como aquello para él.
"Por qué el esquema métrico es irregular? el Sr. D'Mello frunció el ceño. "Deberías tener más cuidado con esas cosas..."
El profesor señaló los errores del poema uno por uno. El chico asentía con atención.
"¿Te traigo otro mañana?" preguntó. "La poesía es buena, Girish, pero... ¿estás perdiendo interés por los concursos? El chico asintió.
"No quiero ir más, señor. Quiero jugar al criket después de clase. Nunca consigo jugar, por los..."
"¡Tienes que ir a los concursos! El Sr. D'Mello se levantó de su mecedora. Le explicó: cualquier oportunidad de fama en este pqueño pueblo se tiene que aprovechar al menos una vez. ¿Acaso no lo entendía el chico?
"Primero ve a los concursos, hazte famoso, entonces conseguirás un gran trabajo y podrás escribir poesía. ¿Qué te da el criket? ¿Cómo te hará famoso? Nunca escribirás poesía si no sales de aquí, ¿no lo entiendes?" Girish asintió. Terminó su bebida.
"Y, mañana, Girish... vas a ir a Belmore. No hay más que hablar. Girish asintió. Cuando se fue, el Sr. D'Mello se sentó en su mecedora y pensó durante mucho tiempo. No era algo malo - pensaba-, el nuevo interés de Girish Rai en la poesía. Quizás podría buscar

(p. 106)
un concurso de poesía para que participara Girish. El chico ganaría, por supuesto. Regresaría lleno de oro y plata. El Dawn Herald pondría una fotografía suya en la contraportada. El Sr. D'Mello se pondría de pie con los brazos sobre los hombros de Girish orgullosamente. "El profesor que nutrió a los futuros genios". Después conquistaría Banglalore, el equipo del profesor-y-alumno que ganó el concurso de poesía de todo el estado de Karnataka. Más adelante, ¿qué más? - ¡Nueva Delhi! El mismísimo presidente les concedería una medalla. Se tomarían una tarde de descanso, cogerían un autobús a Agra y visitarían juntos el Taj Mahal. Todo era posible con un chico como Girish. El corazón del Sr. D'Mello saltaba de alegría como no lo hacía en años, desde sus días como joven profesor. Justo antes de que se fuera a dormir en su mecedora, cerró sus ojos y rezó con fervor: "Dios, simplemente mantén a ese chico puro". A la mañana siguiente, a las diez y diez, debido a la rápida orden el gobierno del estado de Karnataka, una muchedumbre de alumnos inocentes de San Alfonso con apellidos de la O a la Z se abalanzaron a los acogedores brazos de un teatro de pornografía. Un viejo ángel de estuco se agachaba sobre la entrada del teatro, regalando su sospechosa bendición a los chicos apelotonados. Una vez que estuvieron dentro, descubrieron que les habían engañado. Las paredes de Angel Talkies - esos murales infames de depravación- habían sido cubiertas por telas negras. Ni un solo dibujo quedaba a la vista. El Sr. D'Mello y los directivos del teatros habían hecho un trato: se protegería a los chicos de los Murales del Pecado."¡No os paréis cerca de los trapos negros!" gritaba el Sr. D'Mello.
(p. 107)

"¡No toquéis las telas negras!" Lo tenía todo planeado. El Sr. Álvarez, el Sr. Rogers y el Sr. Bhatt se acercaron a los estudiantes para mantenerlos alejados de los posters. Dos encargados del teatro - presumiblemente los repartidores de tickets del hombre cubierto con una manta - ayudaron en los arreglos. Los chicos se dividieron en dos grupos. Un grupo marchó al auditorio superior, el otro arreó a la planta baja. Antes de que pudieran reaccionar, los chicos serían acordonados dentro de los autditorios. Y así fue: el plan funcionó a la perfección. Los chicos estaban dentro del Angel Talkies y no iban a ver otra cosa que películas del gobierno; el Sr. D'Mello había ganado. Las luces se apagaron en el auditorio del piso de arriba; hubo un zumbido de exitación de los chicos. La pantalla brilló. Un carrete de película rallado y desteñido parpadeó. ¡SALVAD AL TIGRE!El Sr. D'Mello permaneció de pie, detrás de los chicos sentados junto a otros profesores. Limpió su cara con alivio. Parecía que todo iba a salir bien, después de todo. Dejándolo tranquilo unos minutos, el joven Sr. Bhatt subió hacia el subdirector e intentó entablar una pequeña conversación. Este, ignorando al joven Sr. Bhatt, mantuvo sus ojos en la pantalla. Fotos de cachorros de tigre retozando juntos destellaban en la pantalla, y entonces en un título se leía: "Si no proteges a estos cachorros hoy, ¿cómo podrá haber tigres mañana? Bostezó. Los ángeles de estuco lo miraban fijamente desde las cuatro esquinas del auditorio, largas capas de pintura desteñida ascendían desde sus narices hasta sus orejas, como ampollas producidas por el calor.
(p. 108)

Dificilmente volvería a ir a ver una película. Demasiado caro; tendría que coger entradas para la mujer y los dos pequeños chillones. Pero, ¿acaso las películas no lo habían sido todo en su vida cuando era pequeño? Este mismo teatro, Angel Talkies, había sido uno de sus lugares favoritos; hacía novillos y venía aquí, y se sentaba solo, y veía películas, y soñaba. Ahora mira. Incluso en la oscuridad el deterioro era indiscutible. Las paredes eran repugnantes, llenas de enormes manchas húmedas. Los asientos tenían agujeros. El progreso simultáneo de decadencia y putrefacción: la historia de este teatro era la historia del país entero.
La pantalla se volvió negra. El público se reía disimuladamente."¡Silencio!" gritó el Sr. D'Mello. El título del carrete extra se disparó:
LA IMPORTANCIA DEL BIENESTAR FÍSICO EN EL DESARROLLO DE LOS NIÑOSUna por una, destellaban imágenes de chicos duchándose, bañándosee, corriendo y comiendo, debidamente ilustradas. El Sr. Bhatt se acercó al subdirector una vez más. Esta vez le susurró deliberadamente: "Es tu turno ahora, si quieres". El Sr. D'Mello entendió las palabras, pero no el matiz de confidencialidad en la voz del joven. A su parecer, los profesores estaban haciendo turnos para patrullar el pasillo de telas negras y cerciorarse de que nignuno de los chicos súper-desarrollados se escabullía para echar un vistazo a las imágenes pornográficas. Acababa de ser el turno de patrulla de Gopalkrihna Bhatt en los Murales del Pecado. Por un momento se perdió - entonces todo cobró sentido. Por la manera
(p. 109)

en la que el joven estaba sonriendo, el Sr. D'Mello se dio cuenta de que él mismo había echado un vistazo rápido. Miró alrededor: cada uno de los profesores estaba conteniendo una sonrisilla. El Sr. D'Mello salió del auditorio lleno de desprecio hacia sus compañeros. Pasó las paredes cubiertas de telas negras sin sentir un mínimo impulso.¿Cómo podrían haber sido tan viles el Sr. Bhatt y el Sr. Pundit para haberlo hecho? Pasó a lo largo de toda las telas negras sin la mínima tentación de levantarla. Una luz se encendía y se apagaba intermitentemente en el hueco de la escalera que conducía a la galería superior. Las paredes de esta galería también estaban cubiertas con telas negras. El Sr. D'Mello se quedó con la boca abierta y miró a la galería superior con los ojos entornados. No, no estaba soñando. Ahí arriba, podía distingir a un chico, ocultando su cara, caminando de puntillas hacia las telas negras. Julian D'Essa, pensó. Nauralmente. Pero entonces, cuando levantaba la esquina de la tela negra y echaba un vistazo, la cara del niño se hizo visible. "¡Girish!, ¿qué estás haciendo? Con el sonido de la voz del Sr. D'Mello, el chico se dio la vuelta. Se quedó congelado. El profesor y el alumno se miraron fijamente. "Lo siento, señor... lo siento.... ellos.... ellos....." Se oyó una risa tonta detrás de él; y de repente desapareció, como si alguien se lo hubiera llevado de allí. El Sr. D'Mello se apresuró en seguida a las escaleras que iban a la galería del piso de arriba. Sólo pudo subir dos escalones. El pecho le ardía. Tenía el estómago revuelto, se agarraró firmemente a la barandilla y descansó un momento. La bombilla desnuda parapdeaba en el hueco de la escalera. El subdirector empezó a marearse.
(p. 110)

Los latidos de su corazón se desvanecían cada vez más en su pecho, como una pastilla efervescente. Intentó pedirle ayuda a Girish, pero no le salían las palabras. Alargando una mano, se agarró a la esquina de una de las telas negras de la pared. Esta se rasgó y se abrió en dos: una multitud de criaturas congeladas copulando en posturas de violación, placeres ilegales y bestialidades pululaban y bailaban alrededor de sus ojos como una cabalgata burlona,
y un sinfín de los placeres angelicales que tanto había desdeñado hasta ahora destelló ante él. Lo vio todo y, al fin, lo entendió todo.
Así lo encontró el joven Sr. Bhatt, tendido en las escaleras.
(p. 111)

Día 3 (Por la mañana) MERCADO Y PLAZALa Plaza conmemorativa de Jawaharlal Nehru (antes conocida como La Plaza conmemorativa del Rey Jorge V) es un espacio abierto en el centro de Kittur. Por las noches se llena de gente jugando al criquet, haciendo volar cometas y enseñando a los niños a montar en bicicleta. En las esquinas de la plaza, los vendedores de helados y caramelos ofrecen su mercancía. Allí tienen lugar los mítines políticos más importantes de Kittur. La calle Hyder Ali se extendía desde la plaza hasta el Mercado Central, el mayor mercado de productos frescos de Kittur. El ayuntamiento de Kitur, la nueva corte de justicia, el Hospital General Havenlock Henry y los dos hotles principales de Kittur - el Hotel Principal Intercontinental y el Internacional Taj Mahal - están a una corta distancia del mercado. En 1988, se abrió el primer templo en las vecinidades del maidan, como lugar de culto exclusivo para la población Hoyka de Kittur.
(p. 112)

Con un pelo como ese, y unos ojos como aquellos, él mismo podría haberse hecho pasar fácilmente por un santo y ganarse la vida vestido de amarillo y sentado con las piernas cruzadas cerca del templo. Éso era lo que decían los tenderos del mercado. Aún así, todo lo que ese hombre chalado hacía, mañana y noche, era ponerse de cuclillas ante la reja principal de la calle Hyder Ali y mirarlos coches y autobuses que pasaban. A la puesta de sol, su pelo - una cabeza horrible de rizos castaños - brillaba como el bronce, y los iris de sus ojos resplandecían. Cuando terminaba la noche, era como un poeta Sufí, rebosante de fuego místico. Algunos tenderos conocían historias sobre él: una noche lo habían visto sobre la espalda de un toro, paseando por la calle principal, ondeando sus manos y gritando, como si el mismísimo Shiva estuviera en el pueblo, montando en su toro Nandi. Algunas veces, se comprotaba como un hombre racional, cruzando la calle con cuidado o sentado tranquilamente fuera del templo Kittamma Devi, junto a otros sin techo, como si esperaran que despositaran en sus manos las sobras de la comidas de las bodas y ceremonias. En otros tiempos, se les había visto picoteando entre pilas de excrementos de perro. Nadie sabía su nombre, religión o casta, así que nadie hacía ningún intento por hablar con él. Sólo un hombre, un lisiado con una pierna de madera, se acercaría al templo una o dos veces al mes para darle algo de comida.
"¿Por qué finges que no conoces a este hombre?", gritaría el lisiado, apuntando con una de sus muletas al hombre de los rizos castaños.
"¡Lo has visto muchas veces antes! ¡Solía ser el rey del autobús número cinco!
Por un momento la atención del mercado se dirigió hacia ese hombre furioso,
(p 113)

pero él simplemente se agacharía y miraría a la pared, dándole la espalda a la ciudad. Había llegado a Kittur hace dos años, con un nombre, una casta y un hermano."Me llamo Keshava, hijo de Lakshminarayana, el barbero del pueblo de Gurupura", dijo, al menos siete veces en su camino a Kittur, a conductores de autobús, cobradores de peajes y extraños que preguntaban. De esta manera, con una bolsa con ropa de cama bajo el brazo, y la pequeña presión de los dedos de su hermano en su codo cuando se encontraban entre la muchedumbre, era todo lo qe llevaba con él. Su hermano tenía diez rupias, una bolsa con ropa de cama que él también llevaba bajo su brazo derecho, y la dirección de un pariente escrita en un recibo arrugado en su mano izquierda. Los dos hermanos llegaron a Kittur en el autobús de las cinco de la tarde. Se bajaron en la estación; era su primera visita a una ciudad. Justo en el centro de la calle del Mercado Maidan, en el medio de la mayor calle de todo Kittur, el conductor les dijo que sus séis rupias y veinte paisas no los llevaría mucho más lejos. Los autobuses los acorralaron, con hombres de uniformes color caqui colgando de las puertas, y silbatos en sus bocas, gritaban a los pasajeros:"¡Parad de mirar a las chicas, hijos de puta! ¡Vamos a llegar tarde!"
Keshava se agarró al dobladillo de la camisa de su hermano. Dos bicicletas derraparon alrededor de ellos, cerca de sus pies; por todos lados, motos, autorickshaws, coches, amenazaban con aplastar sus dedos. Era como si estuvieran en la playa, la carretera corría bajo ellos como la arena bajo las olas.
(p. 114)

Después de un rato, se armaron de valor y se acercaron a un transeúnte, un hombre con los labios descoloridos por el vitiligo.
"¿Dónde está el Mercado Central, tío?
"Oh, eso... Está más abajo, al lado del Bunder"
"¿Está muy lejos de aquí el Bunder?"
El estraño los dirigió hacia un conductor de autorickshaw que se estaba limpiando las encías con un dedo.
"Necesitamos ir al mercado" dijo Vittal.
El conductor se los quedó mirando, con el dedo todavía en la boca, mostrando sus grandes encías.
Examinó los restos de su dedo. "El Mercado Lakshmi o el Mercado Central?"
"El Mercado Central"
"¿Cuántos?"
Y luego: "¿Cuántas bolsas?"
Y luego: "¿De dónde sois?"
Keshava asumió que eran preguntas estándar en una ciudad tan grande como Kittur, que un conductor de autorickshaw tenía derecho a preguntar.
"¿Está muy lejos?" preguntó Vittal, desesperado. El conductor escupió delante de sus pies.
"Por supuesto. Esto no es un pueblo, es una ciudad. Todo está a una larga distancia de todo lo demás. Aspiró profundamente y dibujó en el aire una serie de curvas con su pulgar, mostrándoles el camino que tendrían que tomar. Entonces suspiró, dando la impresión de que el mercado estaba a una distancia incalculable. El corazón de Keshava se encogió; el conductor de autobús les había estafado. Les había prometido dejarlos a una distancia razonable del Mercado Central.
"¿Cuánto cuesta llevarnos allí, tío?
(p. 115)

El conductor los miró de arriba abajo, y luego de abajo arriba, como si estuviera calculando su peso, altura y valía moral: "Ocho rupias"."¡Tío, eso es demasiado! ¡Dejémoslo en cuatro!" El conductor de autorickshaw dijo: "Siete con veinticinco", y los ayudó a subir. Pero luego los hizo esperar dentro del autorickshaw sin ninguna explicación, con sus bolsas sobre las rodillas. Otros dos pasajeros más negociaron un destino y un precio y se metieron dentro; uno se sentó sobre las rodillas de Keshava sin ningún cuidado. El rickshaw todavía no se movía. Solamente después de que otro pasajero más se uniera, sentado delante, al lado del conductor, y con seis personas metidas dentro del minúsculo vehículo que sólo tenía capacidad para tres, el conductor accionó el pedal del motor. Keshava casi no podía ver adónde estaban yendo, por lo que sus primeras impresiones de Kittur fueron del hombre que estaba sentado en sus rodillas; del olor del aceite de castor con el que se había engominado el pelo y del sabor a mierda cuando se retorcía. Después, habiéndose quedado dormido el pasajero del asiento delantero, y luego los hombres en el asiento de detrás, el autorickshaw empezó a serpentear por un pueblo tranquilo y oscuro, pasando por una calle cacofónica alumbrada por la deslumbrante luz blanca de las potentes lámparas de queroseno.
"¿Es este el Mercado Central?" gritó Vittal al conductor, que señaló a un cartel:MERCADO CENTRAL DEL MUNICIPIO DE KITTUR:
TODA VARIEDAD DE FRUTAS Y VERDURAS FRESCAS A PRECIOS RAZONABLES 
(p. 116)

"Gracias, hermano", dijo Vittal, abrumado con gratitud; Keshava también le dio las gracias. Cuando salieron, se encontraron de nuevo en medio de un remolino de luz y sonido. Permanecieron quietos, esperando que sus ojos entendieran el caos.
"Hermano", dijo Keshava, emocionado por haber encontrado un monumento que reconocía. Señaló: "Hermano, ¿no es aquí desdedonde empezamos?" Y cuando miraron alrededor se dieron cuenta de que estaban sólo a unos pasos de donde el conductor de autobús los había dejado. De algún modo, no se habían dado cuenta de la señal, pero había estado detrás de ellos todo el rato.
"¡Nos han estafado! " dijo Keshava, con voz fervosa. "! El conductor de autorickshaw nos ha estafado, hermano!
"¡Cállate!" Vittal golpeó a su hermano pequeño en la nuca. "¡Es por tu culpa! ¡Tú eres quien quería coger el autorickshaw!" Llevaban siendo hermanos sólo dos días. Keshava era moreno y gordinflón; Vittal era alto, delgado y justo, y era cinco años más joven. Su madre había muerto hacía muchos años y su padre los había abandonado. Un tío suyo los había criado y habían crecido entre sus primos (a los que llamaban "hermanos"). Luego su tío murió, y su tía le llamó a Keshava y le dijo que se fuera con Vittal, al que había enviado a la gran ciudad a trabajar con un familiar que tenía una tienda de comestibles. Y así fue como se dieron cuenta de que había un vínculo entre ellos mucho más profundo que el de sus primos.


(p.117)

Sabían que aquél familiar estaba en algún lugar del Mercado Central de Kittur. Dando tímidos pasos, se adentraron en el oscuro área del mercado donde se vendían verduras, y luego, a través de una puerta trasera, en un mercado bien iluminado donde se vendían frutas. Aquí pidieron ayuda para orientarse. Luego subieron unos escalones hacia el segundo piso que estaban cubiertos por basura podrida y paja mohosa. Aquí preguntaron de nuevo: "¿Dónde está Janardhana, el propietario de la tienda que vive en el puebSalt Market? Es un familiar nuestro."
"¿Qué Janardhana - Shetty, Rai o Padiwal?"
"No sé, tío".
"¿Tu familiar es un Bunt?"
"No"
"¿No es un Bunt?¿Entonces es un Jain?"
"No"
"¿Entonces de qué casta es?"
"Es un Hoyka"
Se rió.
"No hay ningún Hoyka en este Mercado. Sólo Musulmanes y Bunts". Pero los dos chicos parecían tan perdidos que el hombre se compadeció de ellos y le preguntó a alguien, y averiguó que en realidad había Hoykas que habían montado su tienda cerca del mercado. Bajaron las escaleras y salieron del mercado. En la tienda de Janardhana, les dijeron, se podía ver un póster de un hombre musculoso con una camiseta blanca. No podían perder ese detalle. Caminaron de tienda en tienda y entonces Keshava gritó: "¡Allí!" Bajo la imagen del hombre musculoso se sentaba un tendero delgado, sin afeitar, que estaba leyendo un cuaderno con

(p.118)


sus gafas reposando en el puente de la nariz.
"Estamos buscando a Janardhana, del pueblo de Gurupura" dijo Vittal.
"¿Por qué queréis saber dónde está?" El hombre los miraba con desconfianza. Vittal contestó: "Tío, venimos de tu mismo pueblo. Somos familiares tuyos.
El tendero se los quedó mirando fijamente. Humedeció la punta de un dedo y pasó una página del cuaderno.
"¿Cómo sabéis si sois familiares míos?"
"Nos lo dijeron. Nuestra tía nos lo dijo. Kamala la tuerta." El tendero bajó su libro.
"Kamala la tuerta... ah, entiendo. ¿Y qué les pasó a vuestros padres?"
"Nuestra madre pasó a mejor vida hace muchos años, después de dar a luz a Keshava - este hombre-. Y hace cuatro años nuestro padre se desinteresó de nosotros y desapareció.
"¿Desapareció?"
"Sí, tío" Dijo Vittal. Unos dicen que se fue a Vanarasi a hacer yoga cerca de la orilla del Ganga. Otros dicen que está en la ciudad sagrada de Rishikesh. No lo hemos visto en años; nos crió nuestro tío Thimma."
"¿Y él...?"
"Murió el año pasado. Nos quedamos allí pero después mantenernos fue demasiado trabajo para nuestra tía. La sequía fue muy mala este año.
El tendero estaba asombrado de que hubieran recorrido toda esa distancia, sin palabras previas y en una conexión tan íntima, y que esperaran que él cuidara de ellos ahora. Se agachó bajo el mostrador, sacando una botella de Arak que


(p. 119)

escorchó y acercó a su boca. Entonces la tapó y la volvió a esconder.
"Todos los días viene gente procedente de pueblos en busca de trabajo. Todos piensan que nosotros, los que estamos en la ciudad, podemos ayudarlos a cambio de nada. Como si no tuviéramos estómagos propios que alimentar". El tendero le dio otro trago a la botella; su estado de ánimo mejoró. Le había gustado la historia del papá que se fue a "la ciudad sagrada de Rishikesh... a hacer yoga" Problemente eL viejo granuja se había ido a vivir a alguna parte con su amante, y cuidaría de una prole de bastardos, pensó, sonriendo con aporbación; cómo puede uno escabullirse de todo en los pueblos. Mientras bosetzaba, estirando sus manos bien arriba detrás de la cabeza, las bajó hacia su estómago con un tremendo golpe.
"Oh, ¡así que ahora sois huérfanos! PObres hombres. Uno debe siempre quedarse en una familia - ¿qué otra cosa hay en la vida?" Frotó su estómago: mira cómo me observan fijamente, como si fuera un Rey, pensó, sintiéndose importante de repente. No era un sentimiento que había tenido a menudo desde que llegó a Kittur. Se rascó las piernas. "Bueno, ¿cómo van las cosas por el pueblo en estos días?"
"A exepción de la sequía, todo sigue igual, tío"
"¿Llegásteis aquí en autobús?" preguntó el tendero. Y luego: "Caminásteis hasta aquí desde la estación, ¿verdad?" Se levantó de su asiento:
"¿Autorickshaw? ¿Cuánto pagásteis? Esos hombres son unos sinvergüenzas. ¡Siete rupias!" El tendero se puso rojo. "¡Sois imbéciles! ¡Cretinos! Entendiendo que les habían estafado, el tendero los ignoró durante media hora.

(p. 120)


Vittal se quedó de pie en una esquina, con sus ojos mirando al suelo, llenos de humillación. Keshava miró alrededor. Detrás de la cabeza del tendero, se apilaban montones de pasta de dientes Colgate-Palmolive roja y blanca y tarros de Horlicks. Del techo colgaban como banderillas paquetes brillantes de detergente de malta. En frente de la tienda se amontonaban en pirámides botellas verdes de keroseno y rojas de aceite para cocinar. Keshava era un joven delgado, de piel oscura y con unos ojos enormes que con los que miraba persistentemente. Algunos de los que lo conocen insisten en que tiene la energía de un colibrí, y siempre estaba voleteando y molestándose a sí mismo; otros pensaban que era muy perezoso y melancólico, capaz de sentarse y observar el techo durante horas. Sonreía y giraba la cabeza cuando le regañaban por su comportamiento, como si no fuera consciente de él mismo y no tuviera ninguna opción en el asunto. De nuevo, el tendero sacó su botella de Arak y bebió un poco más. Otra vez su humor mejoró.
"Aquí no bebemos como en los pueblos" dijo, volviendo a observar a Keshava. "Sólo un pequeño sorbo de vez en cuando. El cliente nunca se da cuenta de que estoy borracho". Guiñó. "Así es en la ciudad: puedes hacer lo que quieras, siempre y cuando nadie se dé cuenta". Después de correr las cortinas de la tienda, llevó a Keshava y a Vittal por el mercado. Por todos lados habían hombres durmiendo en el suelo, cubiertos por finas sábanas. Después de hacer algunas preguntas, Janardhana condujo a los chicos a un callejón detrás del mercado. Hombres, mujeres y niños dormían en línea a lo largo del callejón. Keshava y Vittal se apartaron del dueño de la tienda cuando empezó a negociar algo con uno de los que dormían.


(p. 121)


"Si duermen aquí tendrán que pagarle al Jefe" se quejó el hombre.
"¿Entonces qué hago con ellos? ¡Tienen que dormir en algún sitio!
"Bueno, te estás arriesgando, pero si tienes que dejarlos aquí inténtalo al máximo". El callejón terminaba en una pared por la que se filtraban goteras continuamente; los canalones estaban mal ajustados. Un enorme cubo de basura al final del callejón desprendía un hedor horrible.
"¿No nos va a llevar el tío a su casa, hermano? susurró Keshava cuando el dueño de la tienda, habiéndoles aconsejado sobre cómo dormir a la intemperie, desapareció. Vittal lo pellizcó. "Tengo hambre! dijo Keshava, después de unos minutos. "¿Podemos econtrar al tío y pedirle algo de comida?" Los dos hermanos estaban recostados uno junto al otro, arropados con sus sábanas, próximos al cubo de basura. En respuesta, su hermano se cubrió con la sábana completamente y se metió dentro, quieto, como un capullo. Keshava no se podía creer que iba a dormir allí - y con el estómago vacío-. Peores cosas había vivido en casa, pero al menos allí siempre había algo que comer. Ahora, todas las frustaciones de la noche, la combinación de la fatiga y la confusión, y le dio una fuerte patada a aquella figura envuelta. Su hermano, como si estuviera esperando esa provocación, arrancó la manta; sujetó la cabeza de Keshava con sus manos y la golpeó contra el suelo dos veces.
"Si haces un sonido más, te juro que te dejaré solo en esta ciudad". Entonces se cubrió con la sábana una vez más y le dio la espalda a su hermano.

(p. 122)

Y, aunque le empezaba a doler la cabeza, Keshava estaba aterrado por lo que su hermano le había dicho. Se calló. Tendido allí, picándole la cabeza, Keshava se preguntaba débilmente dónde estaba escrito que este hombre y este hombre serían hermanos; y sobre qué gente venía al mundo, y cómo lo dejaban. Era una vaga curiosidad. Entonces empezó a pensar en comida. Estaba en un túnel, y ése túnel era su hambre, y al final del túnel, si seguía caminando, se primetió a sí mismo, habría un gran montón de arroz, cubierto con lentejas calientes y grandes trozos de pollo. Abrió los ojos; había estrellas en el cielo. Las miró y trató de olvidar el hedor a basura. A la mañana siguiente, cuando llegaron a la tienda, el tendero estaba usando un palo largo como ganchos para colgar bolsas de detergente en el techo.
"Tú", dijo el tendero señalando a Vittal. Le mostró al chico cómo debían ajustarse las bolsas al borde del poste y luego levantadas y colgadas en un gancho en el techo.
"Te lleva cuarenta y cinco minutos hacer esto cada mañana; a veces una hora- No quiero que presures el trabajo. No te importa trabajar, ¿no?" Y luego, con la redundancia de un lenguaje típico de ricos, dijo: "Si un hombre no trabaja, no come en este mundo". Mientras Vittal colgaba las bolsas de plástico de los ganchos, el tendero le dijo a Keshava que se sentara detrás del mostrador. Le dio seis folios con las caras de actrices de película imprimidas y seis cajas de palitos de incienso. El chico tenía que recortar las fotos, ponerlas en las cajas de incienso, cubrirlas


(p. 123)


rápidamente con celofán y precintar la caja con celo.
"Con chicas guapas en las cajas puedes conseguir hasta diez paisas más", dijo el tendero.
"¿Sabes quién es ésta?" Le mostró a Keshava la foto que había recortado del folio. "Es famosa en películas hindúes". Keshava empezó a recortar la siguiente actriz del folio. En frente de ellos, bajo el mostrador, podía ver dónde había escondido el tendero la botella de licor. Al mediodía llegó la mujer del tendero con la comida. Miró a Vittal, que rehuyó su mirada, y a Keshava, que la miraba fijamente, y dijo:
"No hay suficiente comida para los dos. Manda a uno al barbero". Keshava, siguiendo las instrucciones que había memorizado, se abrió camino por las desconocidas calles y llegó a una parte de la ciudad donde encontró al barbero trabajando en la calle. Había montado su tenderete contra la pared, con un espejo que colgaba entre una firma de planificación familiar y un póster contra la tuberculosis. Un cliente se sentó una silla en frente del espejo, se colocó una tela blanca y el barbero empezó a afeitarlo. Keshava esperó hasta que el cliente se había ido. El barbero se rascó la cabeza y examinó a Keshava de la cabeza a los pies.
"¿Qué trabajo puedo ofrecerte, chico?" Al principio, el barbero no podía pensar en nada que pudiera hacer, pero sujetó el espejo a sus clientes para que se vieran después de haberse afeitado. Luego le pidió a Keshava que les cortara a los clientes las uñas y los callos de sus pies mientras él los afeitaba. Luego le pidió al chico que barriera los pelos del suelo.


(124)
¨Le sirve un poco comida también, es un chico bueno, ¨ el barbero le dijo a su esposa cuando ella llegó con té y galletas a las cuatro.

¨Es el chico del comerciante, puede conseguir comida solo. También es un Hoyka ¿quieres que él come con nosotros?¨
¨Es un chico bueno, le permite comer un poco comida. Sólo un poco.¨
Sólo era cuando el barbero estaba mirando el chico que engulló las galletas que él dio cuenta porque el chico fue enviado a él por el comerciante. ¨ ¡Dios mío! ¿No has comido todo el día?¨
La próxima mañana, cuando Keshava se apareció, el barbero le dio una palmaditas. No ya no había sabido exactamente lo que va a hacer con Keshava, pero lo no aguanto más; supo que no podría permitir este chico, con so cara tan dulce, priva todo el día en la tienda de la comerciante. Por la tarde, Keshava recibió almuerzo. La esposa del barbero se quejó, pero el esposo salpicó grandes porciones de pescado al curry por el plato de Keshava.
¨Es un buen trabajador, se lo merece.¨
Aquella noche, Keshava acompañó el barbero en una ronda de visitas del domicilio; caminaban casa por casa, y esperaban en los patios traseros para los clientes. Cuando Keshava estaba estableciendo una silla de madera en el patio trasero, el barbero puso a un paño blanco alrededor del cuello del cliente y le preguntó el cliente como se quiso su pelo aquel día. Después de cada empleo, el barbero batiría el paño con fuerza, desempolvar los rizos de pelo; cuando ellos salían la casa para la otra, el barbero pasaba un comentario sobre el cliente.

(125)
¨Aquel cliente no se le para, se lo puede ver en bigote flácido.¨ Al ver la expresión vacía de Keshava, dijo: ¨ ¿supongo que no conozcas este parte de la vida todavía, caballero?¨ Pues, lamentar esta confianza, le susurró al caballero: ¨no se lo repites a mi esposa.¨
Cada vez que cruzaban la calle, el barbero cogía la mano del chico por la muñeca.
¨ E ste mundo es dangerous , ¨ dijo él, pronunció la palabra clave en inglés, en una manera tremulosa que trajo todo el drama de la palabra extranjera. ¨Si no siempre pones atención perderás la vida en solo un momento.¨ Dangerous.
Por la tarde Keshava regresó a callejón detrás del mercado. Su hermano estaba acostado con la boca abajo, durmiendo, demasiado cansado incluso para hacer la cama. Keshava lo entregaron Vittal, desplegó la sábana y cubrió la cara hasta la nariz.
Pues Vittal estaba durmiendo, él tiró el colchón delante de lo de su hermano, para que sus brazos contactaran. Se durmió contemplando las estrellas.
Un ruido horrible se acostó por la media de la noche: tres gatitos, perseguirse, alrededor de su cuerpo. Por la mañana, él vio su vecino dar leche a los gatitos en un tazón. Tenían carne amarillo, y las pupilas eran alargadas, como marcas de garras.
¨ ¿El dinero está listo?¨El vecino le preguntó cuando él se acercó a acariciar los gatitos. El vecino explicó que Vittal y Keshava tendría pagar una tarifa al jefe local-uno de ellos que recogen pagamentos de los pobres sin hogar de Kittur por la ¨protección¨-principalísimo de sí mismo.


(126)
¨ ¿Pero dónde está este jefe? Mi hermano y yo nunca lo hemos visto aquí.¨
¨Lo verás anoche. Esto es los que hemos escuchado. Tienes el dinero; o de lo contrario le golpearon.¨
Durante las próximas semanas Keshava desarrollaba una rutina. Por las mañanas, trabajaba con el barbero; después de su trabajo con el barbero, estaba libre para hacer lo que quería. Paseaba por el mercado, que parece estaba repleto de cosas brillantes, cosas caras. Aún las vacas parecieron más grandes que estaba al hogar. Se maravillaba que estaba en la basura aquí que resultaba en eses vacas gordas. Una vaca negra, un animal con cuernos extraordinarios, paseaba como un animal mágico de un mundo extraño; en el pueblo montaba las vacas y quiso montar este animal, pero tenía miedo de hacerlo en la ciudad. Kittur se parece lleno de comida; incluso los pobres no mueren de hambre aquí. Veía el raspar de la comida a las manos de los pobres por el templo Jain. Vio un comerciante, intentando dormir en el alboroto del mercado, cubriendo su cabeza con una casca de un scooter. Veía tiendas vendiendo muñecas de vidrio, camias blanco y camisetas en bolsas de celofán, mapas de La India con sus estados dibujados
¨ ¡Eh! ¡Muévete de la forma, pueblerino!¨
Él dio la vuelta. El hombre conducía un carro de bueyes cargado de una pirámide de cajas de cartones; el chico se preguntaba que estaba en las cajas.

(127)
Esperaba que tuviera una bicicleta porque quería montarla de velocidad arriba y debajo de la calle mayor y sacaba la lengua a los altivos tipos en los carros de bueyes, que siempre estaban graseros. Pero encima de todo esperaba que fuera cobrador. Colgaban de los lados de los autobuses, gritar a los pasajeros para emborrar más rápido, maldecir cuando un autobús rival lo adelantaba; tenían las uniformes caqui y los silbatos negros colgaban de una cuerda roja alrededor de los cuellos.
Una tarde, casi todos los transeúntes en el mercado le miraban hacia arriba de los cabezas y encontraron un mono andando por una cable de televisión. Keshava contemplaba la escena maravillada. El roso escroto pendía entre sus piernas y las pelotas grandes y rojas golpeaban la cable. Saltó encima de un edificio pintada con un sol azul y rayos extendidos y se sentó, miraba con indiferencia a la muchedumbre.
De repente un motocarro chocó con Keshava, lo lanzaba por la calle. Antes de levantarse a pie, le miraba el conductor del motocarro gritando furiosamente.
¨ ¡Levántate! ¡Hijo de puta! ¡Levántate! ¡Levántate!¨ El conductor ya ha hecho un puño y Keshava se cubrió la cara con las manos.
¨Le deja el chico en paz.¨
Un hombre gordo con un pareo azul se quedaba encima de Keshava, señalaba una pala en la dirección del conductor. El conductor se quejó, pero se dio una vuelta y regresó a su vehículo.
Keshava quería coger las manos de su salvador en el pareo azul y besarlas, pero el señor se había perdido en la muchedumbre.
(128)
De nuevo en la media de la noche los gatos le despertaron a Keshavas. Antes de acostaría, un silbato alto soñó del fondo de la callejuela. ¨ ¡Hermano está aquí!¨ alguien gritó. Empezaron barajar las ropas y las camas; los hombres se levantaron en todas las direcciones. Un hombre panzudo en una camiseta y un pareo azul quedaba a pie a la cabecera de la callejuela, los monos a las caderas. Gritó él:
¨Pues mis ricuras, ¿pensabais que podabais evitar pagamentos a su pobre y desconsolado hermano por veníais aquí a ésta callejuela, pensabais?¨
El gordo-él que se llama Hermano a su mismo- se acercaba cada hombre, uno por uno. Keshava se sobresaltó: era su salvador del mercado. Hermano le daba cada hombre con el palo y preguntaba:
¨ ¿Cuánto tiempo desde que me pagaste? ¿Eh?¨
Vittal estaba aterrado: pero un vecino le suspiró: ¨No te preocupe, solo te esforzó agacharte, decir lo siento y salió. Él sabe que no hay dinero aquí.
Cuando el gordo llegó a Vittal, paró y le inspeccionó con cuidado.
¨Y tú señor, mi Maharajá de Mysore, ¨Si me permites molestarte un segundo: le dijo ¨ ¿tú nombre?¨
¨Vittal, hijo del barbero del pueblo Gurupura, señor.¨
¨ ¿Hokoya?¨
¨Sí señor.¨
¨ ¿Cuándo llegaste en ésta callejuela?¨
¨Hace cuatro meses, ¨ Vittal dijo impulsivamente la verdad.
¨ ¿Y cuántos pagamentos hacías en este tiempo?¨
Vittal no dijo nada.
El Gordo te pagó una bófeta y el chico se tambaleó atrás, se tropezó en su cama y cayó al suelo duro.

(129)
¨ ¡No lo golpes, me golpea!¨
El gordo en el pareo azul le dio la vuelta frene a Keshava.
¨Es mi hermano, la única relativa en todo el mundo, ¡Me golpea en lugar de él! ¡Por favor!¨
El gordo le dejó el palo; con ojos entrecerrados examinó el pobre chico.
¨ ¿Un Hokoya tan bravo? ¡Qué raro! La casta está llena de cobrados, era la experiencia del Hermano en Kittur.¨
Señaló a Keshava con su palo y dirigió a toda la callejuela: ¨Todos: avisad de la forma en que se pega por su hermano. Wah, Wah. Joven, por su bien, le ahorra su hermano anoche.¨
Le tocó la cabeza de Keshava con el palo. ¨Por jueves, venir y verme. Al estación de autobuses. Tengo trabajo para chicos valientes como tú.¨
La próxima mañana Keshava le contó su buena fortuna al barbero quien estaba horrorizado por la noticia.
¨ ¿Pero quién sostendrá el espejo?¨le dijo.
Cojo el chico por la muñeca.
¨Es dangerous con estos hombres de los autobuses. Quédate conmigo Keshava. Puedes quedarte y dormir en mi casa, para que este Hermano no te molesta nada más: será como un hijo.
Pero los autobuses conquistan el corazón de Keshava. Cada día salía directamente a la estación de autobuses al fondo del Mercado Central, fregaba los autobuses con una fregona y un balde de agua. Era el limpiador más entusiástico. Cuando estaba dentro del autobús iba a tomar el volante y pretender que conducía, ¡vroom, vroom!

(130)
¨Tenemos un ganador para nosotros aquí, ¨ Hermano les dijo y los cobradores y conductores rieron y estuvieron de acuerdo.
Cuando estaba al volante, fingía conducir, estaba ruidosos, usaba el lenguaje más grosero; pero sí alguien le parara y preguntara: ¨ ¿Cómo te llamas, bocaza?¨se confundiría, pondría sus ojos en blanco, y se pagaría un a bófeta la calavera, antes de decir ¨Keshava-sí eso es. Keshava. Pienso que lo es mi nombre.¨ Ellos reirían carcajadas y decían: tiene que estar tocado de allá, éste joven.
Un cobrador le tomó simpatía a Keshava y le preguntó venir en su vuelta por autobús a las cuatro de la tarde. ¨Solo una vuelta, ¿comprendes?¨ le avisó el joven severamente. ¨Tienes que desembarque a las 5:15 por la tarde.¨
El cobrador regresó a la estación a las diez y media con Keshava.
¨Traje buena suerte, ¨ él dijo, alborotaba el pelo del joven. Hemos ganado contra todos los autobuses cristianos hoy; un triunfo.¨
Dentro de poco todos los cobradores le empezaron a invitar Keshava a sus autobuses. El Hermano, que era un hombre supersticioso observó este desarrollo y declaró que Keshava trajo la buena suerte de su pueblo.
¨Un joven como ti, ¡con ambición! Le tocó a Keshava en el trasero con su palo. Quizá un día puedas ser cobrador de un autobús, ¡bocazas!¨
¨ ¿En serio?¨ los ojos de Keshava se abrieron.
Iba con los autobuses cuando iban a velocidad por la calle del mercado a las cinco, la hora punta, con el número 77 delante de ellos.
Estaba sentando al frente, cerca del conductor solo un animado. ¨ ¿les permites ganarán?¨ Keshava le pregunta el conductor. ¨ ¿Permites que los cristianos adelantan los Hindús?¨

(131)
El cobrador caminaba por la muchedumbre, emitía billetes, recogía dinero, el silbato en la boca, todo el tiempo. El autobús aceleraba, casi golpear una vaca. Iba a velocidad por la calle, el número 5 condujo paralelo a número 234, un conductor de un moto tenía miedo y salió de la carretea para salvar la vida, y después-¡un grande aclamación de los pasajeros!-adelantó el rival. El autobús Hindú ha ganado.
Por los tardes, limpiaba los autobuses y ponía incienso a los retratos de los dioses Ganapati y Krishna que están cerca de los retrovisores.
Por los domingos estaba libre después del medio día. Exploraban todo el Mercado Central desde los vendedores de verduras hasta los vendedores de ropas al fondo.
Aprendía poner atención a los mismos detalles que le ponen la gente. Aprendía cuales camisetas estaban bien de precio; cuales estaban una estafa; la diferencia entre una bien y mala crepe de India. Adquiría entendido en el mercado. Aprendía escupir, no como había hecho en el pasado, solo para curarse la garganta o la nariz sino con arrogancia-un poco estilo. Cuando las lluvias no vinieron de nuevo y más castros frescos llegaron del mercado de los pueblos, se les burló: ¨ ¡O, pueblerino!¨llegó a ser maestro del mercado, aprendía cruzar la calle a pesar del tráfico continua, solo ponía la mano enfrente como una signa de parar y caminaba con brío, no hacía caso a los ruidosas toques del claxon por los conductores molestados.
Durante los partidos de críquet, todo el mercado bullía de actividad. Él pasaba tienda por tienda; cada vendedor tenía un pequeño y negro transistor que emitía el chirriante ruido del comentario del partido de críquet. Todo el mercado bullía como si fuera una colmena, y cada celda secretaba el comentario del críquet.

(132)
Por la noche la gente comía al lado de la calle. Talaban la leña y la echaba al horno, y sentaba alrededor de los fuegos, estaban iluminados por las llamas temblorosas, parecían demacrados. Cocinaban caldo y a veces freían uno pescados. Keshava les había favores triviales para ellos. Las botellas vacías, pan, arroz y hielo fueron llevados por Keshava en su bicicleta a las tiendas cercanas y por ese favor le invitaban cenar con ellos.
Apenas veía Vittal. Cuando llegaba a la callejón su hermano estaba debajo de las sábanas y roncando bajito.
Una noche, tuvo una sorpresa: el barbero agitado de la influencia de los ¨ dangerous ¨ hombres de la estación de autobuses y la influencia que le ponía a Keshava, le trajo al cine. Se quedó apretada la mano durante todo el viaje hasta el cine. Cundo salieron del teatro, el barbero le dijo a Keshava que espere porque tuvo ganas de hacer negocios con un hombre que vende hojas de paan afuera del cine. Keshava esperaba, y oía el redoble de tambor y gritos, y siguió el ruido alrededor de la esquina hasta la fuente. Un hombre quedaba a pie tocando un tambor largo afuera de un parque para niños; a su lado había una tabla de metal que estaba pintando con imágenes de hombres gordos en ropa interior azul luchando cuerpo a cuerpo.
Keshava intentó entrar pero el batería no le permitió. Cuesta dos rupias para entra, le dijo. Keshava dio un suspiro y dio una vuelta al cine. Revolvía y vio un grupo de chicos escalando un muro hasta el partió de recreo; él les siguió a ellos.
Dos luchadores estaban en el cajón de arena, en el centro del patio de recreo, uno llevaba pantalones cortos de color gris y el otro de color amarillo.
(133)
Seis o siete luchadores quedaban a pie al lado del cajón temblaban los brazos y piernas. Nunca en su vida había visto hombres con cinturas tan delgados u hombres tan enormes, era muy emocionante ver los cuerpos. ¨Govind Pehlwan lcuh Shamsher Pehlwan¨ anunció un hombre con un megáfono.
El hombre con el megáfono era Hermano.
Los dos luchadores tocaron el suelo y levantaron los dedos a las propias frentes; y como carneros embistieron uno a otro. El que llevaba los pantalones grises tropezó y resbaló, y él que llevaba los amarillos sujetó en el suelo; luego la situación volvió a revés. La lucha continuaba así, por un tiempo más hasta que Hermano dijera ¨ ¡Que lucha tenía!¨ y les ha separado.
Los luchadores estaban cubiertos de suciedad, regresaron al lado del cajón y se ducharon y se limpiaron. Keshava sorprendió que los luchadores llevaran un par más de pantalones cortos debajo de ésos coloridos. Los luchadores se limpiaban llevando el par extra. De repente, uno de los luchadores le dio un apretón a la nalga del otro. Keshava frotó los ojos porque no creía lo que vio.
¨Y ahora: Balram Pehlwan lucha Rajesh Pehlwan, ¨ anunció Hermano.
El barro claro en el cajón estaba oscuro en el centro, aquí el lucho había sido lo más intenso. Los espectadores sentaban por una loma de césped cerca del cajón. Hermano caminaba alrededor del cajón y ofrecía comentario sobre la acción. ¨Wah, wah, ¨ él gritó cuando un luchador sujetó el otro en el suelo. Una nube de misquitos se arremolinaba arriba, como si ellos también estaban emocionantes por el partido.
Keshava caminaba entre los espectadores: vio chicos que se daban las manos, o tenían las cabezas recostadas en los pechos. Tenía envió; esperaba que tuviera un amigo aquí también, querría darse la mano.

(134)
¨ ¿Entró a hurtadillas, habías hecho?¨ Hermano se le acercó a Keshava. Él puso un brazo por el hombro de Keshava e hizo un guiño. ¨No era una buena idea-el dinero de los billetes es mío-me has estafado, ¡granuja!¨
¨Tengo que ir, ¨dijo Keshava, estaba retorcerse. El barbero está esperando a mí.¨
¨ ¡Que se vaya el barbero a hacer puñetas!¨ Hermano dijo a gritos. Dijo que Keshava se siente a su lado y con el megáfono revolvió al comentario.
¨Era como tú, ¨ Hermano dijo a Keshava durante una pausa del comentario. ¨Era un pobre chico con nada; caminaba hasta aquí con las manos vacios. Ve lo que yo hubiera logrado-¨
Hermano abrió los brazos, y Keshava vio el abrazo de los luchadores, los vendedores de cacahuetes, los mosquitos, y el hombre con el tambor de la puerta: Hermano parecía el rey de todo que sea importante en le mundo.
Keshava estaba por el suelo y intentaba dormir cuando el barbero pasaba por el callejón le encontró y abrazó. ¨ ¡eh! ¿A dónde desapareció después de la peli? Pensábamos que estaban perdiendo.¨ Se puso la mano por la cabeza de Keshava y despeinó el pelo.
¨Ahora Keshava eres como mi hijo: diré a mi mujer, tenemos que cuidarte. Espero que ella esté de acuerdo, y luego vendrás conmigo.¨
Keshava dio una vuelta a su hermano Vittal. Él ha bajado su manta para oír lo que pasa.
Vittal subió la manta encima de la cabeza y se dio la vuelta. ¨Haz lo que quieras con él; le farfulló. ¨Tengo demasiado trabajo, tengo que cuidar de mi mismo.¨

(135)
Una noche, cuando Keshava estaba fregando el autobús, un palo tocó el suelo.
¨ ¡Bocazos!¨Era Hermano, llevaba su camiseta blanca. ¨Te necesitamos para la concentración.¨
El autobús número 5 llevó un grupo grande de los chicos de la estación a Nehru Maidan. Había una enorme muchedumbre allí. Había muchas astas con banderas miniaturas del partido Congreso.
¨Habían levantado un enorme escenario en el centro, y una enorme imagen de un hombre con un bigote y gruesas gafas con una montura negra, los brazos levantados en una manera de bendición universal, estaba colocando arriba del escenario. Un orador estaba hablando con el mico: ¨ ¡Es un Hoyka, se sienta al lado del Primer Ministro Rajiv Gandhi a le da consejos! ¡Todo el mundo puede ver que digno y responsable son los Hoykas a pesar de los falsedades que los Bunts y ricos dicen sobre nosotros!¨
Después de un tiempo, el PM- el mismo hombre de la pintura. Se acercó el micro.
Una docena de chicos en el fondo de la muchedumbre bramaron: ¨ ¡Viva el héroe de los Hoykas!¨
Gritaron seis veces, luego Hermano les mandó que se callaran.
El gran hombre habló durante más de una hora.

(136)
¨Habrá un templo Hoyka. Digan lo que digan los Brahmins; digan lo que digan los ricos; habrá un templo Hoyka en este pueblo. Incluye sacerdotes Hoykas. Y también Hoyka dioses. También Hoyka diosas. ¡Habrá puertas Hoykas, y campanas Hoykas incluso felpudos a pomos de las puertas Hoykas! ¿Por qué? ¡Porque somos noventa por ciento de este pueblo! ¡Aquí tenemos nuestros derechos!¨
¨ ¡Somos noventa por ciento de este pueblo! ¡Somos noventa por ciento de este pueblo!¨ Hermano les ordenó a los chicos que gritaran. Todos sino uno respondieron el mandato; Keshava se acercó a Hermano y gritó al oído: ¨pero no somos noventa por ciento de este pueblo. No es verdadero.¨
¨ ¡Cállate y grita!¨
Después de la procesión, se dieron botellas de licor de los camiones, los hombres se empujaron para grabarlas.
´ ¡Eh!¨ Hermano le indicó a Keshava. ¨toma una bebida, ven, lo mereces. ¨ él dio una palmeada en la espalda: los otros metieron el licor a Keshava por las narices y Keshava tosió.
¨ ¡Nuestro grita-lema superior!¨
Esa noche, cuando Keshava finalmente llegó a su callejón, Vittal le había esperando con los brazos cruzados.
¨Estás borracho.¨
¨ ¿y qué?¨ Keshava golpeó su pecho. ¨ ¿quién eres tú, mi padre?¨
Vitttal se dio la vuelta a un vecino, estaba jugando con sus gatos, y gritó ¨este chico perdía a moralidad aquí, en esta ciudad. No sabe distinguir el bien del mal. Pasaba su tiempo con borrachos y bestias.¨
¨No te digas estas cosas sobre Hermano, te amenazo, ¨ dijo Keshava en voz baja.

(137)
Per Vittal continuó: ¨ ¿Qué piensas que estás haciendo, andar sin rumbo fijo por la ciudad ahora? ¿Piensas que yo no sepa qué tipo de animal has llegad a ser?¨
Intentó darle un puñete a Keshava; pero su hermano menor cogió la mano.
¨No me toque.¨
Luego, sin saber que está haciendo, cogió sus sábanas y caminó por la calle.
¨ ¿Dónde vas?¨ gritó Vittal.
¨Me voy.¨
¨ ¿Y, dónde duermes anoche?¨
¨Con Hermano.¨
Estaba a punto de salir de la calle cuando oyó su nombre, gritado por Vittal. Lágrimas salieron corriendo por el rostro. Pero el llamado de su nombre no era suficiente: quería que Vittal corriera a su lado, que lo tocara, lo abrazara, lo suplicara a regresar con él.
Una mano tocó su hombre: su corazón sobresaltó pero cuando se dio la vuelta, no vio Vittal, sino el vecino. En un rato los gatos se acercaron y lamían los pies, maullaban ferocemente.
¨ ¡Sabes que Vittal n quiso decir eso!¨ Él está preocupado porque su hermano se ha mezclado con un grupo peligroso. Olvida lo que pasa y regresa.¨
Keshava sólo negó con la cabeza.
Era las diez de la noche. Caminaba y llegó a la tienda donde arreglan autobuses. En el oscuro dos hombres con máscaras cortaban un metal con una llama azul: humeas, chispas, el oler de humo punzante y mucho ruido.

(138)
Pasó un rato, un hombre en una máscara señaló hacia el cielo y Keshava no entendió y caminó hasta el fondo, atrás de los autobuses una mujer desconocida por Keshava se estaba agachado. Ella le daba un masaje a los pies de Hermano. Hermano estaba sentando, sin camiseta en una silla de mimbre.
¨Hermano, permite quedar aquí, no tengo ningún ligar donde puedo quedarme. Vittal me echó.¨
¨ ¡Pobrecito!¨ Hermano quedó en su silla pero miraba la mujer en el suelo. ¨ ¿Mira lo que pasa a la estructura familiar en nuestro país?¨ ¡Hermanos expulsando hermanos a la calle!¨
Hermano siguió Keshava hasta un edificio cerca de la estación y explicó que tenía este albergue para los mejores trabajadores de la estación. Abrió la puerta; había líneas de camas y en cada cama había un chico. Hermano arrancó las sábanas de una de las camas. Un chico estaba durmiendo con la cabeza en las manos.
Hermano le dio unos puñetazos para que el chico se despertara.
¨Levántate y va de esta casa.¨
Sin ni una palabra el chico empezó luchar entre sí por sus cosas. Caminaba a una esquina de la casa y se puso en cuclillas; estaba en un estado de confuso y no sabía dónde ir. ¨ ¡Va de aquí! ¡No has llegado a su trabajo en tres semanas!¨gritó Hermano.
Keshava tenía sentidos para la pobre figure en la esquina y tenía ganas de gritar: ¡no, no lo echa a la calle, Hermano! Pero comprendía que hay sólo una cama y dos chicos anoche.
En unos minutos la figura agachada se desapareció. Los blancos camisetas de algodón estaban colocados en una cuerda larga para tender la ropa, fijando entre dos transversales del techo. Una encima de la otra como fantasmas.
(139)
Carteles de actrices y el dios Ayappa que estaba sentando encima de su pavo real, cubrían las paredes. Los chicos se quedaban en un grupo cerca de las camas, fijaban de la mirada y se mofaban de él.
Él no ponía atención y sacó sus posesiones: una camisa extra, un peinado, un botella media llena de aceite para el pelo, Scotch y seis pinturas de actrices que ha robado de la tienda de una relación. Puso las pinturas encima de su cama con Scotch.
Inmediatamente los chicos se acercaron a la cama.
¨ ¿Sabes los nombres de esas chavalas de Bombay?¨
¨ ¡Dínos!¨
¨Esta es Hema Malini, ¨dijo él, ¨aquí esta Rekha casada con Amitabh Bachchan.¨
A escuchar seo los chicos empezaron reírse.
¨Eh, chico, no es su mujer. ¡Es su novia ! Se folla ella cada domingo en una casa en Bombay.¨
Sintió tan furioso cuando dijeron esto que se levantó y les gritó de forma incoherente a ellos. Acostó en su cama para media hora después.
¨Que temperamental sea. Como una mujer, demasiado delicado y taciturno.¨
Sacó su almohada y puso encima de la cabeza; pensaba en Vittal, pensaba donde está en este momento y porque no está durmiendo a su lado. Empezó a llorar en la almohada.
Un chico le acercó: ¨ ¿Eres Hoyka?¨él preguntó.
Keshava inclinó la cabeza.
¨Yo también, ¨dijo el chico. ¨Todos los otros son Bunts. Piensan que somos peor que ellos. Tú y yo, tendríamos que quedarnos juntos.¨
Él susurró: ¨Tengo que advertirte sobre algo. Durante la noche uno de los chicos se daba la vuelta tocando pallas.¨
Keshava saltó. ¨ ¿Quién hice esto?¨

(140)
Keshava se mantuvo despierto toda la noche, se levantó cada vez que alguien se acercó a su cama. Llegó la madrugada y sólo cuando los otros chicos se rieron histéricamente cuando se cepillaron sus diente Keshava se dio cuenta que hicieron un chiste.
En una semana parecía a Keshava que había vivido siempre en el albergue.
Después de algunas semanas Hermano llegó para hablar con Keshava.
¨Hoy es un gran día para ti, Keshava¨ él dijo ¨anoche, en la tienda de licor mataron, uno de los cobradores en una lucha.¨
Mantuvo el brazo de Keshava hacia arriba, como si ganó un partido de lucha libre.
¨ ¡El primer cobrador Hoyka en nuestra empresa! ¡Es un motivo de orgullo para su pueblo!¨
Keshava ascendió a jefe de los cobradores de uno de los 26 autobuses que navegaban la ruta 5. Recibió un nuevo uniforme caqui, su propio silbato negro por una cuerda roja, un libro de billetes de color granate, verde y gris con el número 5.
Mientras conducían, Keshava se asomaba al autobús sujetaba una baranda de metal. Con el silbato en la coca se dio una aspereza para parar el autobús y dos para seguir. Cuando el autobús paró, saltó a la calle y gritó a los pasajeros: ¨ ¡Entrad! ¡Entrad!¨ cuando el autobús empezó de nuevo, saltó a la pequeña escalera al lado del autobús y sujetó la baranda. Empujando y gritando dentro del autobús lleno a fin de recoger dinero y distribuir billetes. Los billetes no eran necesarias- conocía todas las clientes de vista; pero los distribuía porque era la tradición, lo rasgaba y había una colecta, o enviaba volando por al aire a los clientes inaccesibles.
(141)
Los chicos tenían temor reverencial a Keshava y su rápido progreso y por las noches se agrupaban alrededor de él.
¨ ¡Repara esta cosa!¨ gritó y señaló la baranda de metal de su autobús. ¨Lo oía sacudiendo todo el día, es muy desatornillado.¨
¨Mi trabajo no es tan divertido.¨ dijo después del trabajo a los chicos que se agacharon alrededor de él, mirando fijamente con ojos ilusionados. ¨Claro que hay chicas por el autobús pero no permites molestarlas-eres conductor. Tienes que preocuparte continuamente de los cabrones cristianos porque sí ellos ganan nosotros perderemos las clientes. No señor, no es divertido.¨
Cuando las lluvias empezaron, tuvo que bajar la lona de cuero arriba de las ventanas por fin de que los pasajeros quedaran secos; pero el agua siempre entraba y el autobús llegaba ser húmedo y oscuro. La lluvia manchaba el parabrisas; manchas de agua plateada se pegaban al parabrisas como gotas de mercurio; el mundo exterior llegaba a ser brumoso, a Keshava agarraría la baranda y se asomaría afuera para indicar la dirección al conductor.
Una noche estaba acostado por su cama en el albergue, un chico estaba secando su pelo con una toalla blanca y un orto le daba un masaje a sus pies (son sus nuevos privilegios, Hermano entró al dormitorio con una vieja oxidada bicicleta.
¨No puedes caminar por la ciudad, eres un ¨bigshot¨ ahora. Espero que mis cobradores viajen con estilo.¨
Keshava trajo la bicicleta al lado de su cama; y los chicos fueron divertidos por Keshava cuando fue a dormir con su bicicleta a su lado.
Por una noche, vio un lisado en la estación de autobuses sentando y se dando asperezas a su té, sus piernas estaban cruzadas y exponía un talón de una perna artificial.

(142)
Alguien se rió.
¨ ¿Reconoces tu patrón?¨
¨No comprendo. ¨ ¿Qué?¨
El chico dijo: ¨ ¡Tienes la bicicleta de este hombre!¨
Explicó que el lisiado había sido un cobrador, como Keshava: pero se cayó del autobús, un camión aplastó sus piernas, y había hacer una amputación.
¨ ¡Es por eso, ahora tienes su propia bicicleta! Saltó una gran risotada y con compasión dio un puñetazo a la espalda de Keshava.
El lisiado tomó su té lentamente, lo estaba mirando con intensidad como era su único placer en la vida.
Cuando Keshava no trabaja como cobrador Hermano siempre tenía un millón de reportos a domicilios para él, una vez tuvo que amarrar una cuadrada de hielo al fondo de su bicicleta y entregarlo al centro de la ciudad a las casa de Mabrooor Engineer, el señor más rico del pueblo, él se había quedado sin hielo para su whiskey. Por la noche puede gozar su bicicleta; es decir que usualmente iba a velocidad máxima por la calle mayor cerca del Mercado Central. Por cada lado las tiendas brillaban con la luz de las linternas de parafina, sería emocionante con toda la luz y la variedad de colores y sacaría las dos manos de los manillares y chillaría de felicidad, frenar de repente para no chocar con un motocarro.
Todo salía muy bien para Keshava; pero una mañana sus vecinos lo encontraron en la cama, miraba con ojos fijos a un cartel de una actriz y rechazó trasladarse.

(143)
¨Está taciturno de nuevo, ¨ dijeron los vecinos. ¨ ¿Eh, por qué no te haces una paja? Sentirás mejor.¨
La próxima mañana fue a visitar el barbero. El viejo no estaba. Su mujer estaba sentando en la silla del barbero, peinaba su pelo. ¨Espera para él, siempre estaba hablando de ti. Te echa muchísimo de menos.¨
Keshava asintió la cabeza; hizo crujir los nudillos y pasó alrededor de la silla tres of cuatro veces. Aquella noche en el dormitorio los chicos los agarraron cuando se peinaba el pelo y Keshava fue a rastras afuera.
¨Ha estado taciturno para algunos días. Es necesario que ¨vea¨ una mujer.
¨No, ¨ dijo. Anoche no. Tengo que visitar el barbero. Prometí venir para-¨
¨ ¡Te trajeron a una barbera, por cierto! ¡Te afeitará bien!¨
Lo pusieron en un motocarro y trajeron al Bunder. Una prostituta está ¨viendo¨ señores en una casa cerca de las fábricas de camisetas, él les gritó a ellos y dijo que no quiso hacerlo, pero ellos aseguran que cuando lo hizo, se curaría el taciturno y que sentiría normal como todos.
Parecía más normal durante los días siguientes. Una noche, al final de su turno de trabajo, vio un chico nuevo de la limpieza, uno de los contratos nuevos de Hermano, escupir por el suelo cuando estuvo limpiando el autobús; le llamó la atención, Keshava le dio una bofetada.
¨No escupes cerca del autobús, ¿comprendes?¨
Fue la primera vez que darle una bofetada a alguien.
Sintió bien. Después de ese acontecimiento, con regularidad darles unas bofetadas a los chicos de la limpieza, como hacen todos los cobradores.

(144)
Por el autobús número 5, cada vez mejoró a su trabajo. No se le escapa ninguna trampa. Cuando los alumnos intentaron tomar el autobús con sus abonos después de las películas sin pagar él diría: ¨ ¡De ninguna manera! Los abonos sólo funcionan cuando vais o regresáis de la clase. Se es de divertido, pagarais la tarifa completa.¨
Un chico estaba un problema constante- era alto y guapo y sus amigos se llaman Shabbir. Keshava miraba la gente que siempre estaba mirando su camiseta fijamente con envidia. Pensaba porque ese chico tomaba el autobús; era el tipo que tenía sus propias coches y conductores.
Un día por la tarde, cuando el autobús se paró al colegio de las mujeres, el chico rico caminó a los asientos destinados a las mujeres y se inclinó sobre una chica.
¨Perdóname, señorita Rita. Sólo quiero hablar contigo.¨
La chica le dio las narices a la ventana; se movió su cuerpo intranquilo lejos de él.
¨ ¿Por qué no hablas conmigo?¨ el chico con la camiseta de Bombay y la gallarda sonrisa la preguntó. Sus amigos en el donde del autobús silbaron y aplaudieron.
Keshava dio saltos al chico. ¨ ¡Basta!¨ Agarró el rico por el brazo y tiró lejos de la chica, ¨Nadie moleta las mujeres en mi autobús.¨
El chico que se llama Shabbir le miró ferozmente. Keshava le miró a él fijamente.
¨ ¿Me has escuchado?¨
El rico sonrió, ¨Si señor, ¨ él dijo, y le dio la mano al cobrador como un apretón de manos. Con gran confuso Keshava tomó la mano: los chicos en el fondo se rieron a carcajadas. Cuando el cobrador saltó su mano encontró un billete de cinco rupias.

(145)
Keshava desperdició el billete a los pies del rico.
¨Si lo intenta de nuevo, hijo de puta te echaré volando afuera del autobús.¨
Cuando ella se bajaba del autobús se miró a Keshava; él vio la gratitud en su mirada y sabía lo que había hecho fue bien.
Uno de los pasajeros suspiró ¨ ¿Sabes quién es, ese chico? Su padre es el dueño de la tienda de prestar videos y su mejor amigo es el Miembro de Parlamento. ¿Puedes ver la insignia que dice ¨CD¨ en el bolso de su camiseta? Su padre las compró en Bombay para su hijo. Cada una cuesta cien rupias o dos cientos, se dicen.
Keshava dijo: ¨En mi autobús él tiene que comportarse. Aquí no hay ricos ni pobres; todas compran el mismo billete. Nadie molesta las mujeres.¨
Por la noche cuando Hermano ha escuchado la cuenta abrazó Keshava: ¨ ¡Mi cobrador valiente! ¡Estoy orgulloso de ti!¨
Levantó la mano de Keshava hacia arriba, y todos aplaudieron. ¨ ¡Este pequeño chico del pueblo les ha mostrado a los ricos como deben comportarse en el autobús número cinco!¨
La próxima mañana, Keshava estaba sujetando de la baranda del autobús y se daba silbatos para animar el conductor, la baranda rechinó- y de repente partió. Keshava cayó del autobús que iba de gran velocidad, chocó con la calle, se dio la vuelta y su cabeza chocó con fuerza al lado del bordillo.

(146)
Para algunos días después, los huéspedes que quedaban en el albergue le encontraban en la cama, cerca de lágrimas. Quitaron los vendajes de su cabeza y la hemorragia se había detenido. Pero ya ha quedado silente. Cuando le dieron una buena sacudía Keshava sólo asentiría con la cabeza y se sonreiría, como si dijera, si, estaba bien.
¨ ¿Entonces por qué no sales y trabajas?¨
Él no dijo nada.
¨Es taciturno todo el día. Nunca hemos visto así.¨
Pero después de cuatro días en que no trabajó ninguno, le vieron sujetando afuera del autobús, gritando a los pasajeros, parecía como si mismo.
Pasó dos semanas. Una mañana, sintió una mano dura en el hombro. Hermano ha llegado a visitarle.
¨Oyó que tú sólo trabajó un día en diez. Este es muy malo, mi caballero. No puedes ser taciturno.¨ Hermano hizo un puño. ¨Tienes que estés vivaz.¨ Sacudió el puño a Keshava, como si demonstrar la plenitud de la vida. Un chico cercano tocó la cabeza de Hermano, ¨No entiende nada. Tiene que estar tocado del ala. El golpe por la cabeza se le convirtió a un imbécil.¨
¨Siempre era un imbécil, ¨ dijo otro huésped que estaba peinando su pelo enfrente del espejo. ¨Ahora sólo quiere comer y dormir para nada en el albergue.¨
¨ ¡Cállate! Dijo Hermano. A ellos dio chasquidos. ¡Nadie habla de mi mejor grita-lemas así!¨
Con un movimiento suave tocó la cabeza de Keshava con su palo. ¨ ¿Sabes de que están hablando malo de ti, Keshava? ¿Qué haces teatro para robar comida y una cama de Hermano? ¿Conoces los incultos de que se extienden sobre tú?¨

(147)
Keshava empezó a llorar. Llevó las rodillas al pecho e inclinó la cabeza y lloró.
¨ ¡Mi pobrecito! Hermano estuvo a punto de llorar. Levantó y sentó en la cama y abrazó el chico.
¨Alguien tiene que notificar la familia, ¨ él dijo, cuando salió. ¨No podemos cuidarle aquí si no trabajará.¨
¨Hemos hablado con su hermano, ¨ respondieron los vecinos.
¨ ¿Y qué?¨
No quiere oír nada sobre Keshava. Él dijo que no hay una conexión entre ellos nada más.¨
Hermano golpeó su puño a la pared.
¨ ¡Vimos la lealtad entre la familia había empeorada, estos tiempos!¨ Sacudió el puño, que se dolía del golpe. ¨Ese chico tiene que cuidar a su hermano. ¡No tiene ninguna opción! Él gritó. Fustigó su palo por el aire: ¨ ¡Voy a enseñar esa mierda una lección! Le fuerzo a recordar su deber a su hermano menor.¨
Aunque nadie le echó del albergue, una noche Keshava regresó y encontró un chico que estaba en su cama. El chico calcaba el dedo por las caras de las actrices y los chicos le mofaban: ¨O, ¿ella es su mujer, verdad? ¡Por supuesto no es su mujer, que tonto!¨
Era como sí él siempre hubiera estado allí y ellos hubieron sido sus vecinos.
Keshava simplemente se alejó, No tuvo ganas de luchar para su cama.
Sentó cerca de las puertas cerradas del mercado central aquella noche, algunas de los vendedores le reconocieron y le dieron comida. No les agradeció; tampoco saludarles.

(148)
Ese continuaba para unos días. Finalmente alguien le dijo: ¨En este mundo él que no trabaja no comerá. No es demasiado tarde; regresa a Hermano, di los siento y suplica por su trabajo. Sabes que te piensa como familia…¨
Para unas noches, paseaba por el mercado. Un día llegó al albergue sin pensarlo. Hermano sentaba en la sala y una mujer daba un masaje a sus pies.
¨Que hermoso fuera el vestido que llevó Rheka en la película, piensas…¨
¨ ¿Qué quieres?¨ preguntó Hermano levantando. Keshava intentó decir lo que quería. Tendió sus brazos al señor en la camiseta azul.
¨ ¡Que loco sea este tonto Hoyka! ¡Y él huele! ¡Le echa de aquí!¨
Las manos le sacaron una distancia y empujaron al suelo. Unos zapatos de cuero dieron patadas en las costillas.
En un rato escuchó pasos, y alguien le levantó un poco. Muletas de madera tocó la tierra, y una voz de un hombre dijo: ¨ ¿Hermano tampoco no tiene trabajo para ti?¨
Vagamente entendido que alguien le ofrece alimentación. Lo olfateó; huele de aceite de ricino y mierda, lo rechazó. Por todas partes huelen de basura, dio la vuelta para poner las narices al cielo; cuando cerraron los ojos, estuvieron llenos de estrellas.
Pagina 149

Pagina 149
La historia de Kittur(Una breve historia de Kittur por el Padre Basil d’Essa, S.J.)
La palabra Kittur es una corrupción o de la palabra “Kiri Uru”, “Pueblo pequeño”; o de “Uru de Kittamma” - Kittamma era una diosa especializada en repeler la viruela y cuyo templo se situó cerca de la estación de tren de hoy. Una carta, escrita en 1091 por un mercante siriano cristiano, recomendó el puerto natural y excelente del pueblo Kittur en la costa Malabar a sus iguales. Pero al parecer, durante el siglo XII la ciudad había desaparecido. Mercantes árabes que visitaron Kittur en 1141 y 1190 sólo dejaron constancia de que había jungla. En el siglo XIV un derviche llamado Yusuf Ali empezó a curar leprosos en el Bunder. Cuando murió, su cuerpo se enterró en un domo blanco, y la estructura- la Dargah de Hazrat Yusuf Ali - ha sido un objeto de peregrinación hasta hoy. En el siglo XV se incluyó Kittore -también conocido como la Ciudadela de los Elefantes- en los registros de recaudación de los gobernantes de Vijayangara como una provincia en su imperio. En 1649, una delegación misionera de cuatro portugueses conducida por Padre Cristoforo d’Almeida, S.J, que caminaba por la costa de Goa a Kittur; lo encontraron como “un montón deplorable de ídolos, Mahometanos y elefantes“. Los portugueses expulsaron a los Mahometanos, pulverizaron a los ídolos y convirtieron los elefantes salvajes en un escombro de marfil sucio. Durante los siguientes cien años, Kittur , ahora llamado Valencia, fue controlado a veces por los portugueses, a veces por los Marathas y a veces por el Reinado de Mysore.
Pagina 150
En 1780 el gobernante de Mysore Hyder Ali derrotó un ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales cerca del Bunder. Con el Tratado de Kittur, firmado en ese año, la compañía renunció a sus reclamaciones a “Kittore, también llamado Valencia o el Bunder”. Después del la muerte de Hyder Ali en 1782, la compañía violó el tratado al crear un campamento militar cerca del Bunder. Como represalia, el hijo de Hyder Ali, Tippu construyó la Batería del Sultan; una fortaleza formidable de piedra negra montada con armas francesas. Despues de la muerte de Tippu en 1799, Kittur pasó a ser propiedad de la compañía y fue anexado en la presidencia de Madras. El pueblo, como la mayoria del sur de la India, no tomó parte en el gran amotinamiento anti britanico de 1857. En 1921 un activista del congreso nacional de la India subió el tricolor a un faro antiguo: “la lucha por la libertad ha llegado a Kittur.”

Pagina 151
Día tres (por la tarde) El Cine de ÁngelEl Cine de Ángel tiene mucha importancia en la vida nocturna en Kittur. Todos los jueves por la mañana, se cubre las paredes del pueblo con pósteres pintado al mano con un dibujo de una mujer curvilíneo peinando el pelo con los dedos. Abajo hay el titulo de la película: LAS NOCHES DE ELLA, VINO Y MUJERES, MISTERIOS DEL CRECAMINETO, LA CULPA DE TIO. Aparece destacables las palabras el “Color de Malayalam” y “Solo Adultos“. A las 8 a.m ya hay una cola larga de hombres desempleados fuera del Cine de Ángel. Las horas de los espectáculos son 10 am. , mediodía, 2 pm. , 4 pm. y 7.10p.m. Los precios de sillas son entre 2,20 Rupias para una silla en frente y 4,50 Rupias para el silla arriba en el balcón, el “circulo de familiar”. No lejos del teatro es el hotel Woodside, cuyos atracciones incluye un cabaret famoso de Paris en que todos los viernes aparece Señora Zeena de Bombay y cada segundo domingo aparecen Senora Ayesha y Senora Zimboo de Bahrain. El primer lunes de cada mes, un sexologo viajando, Dr, Kurvilla, MBBD, MD, M.Ch., MS, DDBS, PCDB vista al hotel. Cerca, hay una serie de bares, restaurantes, hosteles y apretamientos que son menos caros y parecen más sordido que el Woodside. Tal vez, gracias a la presencia del YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) en el barrio, hombres de decencia tiene la opción también de un hostal limpio y moral


Pagina 152 La puerta de la YMCA osciló abierta a las 2 por la madrugada. Un tipo bajo salió. Era un hombre pequeño con una frente que sobresale y le da la cara de un profesor en una caricatura. Su pelo era grueso y ondulado, estaba aceitado y firmemente empujado abajo. el pelo alrededor de sus sienes y de las patillas era canoso. Ha salido de la YMCA mirando al suelo, y ahora, como si fuera la primera vez que el notó que estaba en el mundo real. Paró un momento, miraba a su alrededor y fue en la dirección del mercado.
En seguida, una serie de silbatos le molestaba. Un policía en uniforme que iba en bici por la calle, frenó y puso un pie en la acera.
¿Como te llamas, tío?”El hombre que parecía un profesor dijo: “Gururaj Klamath”“¿Y a que trabajas para que andes solo por la noche?”“Busco la verdad”“No seas insolente, vale?”“periodista”“¿Para que periódico?”“¿Cuantos periódicos tenemos?”
Se puede ser que el policía quería descubrir una irregularidad asociado con el hombre y de aquí a intimidar o sobornarle, porque le gustan muchos estos actos. Parecía desilusionado y se fue en bici. Se ha ido solo unas yardas cuando realizó algo, paró otra vez y se volvió hacia el hombre pequeño.

Pagina. 153
“Gururaj Kamath. Escribiste la colmena sobre los disturbios, no? “Si“, dijo el hombre bajo. El policía miró bajo al suelo “Me llamo Aziz”“¿Y….?”“Has hecho un servicio a cada minoridad en este pueblo, señor“.“Me llamo Aziz. Me gustaría… darle gracias“.“Yo solo estaba haciendo mi trabajo .Te lo di: busco la verdad”“De todos modos, quiero darle las gracias. Si mas gente hiciera lo que tu haces, no seria algunos disturbios mas en este pueblo, señor.”
No un mal tipo de verdad pensaba Gururaj, cuando veía a Aziz va. Solo haciendo su trabajo.
Él continuó su paseo.Nadie le miró entonces se dejo a su mismo sonreír con orgullo
En los días después de los disturbios, la voz de este hombre pequeño ha sido la única voz de razón en medio de caos. En prosa cáustica y precisa había descrito a sus lectores la destrucción causada por los fanáticos Hindúes quienes han saqueado las tiendas de comerciantes musulmanes. En un tono clamo sin emoción ha condenado intolerancia y apoyado los derechos de minoridades religiosas. Él no quiere más de sus columnas que ayudar a las victimas de los disturbios, en vez, Gururaj sentía como un tipo de celebridad en Kittur. Una estrella.
Hace quince días, ha sufrido el golpe más fuerte de su vida. Su padre ha muerto de neumonía. El día después de volver a Kittur desde su pueblo ancestral, despues de afeitar la cabeza y sentar con un cura a lado de un tanque de agua en su templo ancestral
Pagina 154
para recitar versos en sánscrito para despedirse a la alma de su padre, él descubrió que ha sido ascendido a la segunda posición mas importante en el periódico en que trabajaba durante veinte años - redactor ejecutivo adjunto.
Era el modo de la vida de hacer cosas mas justo Gururaj le dijo a su mismo. La luna brilló intensamente con un gran halo a su alrededor. Él hubiera olvidado tan hermoso un paseo nocturnal podría ser. La luz era fuerte y limpio y laminó la superficie de la tierra. Cada objeto grabó sombras claros en ella. Él pensaba que se puede ser el día después de la luna llena.
Aún, trabajo continuó al este hora de la noche. Escuchó un sonido bajo y continuo como la respiración audible del mundo nocturnal; un camión abierto estaba recogiendo barro probablemente para alguna obra. El conductor estaba durmiendo al volante, el brazo sobresalió de una ventana los pies de la otra. Como si fuera fantasmas que hagan el trabajo tras, trozos de barro vino volando en el camión por detrás. La parte de atrás de la camisa de Gururaj se convirtió húmeda y él pensó: Que voy a estar resfriado, debo regresar. Sintió viejo con eso pensamiento y decidió seguir. Dé unos paseos a la izquierda y empezó andar por el mismo centro de Calle Paraguas, ha sido una fantasía de la infancia de andar por el centro de una calle mayor, pero nunca ha sido capaz de escabullirse de los ojos atentos de su padre con tiempo suficiente para realizar la fantasía.
Él se paró, justo en el centro de la calle. Entonces fue rápidamente en un callejón lateral.
Dos perros estaban copulando. Él se puse en cuclillas para ver exactamente lo que estaba pasando
Después de acabar el acto, los perros separaron. Uno fue
Pagina 155 por el callejón y el otro se dirigió hacia Gururaj, corriendo con un vigor de post coital y casi rozó los pantalones como lo pasó. Él siguió.

El perro llegó en la calle mayor y olfateó un periódico. Cojeó el periódico en la boca y volvió a la callejón corriendo, y Guraraj lo siguió. El perro corrió mas profundo y mas profundo en los callejones laterales mientras el redactor siguió. Finalmente, lo dejó caer su paquete, se dio vuelta y gruñó a Gururaj y rasgó el periódico en trozos.
“Buen perro! Buen perro!”Gururaj se dio vuelta a la derecha para afrontar el hablante. Se encontró cara a cara con una aparición; un hombre visto en caqui, llevando un rifle antiguo de la época de la segunda guerra mundial. Su cara amarillenta y curtida cubierta con cicatrices y rasguños. Los ojos eran estrechos y almendrado. Acercándose, Gururaj pensó: claro, él es un Gurkah.
El Gurkah estaba sentando en una silla de madera en la acera en frente del postigo bajado de un banco. “¿Por qué dices esto?¿ Por qué elogias al perro para destruir el periódico?” “el perro está haciendo lo correcto. Porque ni una palabra en el periódico es la verdad“.
El Gurkah- a Gururaj le parece un vigilante nocturno de seguridad del banco- se levantó de su silla y acercó al perro.Inmediatamente dejó caer el periódico a fue corriendo. El gurkha recogió el periódico estropeado y destrozado con manchas de saliva con cuidado, el Gurkah abrió las páginas. Gururaj se estremeció.
Pagina 156
“Dime lo que buscas. Yo sé todo lo que hay en este periódico.”El Gurkah dejó caer el periódico sucio.“Ayer por la noche, hubo un accidente. Cerca de la Calle del Mercado de Flores.” “Un accidente en que el conductor se da a la fuga.”

“Yo lo sé el caso”, dijo Gururaj. No hubiera sido su historia pero lee las pruebas del periódico entero cada día. “Un empleado de Señor Ingeniero estaba enrevesado.” “”El periódico lo dijo. Pero no fuera el empleado lo quien lo hizo.”
¿De verdad?“ dijo Gururaj con una sonrisa. “¿Entonces, quien lo hizo?”El Gurkah miró directamente en los ojos de Gururaj. Sonrió y entonces dirigió el cañon de la pistola antigua a él. “Puedo decírtelo pero tendría que dispararte después”Mirando al cañon de la rifle, Gururaj pensó: hablo con un loco.
El día siguiente, Gururaj estaba en su oficina las 6 a.m. El primer de llegar allí como siempre. Empezó con una revisión de la maquina telex, examinando los carretes muy manchadas de noticias que estaba imprimiendo de Dehli y Colombo y otras ciudades que nunca visitará en su vida. A las siete, encendió el radio y empezó de apuntar los puntos principales de la columna de la mañana.
A las ocho, señora D’Mello llegó. El tablertero del la maquina de escribir rompió la paz de la oficina.
Ella estaba escribiendo su columna usual, Twinkle Twinkle
Era una columna diario de belleza: fue patrocinado por el propietario de una peluquería y señora D’Mello contestó las preguntas de lectores sobre cuidado del pello, ofreció consejo y empujaba suavemente en la dirección de los productos del propietario.
Pagina 157
Gururaj nunca habló con señora D’Mello. Le molestó el hecho de que su periódico tenía una columna pagado, una práctica que él consideraba immoral. Pero había otra razón por la cual se comportaba sin amistad con Señora D’Mello: era una soltera y él no quiere que alguien suponga que él tuviera algún interés en ella.
Durante muchos años, los familiares y los amigos de su padre habían aconsejado a Gururaj que él hubiera debido de mudarse de la YMCA y casarse y casi habia cedido cuando pensaba que una mujer fue necesario para cuidar de su padre en su senilidad creciente. Ahora habia decidido de no perder su independencia con ninguna.
Al las once, cuando Gururaj salió de su despacho de nuevo, la oficina estaba llena de humo- el único aspecto de su lugar del trabajo que le disgustaba. Las periodistas estaban a sus escritorios, bebiendo té y fumando. El teletipo a un lado estaba vomitando carretes manchados y escritos malos de noticias de Delhi.
Después del almuerzo, mandó al recadero el orden de encontrar a Menon, un periodista joven y una nueva esperanza para el periódico. Menon entró en el cuarto con los dos botones superiores de su camisa abiertos y un collar de oro brillante que destelló al cuello. “siéntate” dijo Gururaj. Le mostró dos artículos sobre el accidente del coche en la Calle del Mercado del Flores, los que habia sacado de los archivos del periódico esta mañana. El primero (lo señaló ) era antes del juicio; el segundo, después del veredicto. "¿Escribiste los dos artículos, no?" Menon asintió con la cabeza.En el primer articulo, el coche que .. El hombre muerte es en un Maruti Suzuki rojo .
Pagina 158 “En el segundo, es un Fiat blanco. ¿Cuál era, en realidad?” Menon examinó los dos artículos.“Solo escribí lo que fue escrito en los informes de la policía“.“¿Supongo que no fuiste para averiguar como era el vehiculo tu mismo, no?” Esta noche, comió la cena que la cuidadora en la YMCA trajo a su dormitorio. Ella hablaba mucho, él tenia miedo de que ella quisiera casarse su hija con él y por eso no él no hablaba mucho con ella.
Cuando se acostó, se puso el despertador para las dos. Despertó con el corazón latiendo aceleradamente; encendió las luces, salió de su dormitorio y miró su reloj entrecerrando los ojos. Eran las dos menos veinte. Se puso los pantalones y se atusó el pelo ondulado y casi corrió bajando las escaleras y saliendo de la puerta de la YMCA en la dirección del banco.
El Gurkah estaba allí, con su rifle antiguo. "Escucha. "¿Viste el accidente con los propios ojos? Claro que no". "Estaba sentado aquí. Esto es mi trabajo .Entonces, como diablos supiste que los coches habian sido cambiados en la policía-". “En radio mascuto”El Gurkah hablaba tranquilamente. Explicó al redactor del periódico que una red de vigilantes de seguridad nocturnales difundía la información por Kittur; cada vigilante de seguridad nocturnal venía sucesivamente al siguiente para un cigarrillo. En esta manera, se corre la voz. Se difunde secretos. La verdad, lo que pasó de verdad, se preserva.

Pagina 159
Es una locura, es imposible - Gururaj limpia el sudor de la frente.‘¿Entonces que pasó en realidad- el ingeniero chocó con un hombre en su camino a casa?’‘ Le dejo por muerte’‘No puede ser.’
Los ojos del Gurkah brillaron “Has vivido lo suficiente. Sabes que se puede ser, Señor. El ingeniero estaba borracho; estaba regresando de la casa de su amada, él chocó con el tipo como un perro callejero con sus entrañas derramados en la calle. El chico del periódico le encontró como así por la mañana. La policía sabe exactamente quien conduce por esa calle por la noche emborrachado. Entonces, en la mañana siguiente, dos agentes de policía fueron a su casa. Ni siquera habían limpiado la sangre de las ruedas delanteras del coche”.

¿Por qué?” “Es el hombre más rico en este pueblo. Es el dueño del edificio más grande en este pueblo. No puede ser detenido. Mandó a uno de los empleados en su fábrica para que el dijera que fue él quien conducía el coche cuando ocurrió el acidente. El tío da un affidávit declarado a la policía. Yo estaba conduciendo bajo de la influencia en la noche 12 de mayo cuando chocó con la victima infortunada. Entonces el señor ingeniero le dio al juez seis mil rupias y a la policía un poco menos, quizás cuatro mil o cinco, porque, claro, la judicatura es mucho mas noble que la policía, para comprar su silencia. Entonces él quiere que se devuelva su Maruti Suzuki, porque es un coche nuevo y es una declaración de moda y le gusta conducirlo, pues le da a la polaca un mil de rupias mas para cambiar la identidad del coche asesino a un Fiat y él tiene su coche y está conduciendo por el pueblo de nuevo“.

Pagina 160
Dios mío, el empleado fue condenado a cuatro años. El juez habría podido darle una sentencia más duro. Pero sentía mal por el pobre boludo. No podía dejarle a la libertad, claro, cuatro años“.
“No puedo creerlo“, Gururaj dijo. ‘Kittur no es este tipo de lugar’
El extranjero entrecerró los ojos y sonrío. Miró un rato a la punta ardiente de su beedi, y entonces le ofreció a Gururaj.
Por la mañana, Gururaj abrió la única ventana en su dormitorio. Miró por debajo de la Calle de Paraguas, el corazón del pueblo en el que había nacido y había crecido hasta la madurez y donde sin duda moriría. A veces pensaba que sabía todos los edificios, todos los árboles, todo las tejas en todos los techos de las casas de Kittur. La Calle de Paraguas que brillaba en la luz de la mañana parecía decir; No, la historia de la Gurkah no puede ser la verdad. No, el Gurkah está mintiendo.
El trabajo empezó. Se calmó. Evitó a la Señora D’Mello. Esta tarde el jefe de redacción le llamó a su despacho. Era un hombre viejo y gordo con cejas blancas que parecían como el azúcar glaseado y con papadas flácidas y manos que temblaban cuando bebía té.
Pagina 161Los tendones de su cuello se destacaban mucho y se sentía como si su cuerpo le pedía que se jubilara. Si él se jubilara, Gururaj heredaría su posición.
En relación con esta historia había pedido a Menon que reinvestigara…. El jefe de redacción que estaba bebiendo te le dijo, Olvídalo.
“Había una discrepancia sobre los coches-”El hombre viejo negó con la cabeza. La policía cometió un error en la primera archivos, nada mas”. Su voz cambió en el tono tranquilo y casual que Gururaj había llegado reconocer como definitivo. Sorbió un poco de té, y después un poco mas.
El sonido del sorber del té, la brusquedad del viejo, la fatiga de tantas noches de sueno interrumpido irritó a Gururaj y dijo: un hombre podría haber sido enviado a la cárcel sin razón y un hombre culpable podría estar libre. Y todo lo que dices es que lo olvidemos”.
El hombre viejo sorbió su te; Gururaj pensó que detectó su cabeza mover, como estar de afirmativo.
Volvió a la YMCA y subió las escaleras a su dormitorio. Yacía en la cama con los ojos abiertos. Ya estaba despierto a las dos por la mañana cuando el despertador sonó. Cuando salió, oyó un silbido, el policía, pasando por él, le saludó sinceramente como un viejo amigo. La luna estaba reduciendo rápidamente, en unos días será completamente oscura por las noches. Caminaba por la misma ruta ahora, como si fuera una formula ritual; primero con despacio, después cruzando al centro de la calle, y luego saliendo a toda mecha en el callejón hasta que llegó al banco. El Gurkah estaba en su silla, su fusil en el hombro, un pitillo que brilló entre los dedos.
¿Qué te dice el radio macuto esta noche?
Pagina 162
“Nada esta noche”
“En este caso, díme algo sobre lo de hace unas noches... díme qué más el periódico ha publicado que es falso“.“Los motines. El periódico fue equivocado, completamente”.Gururaj pensó que el corazón se saltará un golpe. “¿Cómo?” “¿El periódico dijo que fue hindúes luchando contra musulmanes, no?” “Si, fue hindúes luchando contra musulmanes. Todo el mundo lo sabe“. “Ja“.La próxima mañana, Gururaj no fue a la oficina. Fue directamente al Bunder, y fue la primera vista desde que había ido allí para hablar con los comerciantes después de los motines. Trazó cada restaurante y mercado de pescado que había sido quemado durante los motines. Volvió a la oficina del periódico, corrió en la oficina del jefe de redacción y dijo: oyó una historia increíble anoche sobre los motines entre hindúes y musulmanes. ¿Te contaría lo que oyó?
El hombre viejo sorbió su té.“oyó que nuestro MP junto con la mafia instigó los motines en el Bunker. Y oyó que los matones y el MP han transferido todo de la propiedad destruido y quemado a los manos de sus hombres bajo el nombre de un fondo ficticio llamad el Fondo de Desarrollo del Puerto de Nuevo Kittur. La violencia fue planeada. Matones musulmanes quemaron tiendas musulmanes y matones hindúes quemaron tiendas hindúes. Fue una transacción inmobiliaria disfrazada como un motín religioso. El editor paró de sorber.
¿Quién te lo dijo?”
Pagina 163
¿Un amigo. Es la verdad?”“No”
Gururaj sonrió y dijo, “yo no lo creía tampoco, gracias“. Salió de la habitación mientras su jefe le miraba con preocupación.
La próxima mañana, llegó tarde a la oficina otra vez. El chico de la oficina llegó a su escritorio y gritó: el jefe quiere hablar contigo”.“¿por qué no fuiste a la Oficina de la Corporación de la Ciudad hoy?” preguntó el hombre viejo, mientras sorbió otra taza de te. El alcalde quería que tu asistieras; hizo una declaración sobre la unidad de musulmanes e hindúes y criticó al Partido de Bharatiya Janata y él quería que tu lo oyeras. Sabes que él respeta tu trabajo.
Apretó el pelo. No lo había engrasado esta mañana y era desordenado.¿A quién le importa? ¿Perdón, Gururaj? ¿Piensas que hay alguien en esta oficina que no sepa que todo de los motines religiosas sea imaginaria? ¿Que en realidad el Partido de Bharatiya Janata y el congreso han hecho un pacto y compartir el dinero soborno que ganaban de los proyectos de construcción en Bajpe? Nosotros hemos sabido durante años que es la verdad pero pretendemos informar cosas diferentes. ¿No te parece extraño? Mira. Solo hoy, Nadie se daría cuenta. Mañana volveremos a las mentiras usuales. Pero, durante un día, quiero informar, escribir y editar la verdad. Un día en mi vida me gustaría ser un periodista verdadero. ¿Qué dices sobre esto? Pagina 164
El jefe frunció el ceño como si fuera pensando y dijo: “ven a mi casa después de cenar esta noche”. A las nueve, Gururaj caminó por Camino de la Rosa, hacia una casa con un jardín grande y una estatua de Krishna con su flauta en un nicho en el frente y llamó el timbre.El jefe le llevó al salón y cerró la puerta. Pidió a Gururaj sentarse, hizo un gesto a un sofá marrón. “díme lo que está molestándote”.Gururaj le dijo.“Supongamos que tienes prueba. Escribes sobre ello. Solo no estas diciendo que la policía es podrido, pero también que el poder judicial es corrupto. El juez te llamará para desacato de tribunal .serás arrestado - incluso si lo que dices es la verdad. Yo y tú y gente de la prensa pretendemos que hay libertad de la prensa en este país pero sabemos la verdad“.“¿Y los motines hindúes-musulmanes? ¿No Podemos escribir la verdad sobre éstos, tampoco?”“¿Qué es la verdad, Gururaj?”Gururaj contó la verdad y el redactor sonrió. Puso la cabeza en las manos y con una risa que parecía sacudirse la noche, reyó fuertemente.Incluso si lo que dices es la verdad” el hombre viejo dijo, recuperando control de su mismo, “y nota como y admito ni contradecir nada de esto, no habría manera para nosotros de publicarlo.¿Por qué no?El redactor sonrió ¿Quién piensas que es propietario de esta periódico?
Pagina 165
“Ramdas Pai” dijo Gururaj nombrando un hombre de negocio en la calle de paraguas quien nombre apareció como propietario en la portada.El redactor negó con la cabeza. “Él no la propia. No todo“. “¿quién la propia?”“Utiliza el cerebro”Gururaj miró al redactor con nuevos ojos. Parecía como el hombre viejo tenía un nimbo alrededor de él, de todas las cosas que habia aprendido a través su carera y nunca podría publicar; este conocimiento secreto brilló sobre su cabeza como el halo sobre la luna casi lleno. Este es el destino de cada periodista en este pueblo y en este estado y en este país y quizás en el mundo entero pensó Gururaj.“¿Nunca habías imaginado algo de esto antes, Gururaj? Debe venir del hecho de que ya no te casas. Si no has tenido a ninguna mujer, nunca has entendido el mundo”.“y tu has entendido el mundo demasiado bien”.Los dos se miraron, ambos se sentían tremendamente tristes por el otro.La mañana siguiente, cuando caminaba hacia la oficina, Gururaj pensaba: vivo en un mundo de mentiras. Un hombre inocente está en la cárcel y un hombre culpable es libre. Todo el mundo lo sabe pero nadie tiene el valor de cambiarlo. Desde entones, cada noche Gururaj bajó la escalera sucia del YMCA, mirando sin emoción a los profanidades y graffiti garabateado en las murallas y caminaba por la calle de Paraguas, ignorando los perros callejeros que ladraban, copulaban y merodeaban hasta que llegó al Gurkah, que subiría su fusil antiguo en reconocimiento y sonría. Pagina 166
Fueron amigos ahora. El Gurkah le contó todo la corrupción que podría haber en un pueblo pequeño; quién ha matado a quién en los últimos años; cuánto dinero los jueces de Kittur han pedido en dinero soborno, cuánto han pedido los policías. Hablaron hasta que fuera casi el alba y hasta la hora en que Gururaj había que irse, para poder dormir antes de ir a trabajo. Vaciló, “aun no sé tu nombre“.“Gaurishankar”.Gururaj le esperó, para que él le preguntara su nombre; quería decir: “ahora que mi padre ha muerto eres mi único amigo, Gaurishankar”.El Gurkah se sentó con los ojos cerrados.A las cuatro de la mañana, volviendo a la YMCA, pensaba: ¿quién es ese hombre, ese Gurkah? De una referencia él hizo sobre siendo un sirviente en la casa de un general jubilado, Gururaj ha deducido que ha sido en el ejercito, en la régimen de Gurkah. Pero cómo había llegado a Kittur y cómo que no había vuelto a Nepal fue un misterio. Mañana tengo que preguntarle. Entonces puedo contarle sobre yo mismo.Había un árbol cerca de la entrada de la Asociación Cristiana de Jóvenes y Gururaj paró y miró al árbol. La luz de la luna brillaba sobre el y parecía diferente esta noche; como si fuera a punto de crecer en algo diferente.
No son mis compañeros de trabajo, son más bajos que los animales. Gururaj no podía soportar la vista de sus colegas; evitó sos ojos cuando llegó a la oficina, corriendo en su habitación y cerró la puerta tan pronto como llegó a trabajo.
Pagina 167Tal vez continuaba editando los artículos que le dieron, ahora no podía ver el periódico. Lo que le asustó especialmente fue ver su nombre impreso. Debido a esto, pedió de parar de escribir su columna, su placer mas grande, y insistió en solo editar. Aunque en los días antes no se acostaba antes de las doce por la noche, ahora salió de la oficina a las cinco cada tarde, corriendo a su apartamiento y se dormíó.

A las dos en punto, se despertó. Para evitar tener que buscar sos pantalones en la oscuridad, dormía en su ropa. Casi corrió bajo las escaleras y empujó la puerta de la Asociación Cristiana de Jóvenes para que pudiera hablar con el Gurkah.
Entonces, una noche. Por fin, lo pasó. El Gurkah no estaba sentando fuera del banco. Alguien ha tomado su silla. “¿qué sé yo, señor?” dijo el vigilante nuevo. Fue nombrado para este trabajo anoche, no me dijeron que pasó al tío viejo”.Gururaj corrió a tienda a tienda a casa a casa, preguntando a cada vigilante se encontró lo que ha pasado al Gurkah. Se Fue a Nepal”, un vigilante le dijo finalmente. “a su familia. Estaba ahorrando dinero durante años y ahora se fue”.Gururaj recibió la información como un golpe físico. Solo un hombre ha sabido lo que pasa en este pueblo, y el único hombre ha desaparecido a otro país. Al verle respirando con dificultad, los vigilantes se acercaron a él, le hizo sentarse, le trajeron agua limpia y fresco en una botella de plástica. Intentó explicarles lo que ha pasado entre el Gurkah y él durante las semanas pasadas, lo que ha perdido."¿El Gurkah, señor?” un vigilante negó con la cabeza. “estas seguro que hablabaras sobre esas cosas con él? Fue un idioto. El cerebro fue dañado en el ejercito”. ¿Y el radio macuto? ¿Sigue funcionando? Preguntó Gururaj. “¿alguien de vosotros puede contarme lo que oyes ahora?“Los vigilantes miraron. En los ojos, él puede ver que la duda estaba cambiando en temor. Parece que ellos piensan que estoy loco, él pensaba.Vagaba por la noche, pasando por los edificios oscuros, por los que dormían. Pasó por edificios grandes, aun oscuros, cada uno con cientos de cuerpos en estado en estupor.“Soy el único hombre que está despierto ahora” dijo a su mismo. En una colina a su izquierda, vio un piso grande brillando con luz. Siete ventanas brillaron y el edificio ardió; parecía a él una criatura viviente, un tipo de monstruo de luz.Gururaj entendió: el Gurkah no se le había abandonado. No ha hecho lo que todos los personas en su vida han hecho. Ha dejado algo. Un regalo. Gururaj ahora oiría el radio macuto por su mismo. Levantó los brazos hacia el edificio brillante con luz; se sentía lleno del poder oculto.Un día cuando llegó a trabajo, tarde, otra vez, oyó un susurro detrás de él: “Lo pasó a su padre también, en sus últimos días….”Él pensó: debo ser cauto que otras no se dan cuenta del cambio que esta pasando en mí.
Cuando llegó а su oficina, vio que el peón estaba quitando su letrero de la puerta. Estoy perdiendo todo por lo cual trabajaba durante tantos años, él pensó. Pero se sintió ningún pesar ni emoción; parecía como si fuera pasando a otro persona. Vio el letrero nuevo en la puerta:

p. 169
KRISHNA MENONSUBDIRECTOR EDITORIALDAWN HERALDEL ÚNICO Y MEJOR PERIÓDICO EN KITTUR
"¡Gururaj! Yo no quería hacerlo, yo —""No es necesaria ninguna explicación. Yo habría hecho lo mismo en tu lugar.""¿Quieres que hable con alguien, Gururaj? Podemos organizarlo por ti.""¿De qué estás hablando?""Sé que ahora no tienes padre…Pero te podríamos concertar una boda con una chica de buena familia.""¿De qué estás hablando?""Creemos que has caído enfermo. Deberías saber que muchos de los que trabajamos en esta oficina hemos estado comentándolo durante un tiempo. Insisto en que te tomes una semana libre. O dos. Visita algún sitio por vacaciones. Ve al Oeste de Ghats y observa las nubes durante algún tiempo.""Muy bien. Cogeré tres semanas libres."A lo largo de tres semanas durmió durante todo el día y caminó durante toda la noche. El policía nocturno ya no lo saludaba con un ‘Hola, editor’ como hacía antes, y Gururaj podía ver cómo la cabeza del hombre giraba y lo miraba mientras pasaba en bicicleta. El
p. 170

vigilante nocturno también lo miraba con extrañeza y sonreía –"incluso aquí, incluso en este Hades en mitad de la noche, me he convertido en un forastero, un hombre que asusta a otros." Este pensamiento le entusiasmó.
Un día compró una pizarrita cuadrada de niño y una tiza. Esa noche escribió en la parte superior de la pizarra:

SÓLO LA VERDAD TRIUNFARÁ.UN PERIÓDICO NOCTURNOÚNICO CORRESPONSAL, EDITOR, ANUNCIANTE, Y SUSCRIPTOR: D. GURURAJ MANJESHWAR KAMATH
Tras copiar el encabezado del periódico de la mañana, ‘El concejal de la ciudad del Partido de Bharatiya Janata (BJP) ataca a un diputado’, lo borró, lo tachó y lo volvió a escribir: 2 de octubre de 1989 El concejal del BJP en la ciudad, que necesita dinero con urgencia para construir una nueva mansión en Rose Lane, ataca a un diputado. Mañana recibirá una maleta marrón repleta de dinero delPartido del Congreso y dejará de atacar al diputado. Después se tumbó en la cama y cerró los ojos, deseoso de que llegara la oscuridad que volviera a hacer de su ciudad un lugar decente. Una noche pensó: "Sólo me queda una noche de vacaciones." Ya estaba amaneciendo, y se apresuró al hotel YMCA. Se detuvo. Estaba seguro de que estaba viendo un
p. 171

elefante en las afueras del edificio. ¿Estaba soñando? ¿Qué diantres estaría haciendo un elefante a estas horas en mitad de la ciudad? Aquello escapaba a los límites de su razón, pero parecía real y tangible a sus ojos. Sólo una cosa le hizo pensar que no era un elefante real: estaba absolutamente quieto. Gururaj se dijo para sí: "Los elefantes se mueven y hacen ruido todo el tiempo, así que realmente tú no estás viendo un elefante." Cerró los ojos y se dirigió a la entrada del YMCA. Al volver a abrirlos se encontró mirando un árbol. Tocó la corteza y pensó: "Esta es la primera alucinación que he tenido en mi vida." Cuando regresó a la oficina al día siguiente, todo el mundo decía que Gururaj había vuelto a ser el de siempre. Había echado de menos su vida en la oficina y quería volver. "Gracias por la oferta de concertarme un matrimonio", le dijo al jefe de redacción mientras tomaban juntos un té en su habitación. "Pero de todos modos ya estoy casado con mi trabajo." Sentado en la sala de prensa con chicos jóvenes que acaban de terminar la universidad, editó historias con todo su buen ánimo antiguo. Tras irse todos los jóvenes, él se quedó allí indagando entre los archivos. Había vuelto al trabajo con un propósito. Iba a escribir una historia sobre Kittur. Una historia infernal sobre Kittur, en la que todo suceso ocurrido en los pasados veinte años sería reinterpretado. Extrajo unos periódicos viejos y leyó con cuidado cada portada. A continuación, bolígrafo rojo en mano, tachó y volvió a escribir palabras para cumplir dos propósitos – el primero, pintarrajear los periódicos del pasado; y el segundo, que esto le permitiera comprender la verdadera relación entre las palabras y los protagonistas de los sucesos en las noticias. Al principio, designando el Hindi –la lengua de Gurkha- como
p. 172

la lengua de la verdad, reescribió en Hindi los titulares del periódico escritos en lengua Kannada; luego cambió al inglés; y finalmente adoptó un código en el que sustituía cada letra del alfabeto romano por la que seguía inmediatamente después – había leído en algún sitio que Julio Cesar inventó este código para su ejército – y, para complicar más el asunto, inventó símbolos para ciertas palabras. Por ejemplo, un triángulo con un punto en su interior representaba la palabra ‘Banco’. Otros símbolos tenían una inspiración irónica; por ejemplo, la esvástica nazi representaba el Partido del Congreso, el símbolo de la paz el BJP, y así sucesivamente. Un día, examinando las notas de la semana anterior, se dio cuenta de que había olvidado la mitad de los símbolos y que ya no entendía lo que había escrito. "Bien, –pensó- es como debería ser. Incluso el escritor de la verdad no debería saber la verdad al completo. Toda palabra verdadera, al ser escrita, es como la luna llena. Mengua a diario hasta encontrarse en una total oscuridad. Así funcionan todas las cosas." Cuando terminó de reinterpretar cada asunto del periódico, tachó las palabras ‘The Dawn Herald’ del titular y escribió en su lugar: ‘SÓLO LA VERDAD TRIUNFARÁ’. "¿Qué demonios estás haciendo con nuestros periódicos?" Era el redactor jefe. Una tarde en la oficina, él y Menon aparecieron de repente ante Gururaj. El redactor jefe pasó las páginas del periódico pintarrajeado en los archivos sin decir una palabra mientras Menon intentaba mirar sobre su hombro. Vieron páginas llenas de garabatos, marcas rojas, barras, triángulos, dibujos de chicas con
p. 173

trenzas y dientes ensangrentados, dibujos de perros copulando. A continuación el viejo hombre cerró el archivo de golpe. "Te dije que te casaras." Gururaj sonrió. "Escucha, viejo amigo, esos son símbolos. Yo puedo interpretar—" El redactor jefe negó con la cabeza. "Sal de esta oficina. Ya. Lo siento, Gururaj." Gururaj sonrió, como diciendo que ninguna explicación era necesaria. Los ojos del redactor jefe estaban llorosos, y los tendones de su cuello se movían arriba y abajo al tiempo que tragaba una y otra vez. Las lágrimas también brotaron de los ojos de Guru. Pensó: "Con qué esfuerzo debe haberme protegido." Imaginó una reunión a puerta cerrada en la que sus compañeros aullaban por su sangre y este decente hombre mayor lo había defendido solo hasta el final. "Amigo mío, siento haberte defraudado", quiso decir. Esa noche Gururaj caminó mientras se decía a sí mismo que estaba más feliz que nunca antes en su vida. Ahora era un hombre libre. Cuando regresó al YMCA justo antes del amanecer, vio de nuevo al elefante. Esta vez no pasó a convertirse en el árbol Ashoka incluso cuando se acercó. Caminó hasta la bestia, vio cómo sacudía sus orejas constantemente, las cuales tenían el color, la forma y el movimiento del ala de un pterodáctilo. Caminó alrededor y vio que la parte trasera de cada oreja tenía un mechón rosa y las venas marcadas. "¿Cómo puede ser que esta riqueza de detalles sea irreal?", pensó. La criatura era real, y si el resto del mundo no lo podía ver, entonces el resto del mundo era más desgraciado. ¡Tan sólo haz algo de ruido!, suplicó al elefante. Para asegurarme
p. 174

de que no es una ilusión, de que eres real. El elefante lo entendió, alzó su trompa y bramó tan fuerte que Gururaj pensó que lo había dejado sordo. "Ahora eres libre", dijo el elefante tan alto que le parecieron titulares de periódico. "Ve y escribe la verdadera historia de Kittur." Unos meses más tarde había noticas de Gururaj. Cuatro jóvenes periodistas fueron a investigar. Amortiguaron sus risas al tiempo que abrían la puerta de la sala de lectura municipal en el faro. El bibliotecario había estado esperándolos; les hizo pasar con el dedo sobre sus labios. Los periodistas encontraron a Gururaj sentado en un banco, leyendo un periódico que le tapaba la cabeza parcialmente. La vieja camiseta del editor estaba hecha jirones, pero él parecía haber ganado peso, como si su inactividad le hubiera sentado bien. “Ya no volverá a decir ni una palabra", dijo el bibliotecario. "Simplemente se sienta ahí hasta el atardecer, sujetando el papel hacia su cara. El único momento en el que ha dicho algo fue cuando le conté que admiraba sus artículos acerca de los disturbios y me gritó." Uno de los jóvenes periodistas colocó un dedo en la esquina superior del periódico y lo bajo lentamente; y Gururaj no ofreció resistencia. Los periodistas se quejaron y se apartaron. Había un agujero oscuro y húmedo en la parte interna del periódico. Trozos de papel de prensa estaban pegados a la comisura de los labios de Gururaj, y su mandíbula se movía.

p. 175
Las lenguas de Kittur

Kannada, una de las lenguas más importantes del sur de la India, es la lengua oficial del estado de Karnataka, en el que se encuentra Kittur. El periódico local, el Dawn Herald, se publica en idioma kannada. Aunque es entendido prácticamente por todos en la ciudad, el kannada es la lengua materna únicamente de algunos brahmanes. El tulu, una lengua regional de la que no ha quedado ninguna escritura –aunque se cree que existieron escrituras siglos atrás- es la lengua franca. Existen dos dialectos del tulu. El dialecto de la casta alta es aún usado por algunos brahmanes, pero está desapareciendo porque los brahmanes hablantes de tulu lo han sustituido por la lengua kannada. El otro dialecto del tulu es una lengua áspera y subida de tono, valorada por la diversidad y mordacidad de sus improperios, y usada por los Bunts y los Hoykas –esta es la lengua de la calle en Kittur. Alrededor de Umbrella Street, la zona comercial, la lengua dominante cambia al idioma konkani: ésta es la lengua de los brahmanes de la comunidad de Gaud Saraswat, originarios de Goa, que son propietarios de la mayoría de las tiendas de aquí. (Aunque los brahmanes hablantes de tulu y kannada empezaron a casarse entre sí en los 60, los brahmanes hablantes de konkani han rechazado hasta ahora todas las proposiciones de matrimonio de los forasteros.) Un dialecto muy diferente al konkani, corrompido por el portugués, es hablado en el suburbio de Valencia por los católicos que viven en él. La mayoría de los musulmanes, en especial aquellos en el área de Bunder, hablan un dialecto del malayalam como lengua materna. Algunos de los musulmanes adinerados, descendientes de la antigua aristocracia de Hyderabad, hablan en hyderabadi urdu. La numerosa población emigrante trabajadora de Kittur, que va a la deriva por las
p. 176

ciudades de obras en obras, es mayormente hablante de tamil. La mayoría de la población de clase media entiende inglés.
Nótese que algunas otras poblaciones de la India igualan a la lengua de la calle de Kittur en cuanto a la riqueza de sus improperios, los cuales vienen del urdu, del inglés, del kannada y del tulu. El término más comúnmente oído, ‘hijo de mujer calva’, requiere una explicación. Hubo una época en la que las viudas de casta alta tenían prohibido casarse y eran forzadas a afeitarse la cabeza para evitar que atrajeran a los hombres. El bebé de una mujer calva era muy probablemente un hijo ilegítimo.

p. 177
Cuarto día (Mañana): UMBRELLA STREET
Si deseas hacer algunas compras mientras estás en Kittur, dedica unas horas a pasear por Umbrella Street, la zona comercial de la ciudad. Aquí encontrarás tiendas de muebles, farmacias, restaurantes, tiendas de golosinas, y librerías. (Algunos vendedores de paraguas artesanales todavía pueden ser vistos por aquí, aunque la mayoría han quebrado debido a la importación de paraguas metálicos baratos de China.) La calle alberga el restaurante más famoso de Kittur, el Ideal Traders Ice Cream and Fresh Fruit Juice Parlour (‘el establecimiento ideal de helados y zumos frescos’), y también la oficina de Dawn Herald, ‘El único y mejor periódico de Kittur’.
Cada jueves por la noche, un interesante suceso tiene lugar en el Templo de Ramvittala, cerca de Umbrella Street. Dos trovadores tradicionales se sientan en el porche del templo y recitan versos del Mahabharatha, la gran epopeya india sobre el heroísmo y la resistencia, todo durante la noche.

p. 178

Todos los empleados de la tienda de muebles se habían reunido en un semicírculo en torno a la mesa del señor Ganesh Pai. Era un día especial: La señorita Engineer había venido a ver la tienda en persona.La señorita había elegido su mesa de televisión y se aproximaba a la mesa del señor Pai para terminar el trato. La cara del señor Pai estaba embadurnada de aceite de sándalo, y llevaba una camisa holgada sobre la que sobresalía el triángulo de vello oscuro de su pecho. En la pared de detrás de su silla había colgadas imágenes en aluminio de Lakshmi, la diosa de la riqueza, y Ganapati, el dios con forma de elefante rollizo. Una ramita de incienso se consumía bajo estas imágenes.La señorita Engineer se sentó a negociar con lentitud. El señor Pai metió la mano en el cajón y le tendió cuatro tarjetas rojas. La señorita Engineer se detuvo, se mordió el labio, y cogió una de las tarjetas."¡Un juego de tazas de acero inoxidable!", dijo el señor Pai, mostrándole la tarjeta premiada que había elegido. "Un premio verdaderamente magnífico, señora. Algo que apreciará durante años y años."La señorita Engineer sonrió abiertamente. Cogió su pequeño bolso rojo, contó cuatro billetes de cien rupias, y los puso sobre la mesa ante el señor Pai.El señor Pai, tras humedecer la punta de un dedo en un pequeño cuenco de agua que tenía en la mesa para este propósito, volvió a contar los billetes. Luego miró a la señorita Engineer y sonrió, como si esperase algo más."El pago de entrega", dijo la señorita Engineer levantándose de la silla. "Y no olviden enviarme el premio.""Será la esposa del hombre más rico de la ciudad, pero aún así es una maldita vieja tacaña", dijo el señor Pai tras verla salir
p. 179

de la tienda. Y un dependiente rio detrás de él. El señor Pai se giró y miró al dependiente - un chico tamil menudo y de piel oscura."Ve a por uno de los culís (1) para hacer la entrega, rápido.", dijo el señor Pai. "Quiero el pago antes de que a la señorita se le olvide."El chico tamil salió corriendo de la tienda. Los encargados de llevar el ciclo estaban en su posición habitual - echados sobre sus carros, mirando hacia el espacio y fumando bidis. Algunos de ellos miraban con pura codicia la tienda de la otra acera de enfrente, el Ideal Traders Ice Cream Parlour. Fuera de la tienda había niños obesos con camiseta lamiendo conos de vainilla.El chico alzó su dedo índice e hizo un gesto a uno de los hombres."¡Chenayya, te toca!"Chenayya pedaleó con fuerza. Le habían mandado ir por la ruta directa a Rose Lane, así que tenía que cruzar la colina Lighthouse. Se esforzó mucho en mover el carro con la mesa de televisión, que estaba sujeto al ciclo. Cuando llegó a lo alto de la colina dejó que el ciclo se deslizara por sí mismo. Desaceleró en Rose Lane, encontró el número de vivienda que había memorizado y tocó el timbre. Esperaba ver a un sirviente, pero cuando una mujer rellenita de piel blanca abrió la puerta, supo que era la misma señorita Engineer.Chenayya llevó la mesa de televisión dentro de la casa y la dejó donde ella indicó.Salió fuera y volvió con una sierra. Entró sujetando la herramienta cerca de sí, pero cuando llegó al comedor, donde había dejado la tabla en dos piezas separadas, la señorita Engineer miraba cómo sujetaba la herramienta de un brazo de

(1) Término ofensivo para trabajadores no cualificado usado en países asiáticos.

p.180

largo, y de repente parecía enorme: dieciocho pulgadas de largo, con un filo dentado, oxidado, pero aún con trozos del color gris metálico original al descubierto, como la escultura de un tiburón hecha por un artista tribal.
Chenayya atisbó ansiedad en los ojos de la mujer. Sonrió obsequiosamente para disipar su miedo. Era la sonrisa exagerada de una máscara mortuoria en una persona no acostumbrada a postrarse ante alguien. A continuación miró alrededor como para recordar donde había dejado la mesa.
Las patas no tenían la misma longitud. Chenayya cerró un ojo y examinó las patas una a una; luego cogió usó la sierra en cada una de ellas, dando lugar al acumulamiento de polvo fino sobre el suelo. Movía la sierra tan lentamente, con tanta precisión, que parecía que simplemente estuviera ensayando sus acciones. Sólo el cúmulo de polvo de madera sobre el suelo daba constancia de lo contrario. Examinó las cuatro patas de nuevo con un ojo cerrado para asegurarse de que estaban niveladas, y luego soltó la sierra. Buscó en el sucio pareo blanco que había llevado antes - y que era el único adorno sobre su cuerpo - por una esquina relativamente limpia y limpió la mesa.
"La mesa está lista, señora." Se cruzó las manos y esperó. Volvió a limpiar la mesa otra vez con una sonrisa aduladora para asegurarse de que la señora de la casa tomara nota del cuidado que estaba teniendo con sus muebles.
La señorita Engineer no había estado prestando atención; se había retirado a una habitación interior. Regresó y contó setecientas cuarenta y dos rupias.
Tras dudar un momento, añadió tres rupias.
"Deme un poco más, señora", espetó Chenayya. "Deme... ¿tres rupias más?"

p. 181

"¿Seis rupias? De eso nada", dijo ella.
"He recorrido un largo camino, señora." Recogió su sierra e hizo un ademán con el cuello. "He tenido que traerlo todo así, señora, en mi ciclo. Me duele mucho el cuello."
"No hay nada que hacer. ¡Salga o llamaré a la policía, fanfarrón; váyase y llévese ese cuchillo enorme con usted!"
Caminando hacia la salida, quejándose y refunfuñando, Chenayya dobló el dinero en un fajo; luego lo ató con un nudo en el pareo holgado y sucio que llevaba. Un árbol de neem crecía junto a la entrada de la casa, y tuvo que agacharse para no rasguñarse la cabeza con las ramas. Había dejado el ciclo cerca del árbol. Echó la sierra en el ciclo. Había envuelto su asiento con un trapo de algodón blanco; lo desató y lo ató alrededor de su cabeza.
Un gato pasó corriendo junto a su pierna y dos perros lo seguían a toda velocidad. El gato saltó al árbol y trepó por las ramas; los perros esperaban bajo el árbol, raspando el pie del árbol y ladrando. Chenayya, que había subido a su asiento, se quedó observando la escena. En el momento en que comenzaba a pedalear nunca percibía nada más a su alrededor; se convertía en una máquina de pedalear que se dirigía derecha hacía la tienda de su jefe. Se quedó allí parado, contemplando los animales y disfrutando de la consciencia. Recogió un plátano con la piel podrida y lo colgó sobre las hojas del árbol de neem de manera que los propietarios se sobresaltaran al encontrarlo.
Estaba tan satisfecho consigo mismo por esto que sonrió.
Pero Chenayya aún no quería volver a pedalear otra vez. Era como volver a entregar las llaves de su personalidad a la fatiga y la rutina.

p. 182

Alrededor de diez minutos más tarde subió de nuevo a su bicicleta y se dirigió a Umbrella Street. Pedaleaba como siempre, con el trasero levantado del sillín y la columna inclinada sesenta grados. Sólo era en los cruces cuando se enderezaba, se relajaba y se acomodaba de nuevo en la silla. A medida que se acercaba a Umbrella Street la calle se atascaba una vez más. Chenayya empujó la rueda delantera contra el coche que tenía enfrente y gritó: “¡Muévete, hijo de puta!"
Al fin vio a la derecha la señal 'TIENDA DE VENTILADORES Y MUEBLES DE GANESH PAI' y paró el ciclo.
Chenayya sintió que el dinero ardía y abría un agujero en su pareo; quería entregarlo a su jefe lo antes posible. Se limpió la mano contra el pareo, empujó la puerta, entró en la tienda, y se puso en cuclillas en un rincón junto a la mesa del señor Pai. Ni el señor ni el dependiente tamil le prestaron atención. Tras desatarse el pareo, se colocó las manos entre las piernas y se quedó mirando el suelo.
Volvía a dolerle el cuello, y lo movió de lado a lado para aliviar el estrés.
"Para de hacer eso."
El señor Pai le hizo un gesto para que entregara el dinero. Chenayya se levantó.
Se aproximó lentamente hacia el escritorio del jefe y entregó los billetes al señor Ganesh Pai, que humedeció el dedo en el cuenco de agua y contó setecientas cuarenta y dos rupias. Chenayya miró el cuenco de agua y vio que los lados estaban festoneados para que pareciesen pétalos de loto y que el artesano había trazado el dibujo de un enrejado en el fondo del cuenco.

p. 183

El señor Pai chasqueó los dedos. Había atado una goma alrededor de los billetes y extendió su palma hacia Chenayya.
"Faltan dos rupias."
Chenayya deshizo un nudo en el lado de su pareo y entregó dos billetes de una rupia.
Esa era la suma que tenía que entregar al señor Pai al final de cada reparto; una rupia por la cena que le darían a las nueve en punto, y una rupia por el privilegio de haber sido seleccionado para trabajar con el señor Ganesh Pai.
Fuera, el chico tamil de la tienda daba instrucciones a uno de los encargados de conducir los ciclos, un tipo robusto que se había incorporado al trabajo recientemente. Estaba a punto de empezar a pedalear con dos cajas de cartón en el carro, cuando el chico de la tienda le dijo mientras daba golpecitos sobre las cajas: "Hay una batidora en una caja y un ventilador de cuatro hojas en la otra. Cuando estés en la casa asegúrate de que queden bien enchufadas antes de regresar." Indicó al conductor la dirección a la que debía ir, y después hizo que el culí la repitiera en voz alta, como haría un profesor con un alumno atrasado.
Pasaría un rato hasta que el número de Chenayya fuera llamado de nuevo, así que bajó a pie por la calle hasta el lugar en el que un hombre, sentado en un escritorio sobre el pavimento, vendía fajos de pequeños tickets rectangulares tan coloridos como un puñado de golosinas. El hombre sonrió a Chenayya, y sus dedos comenzaron a hojear uno de los fajos.
"¿Amarillo?"
"Primero dígame si mi número salió premiado la última vez", dijo Chenayya.
Extrajo un trozo de papel sucio del nudo de su

p. 184

pareo. El vendedor encontró un periódico y echó un vistazo a la esquina inferior derecha.
Leyó en alto: "Los números de lotería premiados son 17-8-9-9-643-455."
Chenayya había aprendido lo suficientemente sobre los números en inglés como para poder reconocer el número de su ticket; entrecerró los ojos un momento y dejó caer el ticket al suelo.
"La gente compra durante quince o dieciséis años antes de salir premiados, Chenayya", dijo el vendedor de lotería a modo de consuelo. "Pero al final aquellos que creen acaban siendo premiados. Es la manera en que funciona el mundo."
Chennaya odiaba la forma en que el vendedor trataba de consolarlo; era entonces cuando sentía que era estafado por quienes imprimían los boletos de lotería.
"No puedo continuar más de esta manera", se dijo a sí mismo. "Me duele el cuello. No puedo seguir así."
El vendedor de lotería asintió con la cabeza. "¿Otro amarillo?"
Tras atar el ticket en su fajo, Chenayya se tambaleó hacia atrás y se desmoronó sobre su carro. Se quedó tumbado de esa forma durante un rato, sin ser consciente de lo demás, sólo adormecido.
Entonces un dedo le dio golpecitos en la cabeza.
"Ha llegado tu turno, Chenayya."
Era el chico tamil de la tienda.
Tienes que entregarlo en 54 Suryanarayan Rao Lane. Lo repitió en voz alta: "54, Suryanarayan..."
"Bien."
La ruta le llevó de nuevo colina arriba sobre Lighthouse. Al llegar con su carro a mitad de la colina, se apeó y comenzó a arrastrar el carro. Los nervios de su cuello se hincharon como

p. 185

bandas; y al inhalar, el aire le quemaba a lo largo del pecho y los pulmones. No puedes seguir adelante, le decían sus miembros agotados y su pecho abrasador. No puedes continuar. Pero al mismo tiempo, era entonces cuando un sentimiento de resistencia hasta su destino crecía en su interior. Y mientras pedaleaba, la agitación y el enfado que le habían acompañado durante el día fueron al fin expresados:
"¡No acabaréis conmigo, cabrones! ¡Nunca acabaréis conmigo!"
Si la entrega que tenía que hacer era ligera, como un colchón, no le era permitido usar el ciclo con el carro; tenía que llevarlo en la cabeza. Repitiendo la dirección al chico tamil de la tienda, se puso en camino en lentos y cortos pasos, como un hombre obeso haciendo footing. Al poco rato el peso del colchón le resultó insoportable; éste comprimía su cuello y columna y enviaba un rayo de dolor a su espalda. Estaba prácticamente en un gran aprieto.
Esa mañana tenía que llevar el colchón a la estación de tren. El cliente resultó ser una familia del norte de la India que iba a marcharse de Kittur. El propietario, tal y como había imaginado de antemano, (por su comportamiento y su actitud - se puede distinguir entre la gente adinerada quién tiene sentido de la decencia y quién no) se negó a darle una propina.
Chenayya se quedó inflexible en la misma posición. "¡Cabrón! ¡Dame mi dinero!"
Fue triunfo para él, el hombre cedió y le dio tres rupias. En el camino hacia la salida de la estación pensaba: "Me siento dichoso, pero mi cliente no ha hecho otra cosa que pagarme lo que me debía. Esto es a lo que mi vida se ha reducido."
Los olores y el ruido en la estación de tren le hicieron sentirse

p. 186

enfermo. Se volvió, se puso de cuclillas bajo los rastros, se subió el pareo y aguantó la respiración. A la vez que se agachaba pasó el tren. Se dio la vuelta; quería defecar en la cara de la gente en el tren. Sí, eso estaría bien; mientras el tren tronaba sobre el movimiento, él expulsaba los zurullos en la cara de los transeúntes.
Vio que había un cerdo a su lado haciendo lo mismo. De repente pensó, "Dios mío, ¿en qué me he convertido?" Caminó hasta una esquina, se arrastró tras un arbusto, y defecó en ese lugar. Se dijo a sí mismo: "Nunca volveré a defecar de esta manera, en un lugar donde me pueden ver. Hay diferencia entre ser un hombre y un animal; hay una diferencia."
Cerró los ojos.
Una fragancia a albahaca próxima a él parecía la evidencia de que había cosas buenas en el mundo. Pero cuando abrió los ojos, la tierra de alrededor era una tierra de espinas, porquería y animales callejeros.
Miró hacia arriba y cogió una profunda bocanada de aire. "El cielo está limpio", pensó. "Hay pureza ahí arriba.". Arrancó algunas hojas, sé limpió con ellas, y luego restregó su mano izquierda contra la tierra en un intento de neutralizar el olor.
A las dos en punto le designaron su siguiente reparto: la entrega de una enorme pila de cajas a una dirección en el suburbio de Valencia. El chico tamil se aseguró de que memorizara la dirección con exactitud: pasando el hospital y bajo el seminario donde se encontraban los sacerdotes jesuitas.
"Hay mucho trabajo hoy, Chenayya", dijo. "Asegúrate de coger el camino más rápido – sobre la colina Lighthouse."
Chenayya resopló, se levantó sobre el sillín, dejó caer su peso

p. 187

sobre los pedales, y se puso en camino. La cadena de hierro oxidado con doble cierre, que se alargaba desde el carro hasta las ruedas delanteras de la bicicleta, comenzó a hacer ruido a medida que pedaleaba.
Cuando llegó a la calle principal se quedó atrapado en un atasco de tráfico. Paró y tuvo de nuevo plena consciencia de su cuerpo. Le dolía el cuello y el sol quemaba su espalda. Siendo consciente del dolor, empezó a reflexionar.
"¿Por qué algunas mañanas son tan complicadas y otras tan sencillas?" El resto de conductores nunca tenían ‘buenos’ o ‘malos’ días; simplemente hacían su trabajo como máquinas. Sólo él tenía cambios de humor. Miró hacia abajo para mitigar el dolor en su cuello y miró la cadena oxidada junto a sus pies, heridos alrededor de la barra de metal que unía el ciclo al carro. "Ya va siendo hora de engrasar la cadena", se dijo a sí mismo. "No debo olvidarlo."
Fue colina arriba de nuevo. Inclinándose hacia delante fuera levantado sobre su sillín, Chenayya hacía demasiado esfuerzo; la respiración entraba en sus pulmones como una varilla de metal. A medio camino de lo alto de la colina, vio un elefante bajar hacia él con un pequeño paquete de hojas en su espalda, y a un mahout golpeándole la reja con una varilla de hierro.
Paró; esto era increíble. Comenzó a gritar al elefante: "¡Eh, tú, qué estás haciendo con esas hojas, quita esa carga de mi vista! ¡Es más de tu tamaño, cabrón!"
Los coches pitaban tras él. El mahout se volvió y gesticuló hacia él con la varilla de hierro. Un transeúnte le gritó para que dejara de obstruir el tráfico.
"¿No ves qué algo funciona mal en este mundo...", dijo girándose hacia el conductor del coche que estaba tras él y que golpeaba el claxon continuamente con la palma de la mano. "...cuando un elefante holgazanea colina abajo sin trabajar prácticamente nada,

p. 188

y un ser humano tiene que empujar un carro tan pesado?
Los demás pitaron y la algarabía aumentó.
"¿No ves que algo funciona mal aquí?, gritó. Volvieron a pitar. El mundo estaba furioso en su furia. El mundo quería quitar a Chenayya de su camino; pero a él le divertía estar exactamente en ese lugar, cortando el paso a toda esa gente rica e importante.
Esa tarde había grandes reflejos rosados en el cielo. Tras cerrar la tienda, los culís se fueron al callejón de detrás del local; se turnaron para comprar botes pequeños de licor del país que compartieron entre ellos, quedándose aturdidos y cantando a voz en grito y desafinando canciones de películas en lengua kannada.
Chenayya nunca se unía a ellos. "¡Estáis malgastando vuestro dinero, idiotas!", les gritaba en ocasiones. Ellos simplemente se burlaban en respuesta.
No solía beber; se había prometido no despilfarrar en alcohol los frutos ganados con el gran esfuerzo de su trabajo. Aún así el olor del licor sobre el aire le hacía la boca agua, y el buen humor y la cordialidad de los demás compañeros le hacían sentirse solo. Cerró sus ojos. Un ruido tintineante le hizo abrirlos.Cerca, en los peldaños de un nuevo edificio, como era habitual, una prostituta obesa apareció para hacer su trabajo. Dio unas palmadas y anunció su presencia golpeando dos monedas. Un cliente se acercó y comenzaron a regatear sobre el precio. El acuerdo no concluía y el hombre terminó abandonando mientras maldecía.Chenayya, tumbado en su carro con los pies sobresaliendo, miraba la escena con una sonrisa burlona."¡Eh, Kamala!", gritó a la prostituta. "¿Por qué no me das una oportunidad esta noche?"

p. 189
Ella volvió su cara hacia él y siguió haciendo tintinear las monedas. Chenayya miró sus pechos rollizos, el canalillo del escote que se mostraba fuera de la blusa, y sus chillones labios pintados.Volvió sus ojos hacia el cielo: tenía que dejar de pensar en sexo. Había reflejos rosas entre las nubes. "¿Existirá un dios, o alguien ahí, vigilando la Tierra?", Chenayya se preguntó.Una tarde, estando en la estación de tren para entregar un paquete, había oído a un alocado musulmán hablar en un rincón de la estación acerca de Mahdi, el último de los Imams, que vino a la Tierra y dio su merecido a los malvados. "Allah es el Creador de todos los hombres", farfulló el derviche. "Los pobres y los ricos son todos iguales. Y Él observa nuestro dolor, y cuando sufrimos Él sufre con nosotros. Y Él enviará, en el último de los Días, a Mahdi, en un caballo blanco y con una espada de fuego, para poner a los ricos en su lugar y corregir todo lo que funciona mal en este mundo."Unos días más tarde, cuando Chenayya fue a una mezquita, descubrió que los musulmanes apestaban, así que no se quedó por mucho rato. Pero no había olvidado las palabras sobre Mahdi; y cada vez que miraba los reflejos rosas en el cielo, pensaba que podía detectar a algún dios o justiciero vigilando sobre la Tierra y lanzando miradas de ira.Chenayya cerró los ojos y oyó de nuevo el tintineo de las monedas. Se dio la vuelta agitado y luego tapó su cara con un trapo de tal forma que el sol no le despertara, y se quedó dormido. Media hora más tarde se despertó con un agudo dolor en sus costillas. La policía golpeó con sus bastones los cuerpos de los conductores de ciclos. Un camión entraba por esta zona del mercado."¡Todos vosotros, los conductores de ciclos! ¡Levantaros y moved vuestros carros!"

p. 190
El concurso de cometas tuvo lugar entre dos casas cercanas. Los propietarios de las cometas estaban escondidos; todo lo que Chenayya vio mientras se limpiaba los dientes con una ramita de neem, eran las cometas negras y rojas luchando entre ellas en el cielo. Como siempre, el niño con la cometa negra estaba ganando; hacía volar su cometa a la mayor altura.Chenayya se preguntó acerca del pobre niño con la cometa roja: "¿Por qué nunca ganaría?"Escupió y luego camino unos pasos para orinar sobre una pared.Escuchó burlas tras él. Los otros conductores estaban orinando justo donde habían dormido.No les dijo nada. Chenayya nunca hablaba con sus compañeros. Apenas podía soportar sus miradas – la manera en que se inclinaban y se humillaban ante el señor Ganesh Pai. Sí, él podría hacer lo mismo, pero estaba furioso, estaba enfadado por dentro.Estos otros compañeros parecían incapaces incluso de pensar algo malo sobre su jefe; y él no podía respetar a un hombre que carecía de ningún tipo de rebelión.Cuando el chico tamil sacó el té, se unió reluctante a los compañeros. Los oyó hablar una vez más, como todas las mañanas, acerca de los autorickshas que comprarían algún día cuando salieran de ese lugar; o de las pequeñas tiendas de té que iban a abrir."Pensad en ello", quería decirles, "tan sólo pensad en ello."El señor Ganesh Pai sólo les daba dos rupias por cada viaje; significando esto que, a un total de tres viajes al día, estaban haciendo un total de seis rupias. Una vez descontado el dinero para la lotería y el licor, eras afortunado si te quedaban dos rupias. El domingo era el día libre porque era el día festivo hindú; así que a final de mes sólo ahorraban cuarenta o

p. 191
cuarenta y cinco rupias. Un viaje al pueblo, una noche con una prostituta, una borrachera extra larga, y tus ahorros del mes se esfuman. Asumiendo que ahorras todo lo que puedes, eres afortunado si ganas cuatrocientas al año. Un auto ricksha costaría entre doce y catorce mil, y una pequeña tienda de té cuatro veces más. Eso significaba treinta o treinta y cinco años en este trabajo antes de que pudieran hacer ninguna otra cosa. ¿Pero pensaban acaso que sus cuerpos aguantarían todo ese tiempo? ¿Había algún conductor de ciclos con más de cuarenta años entre ellos?"¿No habéis pensado en todo esto, pedazo de babuinos?"Pero cuando una vez había intentado hacerles entender esto, se habían negado a exigir un aumento de sueldo colectivamente. Se consideraban afortunados; muchos les quitarían el trabajo en cuanto tuvieran ocasión. Chenayya sabía que tenían razón en ese aspecto.A pesar de su lógica y sus miedos comprensibles, la falta de personalidad le irritaba. Esto era por lo que pensaba que el señor Ganesh Pai confiaba en que, una vez que el cliente entregara a un repartidor miles de rupias en efectivo, todo ese dinero llegaría hasta él, todas y cada una de las rupias, sin que el repartidor se quedara ni un billete de ese dinero.Naturalmente, hacía tiempo que Chenayya había planeado robar el dinero que un cliente le entregara algún día. Cogería el dinero y abandonaría la ciudad. Estaba muy seguro sobre esto – lo haría muy pronto algún día.Esa tarde los hombres estaban apiñados. Un hombre en un traje azul de estilo safari, un importante hombre culto, les hizo preguntas. Tenía un bloc de notas en sus manos. Decía que había venido de Madras.El hombre había preguntado la edad a uno de los conductores de ciclos. Ninguno





P.212
Día Cuatro (Tarde): El Cruce Pozo del Agua Fresco
Se dice que el viejo Pozo del Agua Fresco se seca nunca, pero es cerrado ahora y sirve sólo como una rotonda de tráfico. Las calles alrededor de Pozo alojan varias colonias de la clase media. La gente profesional de todas las castes - Bunts, Brahmanes, y Católicos - vive lado al lado aquí, aunque el Musulmán rico se conserve al Bunder. El Club Canara, el club más exclusivo en la ciudad, es localizado aquí, en una mansión blanca grande con cespedes. La vecinidad es la parte “intelectual“ de la ciudad: alradea el Lion’s Club, el Rotary Club, la Logia Masonica, el grupo educativo Baha’i, una Sociedad Teósofa, y una sucursal de la Alianza Francaise de Pondichery. De las numerosas instituciones médicas localizadas aquí, los dos más conocidas son el Hospital General Henry Havelock y la Clinica ortodoncista Happy Smile (Sonriza Feliz) de doctor Shambhu Shetty. La Escuela Secundaria para chicas Santa Agnes, la más solicitada escuela en Kittur, también es localizada cerca de el cruce. La más elegante parte del Cruce Pozo del Agua Fresco área es la calle forrado con hibiscos conocida como Rose Lane, Ingeniero Mabroor creído ser el hombre más rico de Kittur, y Anand Kumar, el Miembro del Parlamento de Kittur, tienen mansoines aquí.
p.213
Es una cosa tomar un pequeño de marihuana, liarlo dentro de un chappati y mascarlo al final del día, sólo para relajar los músculos - puedo perdonar esto en un hombre, de verdad que puedo. Pero fumar este narcótico - esta heroína - a las siete por la mañana, y luego estar tendido en una esquina con su lengua fuera, no tolero esto en ningún hombre en mi obra de construcción.
¿Me entiendes? ¿o quieres que repita este en Tamil or cualquier idioma que tu gente habla?
Entiendo, señor.
¿Qué dijiste? ¿Qué dijiste, tu, hijo de...?
Teniendo agarrada la mano de su hermano, Soumya miró como el capataz reprobó a su padre. El capataz era joven, tanto más joven que su padre - pero llevó un uniforme caqui que la compañía de construcción le habia dado, y giró un lathi(baston) en su mano izquierda, y Soumya vio que los trabajadores, en vez de defenderlo su padre, escuchaban silenciosamente al capataz. La capataz se sentaba en una silla azul en un terraplén de barro; una lámpara de gas de un poste de madera clavando en la tierra al lado de la silla, hizo un ruido espantoso. Detrás de él era el cráter alrededor de una casa medio demolida; el interior de la casa estuvo lleno de escombros, casi todo el tejado se habría caído, y sus ventanas eran vacías. Con su batuta y su uniforme, y su cara severamente iluminada por la lámpara de parafina incandescent, el capataz pareció a un soberano de inferno, en la puerta de su reino.
Un semicírculo de obreros de la costrucción se habría formado debajo de él. El padre de Soumya se destacó de los demás, mirando furtivamente a su madre, que amortiguaba sus sollozos en una esquina de su sari. La madredijo con una voz atormentada por rasgón: “Sigo contar para dejar este heroin. Sigo contar -.“
p. 214
Soumya se preguntó por qué su madre tuvo que quejarse de su padre delante de cada uno. Raju presionó su mano.
¿"Por qué reprenden todos ellos al Papá?"
Apretó atrás. Tranquilo.
De repente el capataz despertado de su silla, dio un paso abajo el terraplén, y levantó su palo sobre el padre de Soumya. "Preste la atención, dije" - él rebajó su palo.
Soumya cerró sus ojos y se apartó.
Los trabajadores habían vuelto a sus tiendas de campaña, que fueron dispersadas sobre el campo abierto alrededor de una casa oscura y mitad demolida.
El padre de Soumya estaba tentido en su estera azul, aparte de todos los demás; roncaba ya, sus manos sobre sus ojos. En los viejos días ella le habría ido y se habría acurrucado contra su lado. Soumya se acercó a su padre. Lo sacudió por su grande dedo del pie, pero no respondió.Se fue a donde su madre hacía el arroz y se acostó al lado de ella.
Los mazos y los almadenas la despertaron por la mañana. ¡Golpee! ¡Golpee! ¡Golpee! Con cara de sueño, se vagó a la casa. Su padre se levantó en el trozo de el tejado que permaneció, sentándose en una de las vigas de hierro negras; lo cortaba con sierra. Dos hombres se balancearon en la pared abajo con almadenas; las nubes del polvo se elevaron y cubrieron a su padre cuando serró. El corazón de Soumya saltó.
Corrió a su madre y gritó: ¡"Papá está trabajando nuevamente!"
Su madre estaba con las otras mujeres; bajaban de la casa, llevando platillos metálicos grandes en sus cabezas llenas hasta el borde con escombros. "Asegúrete que Raju no se moja," dijo cuando pasó Soumya.
p. 215
Sólo entonces hizo Soumya notan que esto lloviznaba.
Raju estaba en la manta donde su madre había sido; Soumya lo despertó y lo tomó en una de las tiendas de campaña. Raju comenzó a gemir, diciendo que quiso dormir más. Soumya fue a la estera azul; su padre no había tocado el arroz a partir de la noche pasada. Mezclando el arroz seco con el agua de lluvia,
lo apretó en unas gachas y llenó bocados en la boca de Raju. Dijo que no le gustó esto y mordía sus dedos cada vez. La lluvia se cayó más difícil y Soumya oyó el rugido de capataz: ¡"Los hijos de las mujeres calvas, no reduzcáis la velocidad!" El momento que la lluvia paró, Raju quiso ser empujado en la oscilación. " Va a comenzar a llover otra vez," dijo Soumya, pero Raju no cambiaría su opinión. Lo llevó en sus armas a laoscilación de vieja neumático de camión cerca de la pared compuesta y lo puso sobre ello, y le dio un empuje, gritando: ¡"un, dos!"
Cuando empujó, un hombre apareció antes de ella.
Su piel oscura, mojada fue cubierta en el polvo blanco y tomó un instante para ella para reconocerlo.
"Dulce," dijo, " debes hacer algo para el Papá."
Su corazón golpeaba demasiado rápido para decir una palabra. Quiso que él dijera " dulce" no como lo decía ahora - como si esto era sólo una palabra, como aire cual espiraba - pero como antes, cuando esto vino de su corazón, cuando fue acompañado por su tiramiento de ella a su pecho y abrazo de ella profundamente y cuchicheo como un loco en su oído.
Él continuó a decir, en mismo extraño, lento y indistinta manera, y le dijo lo que quiso que ella hiciera; entonces anduvo atrás a la casa. Ella encontró Raju, quién cortaba a un gusano en trozos más pequeños con un pedazo de cristal del sitio de demolición, y dijo: "tenemos que ir." El Raju no
p.216
podía ser dejado solo, aunque fuera un verdadero fastidio por un viaje como este.Una vez lo había dejado solo y él había tragado un pedazo de cristal.
¿"Dónde vamos?" preguntó.
"Al Bunder."
¿"Por qué?"
"Hay un lugar por el Bunder, un jardín, donde los amigos del Papá lo esperan a venir. El papá no puede ir allí - porque el capataz lo golpeará otra vez. Tu no quieres que el capataz golpee al Papá otra vez delante de todo el mundo, verdad?"
"No," Raju dijo. ¿Y cuándo nos ponemos a este jardín, qué hacemos? "
"Damos al amigo del Papá en este jardín diez rupias y nos darán algo que el Papá realmente necesita."
¿"Qué?"
Le dijo.
Raju, ya perspicaz con el dinero, preguntado: ¿"cuánto costará esto?"
"Diez rupias, dijo."
¿"Le dio él diez rupias?"
"No. Papá dijo que tendremos que conseguirnos. Tendremos que pedir."
Cuando dos de ellos anduvieron a la baja de Rose Lane, Soumya guardó sus ojos en la tierra. ¡Una vez había encontrado cinco rupias en la tierra - sí, cinco! Nunca sabes lo que podrías encontrar en un lugar donde la gente rica vive.
p.217 Se movieron al lado de la carril; un coche blanco hizo una pausa durante un momento para revisar un golpe en el camino y Soumya gritó en el chofer: ¿"dónde está el puerto, tío?"
"Lejos de aquí," gritó atrás. "Vaya a la carretera y coge a la izquierda."
Las ventanas coloreadas detrás del coche fueron cerradas, pero por la ventana del chofer Soumya alcanzó a ver la mano de un passanger cubierta de brazaletes de oro; quiso llamar en la ventana. Pero recordó la regla que el capataz había posado para los niños de todos los trabajadores. Ninguna mendicidad en Rose Lane. Sólo en la carretera. Se controló.
Todas las casas estaban siendo demolidas y reconstruidas en Rose Lane. Soumya se preguntó por qué la gente quiso derribar estas magníficas, grandes, blanqueadas casas. Tal vez las casas se hicieron inhabitables después de algún tiempo, como zapatos.
Cuando los semáforos en la carretera giraron rojas, fue del autoricksha al autoricksha, abriéndo y cerrando sus dedos.
"Tío, tienen compasión, me muero de hambre."
Su técnica era sólida. Lo tenía de su madre. Fue como este: en este mismo momento cuando pidiera, durante tres segundos guardó el contacto de ojo; entonces su ojo comenzaría a vagar al siguiente autoricksha. "Madre, tengo hambre" (frotamiendo su barriga) "déme comida" (cierre de sus dedos y trayéndolos a su boca).
"Hermano, tengo hambre."
"Abuelo, hasta una pequeña moneda-"
Mientras pedía en el camino, Raju sentado en la tierra y se supuso comenzar a gemir cuando alguien bien vestido pasado.
p.218

No esperó que él hiciera mucho; al menos si se sentara se quedaría de otras tipos del problema, como corriendo detras de gatos, o tentativa de acariciar a perros que podrían ser rabiosos.
Hacia el mediodía, los caminos se llenaron de coches. Las ventanas habían sido enrolladas contra la lluvia, y ella tuvo que levantar ambas sus manos al cristal y rasguñar como un gato, para prestar atención. Las ventanas en un coche fueron hechas rodar abajo y Soumya pensó que su suerte había mejorado. Una mujer en uno de los coches tenía modelos hermosos de oro pintado en sus manos y Soumya bostezó en ellos. Oyó que la mujer de las manos de oro decía a alguien más en el coche: "hay mendigos en todas partes estos días en la ciudad. Nunca solía parecer a este."
La otra persona se inclinó adelante y miró fijamente durante un momento. "Son tan oscuros... ¿De dónde están?"
¿"Quién sabe?"
Sólo cincuenta paise, después de una hora.
Después trató de subir al autobús cuando esto se paró en la luz roja y preguntar allí, pero el conductor la vio venir y estuvo de pie en la puerta: "Nada haciendo."
¿"Por qué no, tío?"
¿"A quién piensas que soy, un hombre rico como Sr. Engineer? ¡Vaya preguntan a alguien más, mocosa!"
Fulminándole con la mirada, él levantó la cuerda roja de su silbido sobre su cabeza como si esto era una fusta.
Soumya salió.
" Era un verdadero cabrón," dijo a Raju, que tenía algo para mostrarle: una hoja de plástico envolvente, lleno de botones redondos del aire que podría ser hecho reventar.

p.219
Asegurarse el conductor no podía verla, ella bajó en sus rodillas y lo puso sobre el camino directamente delante de la rueda. Raju se puso en cuclillas: "no, no es correcto. Las ruedas no serán capaces de rodar," dijo. "Empújelo a la derecha un poco."
Cuando el autobús se movió otra vez, las ruedas atropellaron las hojas plásticas y los botones hechos explotar, asustando a los pasajeros; el conductor empujó su cabeza de la ventana para ver lo que había pasado. Los dos niños se escaparon.
Comenzó a llover otra vez. Dos de ellos se pusieron en cuclillas bajo un árbol; los cocos vinieron estrellándose abajo y un hombre que había estado estando de pie al lado de ellos con un paraguas saltó y juró en el árbol, y corrió. Ella se rió tontamente, pero Raju estuvo preocupado ellos serían golpeados por un coco que se caiga.
Cuando la lluvia se paró, encontró una ramita y rasguñó en la tierra, dibujando el mapa de la ciudad, como lo imaginó. Aquí - era Rose Lane. Aquí - era donde habían venido, todavía cerca de Rose Lane. Aquí - era el Bunder. Y aquí - el jardín dentro del Bunder que buscaban.
¿"Entiendes todo esto?" preguntó a Raju. Él saludó con la cabeza, excitado por el mapa.
"Para ponernos al Bunder, tenemos que ir" - ella dibujó otra flecha - "por el hotel grande."
¿"Y luego?"
"Y luego vamos al jardín dentro del Bunder ..."
¿"Y luego?"
Encontramos que el Papá de cosa quiere que nosotros se pongamos. "
¿"Y luego?"
La verdad era, no tuvo ni idea si el hotel fuera en el camino al puerto o no: pero la lluvia había ahuyentado los vehículos del camino, y el hotel era el único lugar donde podría pedir para el dinero ahora mismo.

p.220
" Tienes que pedir el dinero de los turistas en inglés," se rió de Raju cuando anduvieron al hotel. ¿"Sabes qué decir en inglés?"
Ellos se pararon fuera del hotel para mirar un grupo de cuervos que se bañan en un charco del agua. El sol brillaba en el agua, y los abrigos negros de los cuervos giraron lustrosos cuando los vestigios del agua volaron de sus cuerpos que se sacudan; Raju declaró que esto era la cosa más hermosa que había visto alguna vez.
El hombre sin armas y piernas se sentaba delante del hotel; gritó maldiciones del otrolado del camino.
¡"Marchaos, los niños del diablo! ¡Le dije volver nunca aquí!"
Gritó atrás:" ¡Al diablo con tu, monstruo! Te dijimos: ¡nunca vuelves aquí!"
Se sentaba en una tabla de madera con ruedas. Siempre que un coche redujera la velocidad en el semáforo delante del hotel, se acercó en su tabla de madera y pidió de un lado; ella pidió del otro lado del coche.
Raju, que sentándose en el pavimento, bostezó.
¿"Por qué tenemos que pedir? Papá trabaja hoy. Lo vi cortar aquellas cosas..." Movió sus piernas aparte y comenzó a serrar en una viga transversal imaginario debajo de él.
"Tranquilo."
Dos taxis redujeron la velocidad cerca de la luz roja. El hombre sin armas y piernas corrió en su bordo de madera al primer taxi; Soumya corrió al segundo y puso sus manos en la ventana abierta. Un extranjero se sentaba dentro. La contempló con una boca abierta: ella vio sus labios hacer un "O" rosado perfecto.

p.221
¿"Conseguiste algún dinero?" Raju preguntó, cuando ella volvió del coche y el blanco.
"No. Ponerte de pie," dijo y arrastró al muchacho a sus pies.
Cuando habían cruzado dos luces rojas, sin embargo, Raju lo había entendido. Señaló a su puño agarrado.
"Conseguiste dinero del blanco. Tene el dinero!"
Ella se acercó a un autoricksha aparcado al lado del camino: ¿"qué camino es el Bunder?"
El chofer bostezó. "No tengo ningún dinero. Marcha."
"No pido el dinero. Pido direcciones al Bunder."
¡"Le dije que no te doy nada!"
Ella escupió a su cara. Entonces agarró a Raju por la muñeca y corrieron como locos.
El siguiente chofer de autoricksha al que preguntaron era un hombre amable.
"Está muy lejos de aquí. ¿Por qué no toman un autobús? El número 343 le conseguirá allí. Por otra parte, esto será al menos dos horas al pie."
"No tenemos el dinero, tío."
Les dio una moneda de rupia y preguntó: ¿"dónde están sus padres?"
Se pusieron en un autobús y pagaron al conductor. ¿"Dónde bajáis vosotros?" gritó.
" El puerto."
"Este autobús no va al puerto. Necesitáis el número 343. Este es el número-"
Salieron y anduvieron.
Estaban cerca del Cruce de Pozo del Agua Fresco ahora. Encontraron el muchacho manco y cojo que trabaja allí, como siempre hacía; fue saltando sobre del coche al coche, pidiendo antes de que ella pudiera ponerse a ellos. Alguien le había dado un rábano hoy, entonces fue mendigando con un rábano blanco grande en su mano, dándole un toque en los parabrisas para conseguir la atención de los pasajeros.

p.222
¡"No hagáis os atrevéis a mendigar aquí, los hijos de las putanas!" gritó en ellos, agitando el rábano amenazantemente. Dos de ellos sacaron sus lenguas a él y gritaron: ¡"Monstruo! ¡Monstruo asqueroso!" Raju comenzó a gritar después de una hora y rechazó andar más, entonces ella picoteó en una basura para algún alimento. Había un cartón con dos galletas y tenían un cada uno.
Anduvieron más unos. Al cabo de un rato, las fosas nasales de Raju comenzaron a burbujear.
"Puedo oler el mar de aquí."
Ella podría, también.
Anduvieron más rápido. Vieron a un hombre pintar un signo en inglés al lado del camino; dos gatos que luchan en la azotea de un Fíat blanco; un carro de caballo, cargado por madera picada; un elefante, andando calle abajo con un montículo de hojas de neem; un coche que había sido roto en un accidente; y un cuervo muerto con sus garras arrimas en rígidamente a su pecho, su vientre se abre y enjambrando con hormigas negras.
Entonces estaban en el Bunder.
El sol se ponía sobre el mar y ellos fueron por delante de los mercados embalados, buscando un jardín.
"No hay ningunos jardines en el Bunder. Por eso el aire es tan malo aquí," un viejo vendedor de cacahuete Musulmán les dijo. "Tenéis las direcciones incorrectas."

p. 223
Mirando sus caras alicaidas, les ofreció un puñado de cacahuetes para mascar.
Raju gimió. ¡Tuvo hambre ... al diablo con los cacahuetes! Los empujó atrás en el hombre Musulmán, que lo llamó un diablo.
Esto hizo Raju tan enojado que abandonó a su hermana y corrió, y ella lo persiguió hasta que Raju se parara.
"Mire!" chilló, señalando en una fila de hombres mutilados con cojeras vendadas, sentándose delante de un edificio con una cúpula blanca.
Con cuidado anduvieron alrededor de los leprosos. Y luego ella
vio a un hombre acostarse en un banco, sus palmas atravesaron su cara, respirando pesadamente. Vino cerca del banco y vio, directamente en el borde del agua, separado con una cerca por una pequeña pared de piedra, un pequeño parque verde.
Raju era tranquilo ahora.
Cuando se pusieron al parque, allí había griterío. Un policía daba palmadas a un hombre muy oscuro. ¿"Robaste los zapatos? ¿Tu?"
El hombre muy oscuro sacudió su cabeza. El policía lo golpeó más difícil. ¡"El hijo de puta, tomas estas drogas y luego robas cosas, y tu - el hijo de puta, tu-!
"Tres hombres con pelo blanco, que se esconden en un arbusto cerca de ella, hicieron señas a Soumya para venir y esconderse con ellos. Tomó Raju en el arbusto y esperaron allí al policía a marcharse.
Susurró a los tres hombres con pelo blanco: "Soy la hija de Ramachandran, el hombre que rompe las casas de la gente rica en Rose Lane."
Ningún de los tres conocía a su padre.
¿"Qué quieres, niña?"

p.224
Soumya dijo la palabra, así como podría recordar: ”... ack.”
Uno de los hombres. quién pareció ser su líder, frunció el ceño: "Dígalo otra vez."
Él saludó con la cabeza cuando ella dijo la palabra extraña el segunda vez. Tomando una petaca hizo de la piel de periódico de su bolsillo, le dio un toque: polvo blanco, como tiza aplastada, echada. Sacó un cigarrillo de otro bolsillo, lo cortó abierto, dio un toque al tabacco, llenó el papel del polvo blanco, y lo hizo rodar apretado. Sostuvo el cigarrillo en el aire y hizo señas con su otra mano a Soumya.
"Doce rupias."
"Tengo sólo nueve," dijo ella. "Usted tendrá que tomar nueve."
"Diez."
Les dio el dinero; tomó el cigarillo. Sintió una duda horrible.
"Si usted me roba, si usted me engaña - Raju y yo volveremos con Papá - y golpearemos a todos ustedes." Los tres hombres se pusieron en cuclillas juntos. Comenzaron a temblar, y se reían juntos. Algo se equivocó con ellos. Agarró Raju por la muñeca y corrieron.
Vislumbres de la escena para venir dirigido por su mente. Ella mostraría a Papá de qué había traído para él hasta ahora lejos. "Dulce", diría - el modo que él solía decirlo - y sostenerla en un frenesí de afecto, y los dos volverían loco con el amor el uno por el otro.
Su pie izquierdo comenzó a quemarse al ratito, y ella dobló sus dedos del pie y los contempló. Raju insistió en ser llevado; pero bueno, pensó - el pequeño compañero había hecho bien hoy.

p.225
Comenzó a llover otra vez. Raju gritó. Ella tuvo que amenazar con abandonarlo detrás de tres veces; una vez que ella realmente lo abandonó y anduvo un bloque entero antes de que él viniera persiguiéndola, diciéndola de un dragón gigantesco que lo perseguía.
Se pusieron en un autobús.
"Boletos", el chofer gritó, pero Soumya hacerle una guiñada y dijo: "hermano grande, déjenos en gratis, por favor ..."
Su cara se ablandó y les dejó quedarse cerca de la espalda.
Era oscuro como boca de lobo cuando regresaron a Rose Lane. Vieron las lámparas iluminadas en todas las casas grandes. El capataz se sentaba bajo su lámpara de gas, dirigiéndose a uno de los trabajadores. La casa pareció más pequeña: todos los travesaños habían sido aserrados.
¿"Mendigaron en esta vecindad? el capataz gritó, cuando vio a dos de ellos.
"No, no hicimos."
¡"No miéntame! ¿Fueron ido todo el día - y haciendo qué? ¡La mendicidad en Rose Lane!"
Ella levantó su labio superior en el desprecio.
¡"Por qué no hacen pregunta si pedimos aquí, antes de acusarnos!"
El capataz fulminó con la mirada a ellos, pero se calló, derrotado por la lógica de la muchacha. Raju corrió delante, gritando para su madre. La encontraron dormida, sola, en su sari mojado por lluvia. Raju acudió a ella, topetó su cabeza en su lado, y comenzó a rozar contra su cuerpo para el calor, como un gatito; la mujer durmiente gimió y volcó al otro lado. Una de sus armas comenzó a aplastar Raju lejos.
"Amma," dijo Raju, sacudiéndola. ¡"Amma! ¡Tengo hambre! ¡Soumya no me dio nada para comer todo el día! Me hizo andar y andar y tomar este autobús y el otro, y ningún comida. Un hombre blanco le dio cien rupias pero ella nunca me dio nada para comer o beber."
p.226
¡"No mienta!" Soumya silbó. ¿"Y las galletas?"
Pero él siguió sacudiéndola: ¡"Amma", Soumya no me dio nada para comer o beber todo el día! "
Los dos niños comenzaron a luchar el uno con el otro. Entonces una mano ligeramente dio un toque al hombro de Soumya.
"Dulce."
Cuando vio a su padre, Raju comenzó a sonreír con afectación; dio vuelta y se escapó a su madre. Soumya y su padre se alejaron a un lado.
¿"Tienes ello, dulce? ¿Tienes la cosa?"
Soumya respiró. "Aquí", dijo y puso el paquete en sus manos. Él lo levantó hasta su nariz, olida, y luego lo puso bajo su camisa: ella vio su alcance de manos por su sarong en su groi. Él sacó su mano. Soumya sabía que esto venía ahora: su caricia.
Él agarró su muñeca; su dedo cortó en su carne.
¿"Y cientas de rupias qué el hombre blanco le dio? Oí Raju."
"Nadie me dio cien rupias, Papá. Juro. Raju está mintiendo, juro."
"No mienta. ¿Dónde está cientas de rupias?"
Levantó su brazo. Ella comenzaba gritar.
Cuando vino para acostarse al lado de su madre, Raju todavía se quejaba que no había comido todo el día, y había sido obligado a andar de aquí a en el mismo momento desde allí a otro lugar y luego atrás a aquí. Entonces vio las señales rojas en cara de su hermana y cuello y fue silencioso. Soumya se cayó a la tierra, y fue para dormir.
p. 227
Kittur: hechos básicos
Población total (censo de 1981): 193,432 residentes.
Avería de castas y religiosa (como porcentaje de población total)
Hindús
Castas superiores
Brahmanes:
Kannada-hablar: 4 por ciento
Konkani-hablar: 3 por ciento
Tulu-hablar: menos del 1 por ciento
Bunts: 16 por ciento
Otras castas superiores: 1 por ciento
Castas atrasadas
Hoykas: 24 por ciento
Castas atrasadas diversas y tribals: 4 por ciento
Minorías
Musulmanes
Sunni: 14 por ciento
Shia: 1 por ciento
Ahmediya, Bohra, Ismaili: menos del 1 por ciento
Católicos:14 por ciento
Protestantes (Anglicanos, Pentecostals, los Testigos del Jehova, mormones): 3 por ciento.
P. 230-231
Cuando hablamos de los problemas que vivió y de los horrores que vio, Jayamma, la cocinera del abogado, quería que supiéramos que su vida había sido lo máximo. En doce años su querida madre había dado a luz a once hijos. Nueve habían sido hijas. Si, ¡nueve! Ahora esto es un problema. Cuando Jayamma nací, número ocho, ya no había leche en los pechos de su madre, tuvieron que alimentarla con leche de asno en una botella de plástico. Si, ¡leche de asno! Ahora esto es un problema. Su padre había ahorrado bastante oro para que únicamente seis hijas se casaran; las últimas tres tenían que quedarse virgen para la vida. Si, para la vida. Durante cuarenta años, uno la había puesto en un autobús u otro, y enviado de un bario al otro para cocinar o limpiar en casa de alguien. Para cebar y dar de comer a hijos de alguien. Ni siquiera se lo había dicho a donde estará después; era de noche, estaba jugando con su sobrino – este gordito hombrecito Brijju – y lo que oyó en el salón pero su cuñada decía con un desconocido u otro: “Pues, es un problema. Si ella se queda aquí, come para nada, entonces nos estás haciendo un favor, créeme.” El día siguiente Jayamma será puesto de nuevo en un autobús. Meses pasaran antes de que viera de nuevo a Brijju. Esto era la vida de Jayamma, una entrega de problemas y horrores. ¿Quién era más digno de compasión en el mundo?
Pero a lo menos un horror esteba llegando a su final. Jayamma estaba a punto de irse de casa del abogado.
Era una mujer baja y encorvada que se acercaba a los sesenta, con el pelo de plata brillante que parecía darle luz. El que tenía una grande verruga negra en su ceja de izquierda era un indicio auspicioso para atender a un bebé. Siempre tenía bolsas de piel oscura en forma de diente de ajo debajo de sus ojos, y sus ojos eran legañosos de insomnio y de preocupaciones crónicos.
Había liado sus cosas: una gran maleta marón, la misma con la cual había llegado. Nada más. Tampoco había robado una rupia al abogado, aunque la casa estaba toda desordenada a veces y que seguramente habría podido tener la oportunidad. Pero había sido honesta. Llegó su maleta al porche de adelante y esperó el Embajador verde del abogado. Él había prometido de dejarla en la estación de autobuses.
“Adiós Jayamma. ¿Nos dejas de verdad?”
Shaila, la criadita de casta inferior de la casa del abogado (y la principal torturadora de Jayamma de esos últimos ocho años) sonrió. Aunque tenía doce años y estaría lista para casarse el año próximo, parecía tener sólo siete u ocho años. Su cara oscura estaba cubierta de polvera para bebé Johnson, y le hacía ojitos burlándose.
“¡Demonio de casta inferior!” dijo Jayamma entre dientes. “¡Cuídate con tus maneras!”
Una hora después, el coche del abogado se arrimó en el garaje.
“¿Todavía no te han informado?” dijo cuando Jayamma llegó cerca de él con su bolso. “He dicho a tu cuñada que te necesitaríamos un poco más, y está de acuerdo. Pensaba que alguien te hubiera informado.”
Dio un portazo de su coche. Luego se bañó, y Jayamma trajo su vieja maleta marón a la cocina y empezó a preparar la cena.

“Nunca voy a salir de la casa del abogado, ¿no, Señor Krishna?”
P. 232-233
La mañana siguiente, la anciana estaba de pie contra el fuego en la cocina, removiendo un guiso de lentejas. Mientras trabajaba, tomó aire silbando, como si su lengua estuviera en llamas.
“Desde cuarenta años vivo entre buenos Brahmins; el Señor Krishna: casas en las cuales, incluso los lagartos y los sapos fueron Brahmins en una vida anterior. Ahora usted ve mi destino, pegarme entre los Cristianos y esos comedores de carne en este barrio extraño, y cada vez que creo que voy a irme, mi cuñada me dice que quede un poco más…”
Se secó la frente y vino a preguntarse a sí misma: ¿que había hecho en una vida anterior (había sido una asesina, una adultera, una ladrona de niños, una persona grosera hacia los santos varones y los sabios) para ser destinada a venir aquí, en casa del abogado, y vivir cerca de una de la casta inferior?
Ella chisporroteó cebollas, picó cilantro y les revolví en el guiso, luego añadí curry rojo y glutamato monosódico de bolsitas de plástico.
“¡Hai! ¡Hai!”
Jayamma se sobresaltó y dejó caer su cuchara en el caldo. Fue a la alambrada que rodeaba la parte de atrás de la casa del abogado y miró fijamente.
Shaila era arriba del muro del compuesto, aplaudiendo, mientras que, al lado, en el patio trasero del vecino Cristiano, Rosie con los labios gruesos, un cuchillo afilado en las manos, estaba corriendo tras un gallo. Al abrir lentamente la puerta, Jayamma entró en puntas de pie en el patio trasero para ver mejor. “¡Hai! ¡Hai! ¡Hai!” Shaila estaba gritando de alegría, al mismo tiempo que el gallo cloqueaba y saltaba en el césped perfectamente cortado, donde al final Rosie tomó la pobre bestia y empezó a cortarle el cuello. La lengua del gallo cayó y sus ojos le salían casi de las órbitas. “¡Hai! ¡Hai! ¡Hai!”
Jayamma atravesó la cocina, se fue al aula de oración, y cerró la puerta con cerrojo detrás de ella. “Krishna… Mi Señor Krishna…”
El aula de oración servía también de habitación para almacenar el arroz, y también de habitación privada para Jayamma. La habitación era de cuatro metros cuadrados; un espacito entre el altar y los bolsos de arroz, justo bastante para acurrucarse e ir a dormir por la noche, lo único que Jayamma había pedido al abogado. (Ella había rechazado categóricamente aceptar la proposición inicial del abogado que era de compartir una habitación con las de casta inferior en las habitaciones de la servidumbre.)
Tuvo acceso al altar para rezar y salió una caja negra que abrió lentamente. A dentro había un ídolo de plata de un dios niño – reptando, desnudo, con las nalgas brillantes – el dios Krishna, el único amigo y protector de Jayamma.
“Krishna, Krishna”, cantaba con suavidad, llevando el bebé dios en sus manos de nuevo y frotando sus nalgas de plata con sus dedos. “Ves lo que pasa alrededor de mi, mi, ¡una mujer nacida Brahmin!”
Se sentó en uno de los tres bolsos de arroz alineados contra la pared de de la aula de oración, rodeados por un foso de DDT. Al plegar sus piernas en los bolsos de arroz, y apoyando su cabeza contra la pared, respiró profundamente DDT – un humo curiosamente adictivo, relajante, raro. Suspiró; se secó su frente con el ribete de un sari bermellón. Manchas de sol, filtrando los plátanos desde fuera, jugaban por el techo de la habitacioncita.
Jayamma cerró los ojos. Los efluvios de DDT la
P. 234 - 235
amodorraron; su cuerpo se desenrolló, sus miembros se aflojaron, estaba durmiendo en unas segundas.
Cuando se despertó, el gordito Karthik, el hijo del abogado, estaba encendiendo una linterna en su cara. Era su manera para despertarla de una siesta.
“Tengo hambre”, dijo el gordito. “¿Está algo de listo?”
“¡Dios mío!” La anciana se levantó de un salto. “¡Está magia negra en el patio trasero! Shaila y Rosie mataron un gallo – y están haciendo magia negra.”
El niño apagó la linterna. La miró con escepticismo.
“¿De qué estás hablando, tú vieja bruja?”
“¡Ven!” Los ojos de la anciana cocinera eran grandes con excitación. “¡Ven!”
Convenció al maestrito entrar en la habitación de las criadas.
Se pararon por la rejilla de metal que les dio un punto de vista del patio trasero. Había pequeños cocoteros, y un tendedero, y una pared negra detrás de la cual empezaba el recinto de sus vecinos cristianos. No había nadie alrededor. Un viento fuerte agitó los arboles, y una hoja de papel perdida estaba arremolinándose en el patio trasero, como un derviche. El niño vio las sabanas blancas en el tendedero balanceándose de manera inquietante. Parecían sospechar también lo que la cocinera sospechaba.
Jayamma hizo una señal a Karthik: estar muy, muy silencioso. Empujó la puerta de la habitación de las criadas. Estaba cerrada con cerrojo.
Cuando la anciana la abrió, un hedor de gomina y de polvera para bebé flotaba, y el niño se tapó la nariz.
Jayamma indicó el suelo de la habitación.
Un triangulo de tiza blanca había sido manchado dentro de un cuadrado de tiza roja, pulpa de coco seca coronaba los puntos del triangulo. Flores marchitas, ennegrecidas eran esparcidos dentro de un círculo. Una canica azul brillaba desde el centro.
“Es para magia negra,” ella dijo, y el niño asintió con la cabeza.
“¡Espías! ¡Espías!”
Shaila estaba de soslayo a la puerta de la habitación de las criadas. Hizo un dedo a Jayamma.
“Tú – ¡tú vieja bruja! ¿No te había dicho que nunca a fisgar en mi habitación otra vez?
La cara de la anciana movía nerviosamente.
“¡Dios mío!” ella gritó. “¿Has notado cómo esa casta baja habla, a nosotros, Brahmins?”
Karthik cerró el puño a la muchacha. “¡Hey! Es mi casa y voy donde quiero ir, me oyes!”
Shaila le fulminó con la mirada: “No pienses que puedes tratarme como un animal, okay…”
Tres golpes fuertes de pito pusieron fin a la pelea. Shaila salió para abrir el portillo; el niño corrió hacia su habitación y abrió un libro de texto; Jayamma corrió en pánico todo el comedor, poniendo la mesa con platos de acero inoxidable.
El maestro de la casa quitó sus zapatos en el vestíbulo y las tiró en dirección del estante para los zapatos. Shaila tuvo que ordenarlos más tarde. Una ducha rápida en su baño privado y apareció en el comedor, un hombre alto, bigotudo que cultivaba patillas largas en el estilo de la década pasada. Durante la cena siempre estaba con el torso desnudo, excepto que tenía el collar de la casta Brahmin que floteaba en su torso fofo. Comía rápido y con el silencio, haciendo solo una pausa para mirar al vacío
P. 236 - 237
el rincón del techo. La casa era en orden según los movimientos de la mandíbula del maestro. Jayamma servía. Karthik comía con su padre. En la barraca del coche, Shaila lavaba el Embajador verde del maestro y lo secaba.
El abogado leyó el periódico en el salón donde estaba la televisión durante una hora, y después el niño empezó a buscar el mando a distancia negro en el desorden de los papeles y libros en la mesa de sándalo en el centro de la habitación. Jayamma y Shaila subieron corriendo a la habitación y se pusieron en cuclillas en una esquina, esperando que la televisión empiece.
A las diez, todas las luces de la casa se apagaban. El maestro y Karthik dormían en sus habitaciones.
En la oscuridad, un siseo malicioso seguía en la habitación de las criadas:
“¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja de casta baja que hace magia negra!”
“¡Hechicera Brahmin! ¡Vieja loca hechicera Brahmin!”
Una semana de conflictos siguió sin parar. Cada vez cuando Shaila pasaba por la cocina, la anciana cocinera Brahmin colmaba a la cabeza grasa de la casta baja de deidades vengativas.
“¿Qué tipo de época es cuando Brahmins traen chicas de casta baja a sus hogares?” refunfuñaba mientras removía las lentejas por la mañana. “¿Dónde han caído las reglas de las castas y de la religión hoy? O Krishna.”
“¿Te estás hablando a ti misma otra vez? vieja virgen” La muchacha había pasado la cabeza por la cocina; Jayamma le tiró una cebolla no pelada.
El almuerzo. La tregua. La muchacha salió su plato de acero inoxidable desde el salón de las criadas y se puso en cuclillas en el suelo, mientras que Jayamma servía una porción generosa de sopa de lentejas en un montón de arroz blanco en el plato de la muchacha. No hubiera castigado de comida a nadie, tampoco a su enemiga declarada, pero refunfuñaba mientras servía. De verdad: tampoco a un enemigo declarado. No eran la manera de los Brahmins para hacer las cosas.
Después del almuerzo, al poner sus gafas, extendió un número atrasado del periódico justo fuera de la habitación de las criadas. Aspirando aire constantemente, leyó en voz alta y despacio, reconstituyendo letras en palabras y palabras en frases. Cuando Shaila pasó por ahí, empujó el periódico en su cara.
“Ahora – puedes leer y escribir, ¿no? ¡Ahora, lee el periódico!
La muchacha echaba humo; volvió de la habitación de las criadas y dio un portazo.
“¿Crees que he olvidado el juego al cual jugaste con el abogado, tú Hokyacita? Es un hombre amable, por eso, esta tarde subiste para verlo con tu cara melindrosa de casta baja y dijiste, Maestro, no sé leer. No sé escribir. Quiero leer. Quiero escribir. ¿No es él quien, inmediatamente, corrió a la librería de Shenoy en la Calle Paraguas y te compró libros para leer y escribir muy caros? ¿Y todo eso para qué? ¿Los de casta inferior tienen la intención de leer y escribir?” Jayamma ordenó que la puerta se cerrara. “¿Todo eso no era una trampa para el abogado?”
Efectivamente, la muchacha perdió todo interés por sus libros. Pusieron en una pila en el fondo de su habitación, y un día cuando estaba ligando con el cristiano con los labios gruesos de la puerta al lado, Jayamma los vendió todos al musulmán como un papel para borrador. ¡Ja! ¡Le mostró!
Mientras Jayamma contaba la historia de la estafa de lectura y escritura infame, la puerta de la habitación de las criadas se abrió;
P. 238 – 239
los ojos de Shaila se le salieron de las órbitas y le gritó a Jayamma con su voz la más fuerte.
Esta tarde el abogado habló durante la cena: “He oído que había habido unos alborotos o otras cosas en casa cada día esta semana… es importante que no hagáis ruido. Karthik tiene que estudiar para sus exámenes.”
Jayamma, que había llevado el guiso de lentejas utilizando el borde de su sari contra el calor, puso el guiso en la mesa.
“No soy yo la que hace ruido, Maestro – ¡es esa chica Hoyka! No conoce nuestras maneras Brahmins.”
“Quizás es una Hoyka…” – el abogado lamió los granos de arroz pegados en sus dedos – “… pero es limpia y trabaja bien.”
Mientras despejaba la mesa después de la cena, Jayamma tembló por el reproche.
Solo una vez cuando las luces fueron apagadas en la casa, se proveyó de los gases conocidos de DDT en la habitación de oración, y abrió la cajita negra, y se tranquilizó. El dios bebé le estaba sonriendo.
O Krishna, ¿cuando lleguen los problemas y horrores? que había visto lo que Jayamma había visto. Contó a la deidad paciente la historia de cómo primero vino a Kittur; cómo su cuñada la había mandado: “Jayamma, tienes que dejarnos y irte, la mujer del abogado está en el hospital en Bangalore, alguien tiene que cuidar de Karthikito” – se suponía que fuera solo un mes o dos. Ahora, hacía ocho meses cuando no había visto a su sobrinito Briju, o lo había estrechado en sus brazos, o había jugado con él al críquet. Oh si, había problemas, Bebé Krishna.
Por la mañana siguiente, cayó de nuevo su cucharón en las lentejas. Karthik le dio un golpe en su barriga desde detrás.
Le siguió a fuera de la cocina y en la habitación de las criadas. Observó al niño mientras estaba mirando el esquema en el suelo y la canica azul en el centro de esto.
En sus ojos la anciana criada vio el destello – el destello posesivo del maestro que había visto tantas veces en cuarenta años.
“Mira esto,” dijo Karthik. “La frescura de esa chica, dibujando esta cosa en mi casa propia…”
La pareja poniéndose en cuclillas se sentó en la rejilla amarilla y miró a Shaila haciendo circular en el muro lejano del barracón hacia la casa del cristiano. Un bien ancho, cubierto de tejido metálico verde, hizo una sacudida en el fondo de la casa. Gallinas y gallos, escondidos por el muro, corrieron alrededor del bien y cloquearon sin cesar. Rosie estaba de pie contra el muro. Shaila y el cristiano hablaron un rato. Era una tarde luminosa y parpadeante. Mientras la luz aparecía y se retiraba en intervalos rápidos, los doseles brillantes y verdes de los cocoteros resplandecían y se iban apagando como ráfagas de hogueras.
La chica paseó sin objeto después de que Rosie se fuera. La vieron torcer por las macetas de jazmín para arrancar algunas flores y ponerlas en su pelo. Un poco más tarde, Jayamma vio a Karthik empezar a rascarse las piernas enteras, esquilando golpes, como un oso rascándose en la corteza de un árbol. Desde sus muslos, sus dedos broncos movían desde arriba en dirección de su ingle. Jayamma miraba con asco. ¿Qué habría dicho la madre del niño si hubiera visto lo que estaba haciendo ahora mismo?
La chica estaba andando hacia el tendedero. Las sabanas de algodón fino tendidas para secar giraban incandescente, como las pantallas de cine, cuando la luz apareció de las nubes. 
P. 240 – 241
Dentro de una de las sabanas intensas, la chica hizo un círculo, bulto oscuro, como una cosa dentro de un útero. Un ruido vivo salió desde la sábana blanca. Había empezado a cantar:

“Una estrella está susurrando
De la añoranza profunda de mi corazón
Para verte una vez más,
Mi hijo-bebé, mi cariño, mi rey.”

“Conozco esta canción infantil… La mujer de mi hermano la canta a Briju… mi sobrinito…”
“Silencio. Te podría oír. “
Shaila había aparecido de nuevo desde la ropa pendiente. Vagaba en dirección del cabo lejano del patio trasero, donde arboles neem se fundían con cocoteros.
“¿Piensa a menudo a su madre y sus hermanas? me lo pido…” Jayamma cuchicheó. “¿Qué tipo de vida es para una chica, lejos de su familia?”
“¡Esta espera me aburre!” Karthik refunfuño.
“¡Dios mío, espera!”
Pero ya estaba en la habitación de las criadas. Un triunfal grito: Karthik salió con la canica azul.

Por la tarde, Jayamma estaba en el umbral de la cocina, aventando arroz. Sus gafas se habían deslizado a medias en su nariz y su frente era arrugado. Se dio la vuelta hacia la habitación de las criadas, que era atornillada desde el interior, y desde la cual venía un sonido de sollozos, y gritó: “Deja de llorar. Tienes que ser fuerte. Criadas como ti, que trabajan para los demás, tienen que aprender ser fuerte.”
Al tragar sus lagrimas de manera audible, Shaila gritó por la puerta cerrada con el cerrojo: “¡Cállate, tú bruja Brahmin autocompasiva! ¡Dijiste a Karthik que yo hacía magia negra!”
“¡No me acuses de cosas así! ¡Nunca le dije hacías magia negra!”
“¡Mentirosa! ¡Mentirosa!”
“¡No me trates de mentirosa, tú Hoyka! ¡Por qué dibujas triángulos en el suelo si no practicas magia negra! ¡No puedes engañarme por un minuto!”
“¿No notaste que esos triángulos formaban parte de un juego, sencillamente? ¿Te estás volviendo loca vieja bruja?”
Jayamma dio un portazo; los granos de arroz fueron salpicados en el umbral. Fue a la habitación de oración y cerró la puerta.
Se despertó y oyó un monologo lleno de sollozos: venía de la habitación de las criadas, y era tanto fuerte como entró en el muro de la habitación de oración.
“No quiero estar aquí… No quería dejar a mis amigos, y nuestro campo, y nuestras vacas, y venir aquí. Pero mi madre dijo: “Tienes que ir a la ciudad y trabajar para el abogado Panchinalli, ¿dónde encontrarás el collar de oro? ¿Y quién querrá casarte sin un collar de oro?” Pero desde que estoy aquí, nunca he visto ni un collar de oro – ¡sólo problemas, problemas, problemas!”
Jayamma gritó contra el muro d repente: “Problemas, problemas, problemas – ¡mira como habla como si fuera una anciana! Tu mala fortuna no es nada. ¡Yo he visto problemas reales!”

(p. 242)El sollozo paró. Jayamma contó a la casta inferior algunos de sus viajes. Durante la cena, Jayamma fue al comedor de los sirvientes con el comedero de arroz. Golpeó en la puerta, pero Shaila no abrió.
“ ¡Oh, que señorita tan arrogante que es!”
Continuó golpeando en la puerta, hasta que se abrió. Luego sirvió a la joven arroz y guisado de lentejas, y miró para estar segura que lo comiera.
La mañana siguiente, las dos sirvientas estaban sentadas juntas en el umbral.
“Cuenta, Jayamma, ¿cuáles son las noticias en el mundo?”
Shaila estaba radiante. Flores en su pelo, y el polvo de Johnson en su cara de nuevo. Jayamma miró desde el periódico con una expreción desdeñosa.
“ Oh, por qué me lo preguntas, tu sabes leer y escribir, ¿no?
“ Vamos, Jayamma, sabes que nosotras castas inferiores no estamos diseñadas a hacer cosas como esas...” La joven sonrió de manera insinuante. “Si tu Brahmins no lees para nosotros, donde aprenderemos todo...”
"Siéntate,” dijo la vieja mujer de manera arrogante. Dobló las páginas más lentamente y leyó desde las noticias que más le interesaban.
“ Dicen que en el distrito de Tumkur, un hombre santo domina el arte de volar a través de su voluntad, y puede levantarse del aire de 5.1816 metros y también volver abajo.”
“ ¿De verdad?” La joven se mostró escéptica. “ ¿Alguien lo ha visto realmente hacer esto, o simplemente le creen?
¡ Claro que lo vieron hacerlo!” Jayamma replicó, utilizando la noticia como prueba. “¿Nunca viste la magia?”


(p. 243) Shaila rió histéricamente; luego entró corriendo en la yarda de atrás y se lanzó en los árboles de coco; y después Jayamma oyó la canción otra vez.
Esperó hasta que Shaila volviera a casa y dijo:
“¿Qué pensará tu esposo, si vé que te pareces a un selvaje? Tu pelo es un lío.”
Entonces la joven se sentó en el umbral, y Jayamma engrasó su pelo y lo peinó en brillantes mechones negros que pondrían enamorado a cualquier hombre.
A las ocho de la tarde la vieja mujer y la joven fueron juntas a ver la tele. Vieron hasta las diez, luego cuando Karthik la apagó volvieron a sus habitaciones.
En el medio de la noche, Shaila se despertó viendo la puerta de su habitación abierta.
“Hermana...”
A través la oscuridad Shaila vió una cabeza de pelo plateado mirando detenidamente hacia adentro.
“Hermana...déjame estar aquí esta noche...hay fantasmas fuera del depósito, si...”
Casi arrastrándose en los cuartos de los sirvientes, Jayamma, respirando con dificultad y transpirando profusamente, se apoyó contra la pared de la habitación y hundió su cabeza entre sus rodillas. La joven salió a ver lo que estaba pasando en el depósito; volvió riendo tontamente.
“Jayamma...esos no son fantasmas, son sólo dos gatos, peleando en la casa de los Cristianos...es todo...”
Pero la vieja mujer ya se había dormido, su pelo plateado propagó sobre el suelo.
Desde aquel momento, Jayamma empezó a dormir en lo de Shaila cada vez que oía chirriar a los dos gato-demonios fuera de su habitación.



(p.244)Era el d ía siguiente en el festival de Navaratri. Nadie sabía en casa, tampoco el abogado, cuando ella volvería. El precio del azúcar de palmera había subido otra vez. Igual el queroseno. Jayamma leyó en el periódico que un hombre santo había aprendido a volar desde un arbol al otro en un bosque en Kerala - pero solo si los arboles fueran los de tuerca de areca. El año siguiente ocurriría un eclipse solar parcial, y eso marcaría la fin del mundo. V.P. Singh, un membro del Gabinete de Unión, había acusado el primer ministro de corrupción. El gobierno podría caer cualquier día y ocurriría un caos en Delhi.
Esa noche, después de la cena, Jayamma propuso al abogado que el día santo habría llevado Karthik al templo de Kittamma Devi cerca de la estación de trén.
“ Él no tendría que dejar de rezar ahora que ya no tiene más a su madre, ¿verdad?” dijo dócilmente.
“ Esa es una buena idea...” El abogado recogió su periódico.
Jayamma respiró para darse coraje.
“ Si me pudieras dar unas rupías para el rickshaw...”
Ella golpeó en la habitación de la chica. Abrió su puño triunfalmente.
“ ¡Cinco rupías! ¡El abogado me dió cinco rupías!”
Jayamma se duchó en el baño de las sirvientas, enjabonandose a fondo con jabón de sándalo. Cambiando desde su sari color bermellón a su púrpura, se dirigió hacia la habitación del chico saboreando la fragancia de su misma piel, sintiéndose como alguien importante.


(p.245)“ V í stete, hermano- perderemos el pooja de las cinco.”
El chico estaba sobre su cama, picando los botones del peque ñ o juego electr ó nico portatil- ¡ Bip! ¡Bip! ¡Bip!
“ No vengo.”
“ Hermano – es un templo. ¡Tendríamos que ir!”
“ No.”
“Hermano...Que dir ía tu madre si fuera aquí...”
El chico dejó el juego por un segundo. Se dirigió hacia la puerta de su habitación y la la golpeó en la cara de Jayamma.
Ella estaba en el almacén, intentando relajarse con los humos de DDT y con la visión de las nalgas de plata de la pequeña Krishna.
La puerta se abrió crujiendo. Una pequeña cara negra, revestida en el polvo de Johnson y de su bebé, le sonrió.
“ Jayamma – Jayamma – llévame en cambio al templo...”
Los dos se sentaron tranquilamente en el autorickshaw.
“ Esperad aquí,” dijo Jayamma a la entrada del templo.
Compró un ramo de flores con su dinero por cincuenta paise.
“ Aquí.” Indicó a la chica para que pusiera la cesta en las manos del cura cuando fueran en el templo.
Una multitud de devotos se reunieron alrededor de la linga de plata.
Pequeños chicos saltaron alto para golpear las campanas del templo alrededor de la deidad. Lucharon en vano y luego sus padres los levantaron. Jayamma sorprendió a Shaila saltando alto hacia la campana.
“ ¿Quieres que te levante?”
A las cinco, el pooja se puso en marcha. Una placa de bronce; las llamas se levantaron desde cubos de alcanfor. Dos mujeres soplaron caracolas gigantes; un gong de bronce fue golpeado, cada vez más rápido. Luego, uno de los Brahmins salió corriendo con un plato de cobre que quemó al final y dónde Jayamma dejó caer una moneda, mientras que la chica se adelantó con sus palmas para el santo fuego.




(p.246)
Dos de ellos se sentaron a fuera sobre la veranda del templo, en cuyas paredes colgaban los tambores gigantes que se tocan durante las bodas. Jayamma comentó sobre el escándalo de una mujer que se había dirigido hacia la puerta del templo adornada con una blusa sin mangas. Shaila pensó que su estilo desmangado fuera demasiado depotivo. El padre de una niña que gritaba la estaba llevando con la fuerza hacia la puerta del templo. Solo logró calmarse cuando Jayamma y Shaila empezaron a darle caricias.
Las dos sirvientas se marcharon del templo de mala gana. Los pajaros volaron desde los arboles cuando ellas se pusieron a esperar al rickshaw. Las cintas de una incandescente nube se amontonaron una sobre otra como decoraciones militares en el ocaso. Jayamma empezó a pelearse con el conductor del rickshaw sobre el precio para volver a casa, mientras Shaila se reía tontamente todo el tiempo, haciendo enojar tanto a la vieja mujer como al conductor.
Jayamma - ¿has oído la grande noticia?”
La vieja mujer miró al periódico que estaba a fuera en el umbral. Se quitó las gafas y parpadeó a la chica.
¿Sobre precio del azúcar de palmera?”
No, no es eso.”
¿Sobre el hombre en Kasargod que tiene una risa sarcástica?”
No, tampoco es eso.” La chica sonrió tímidamente. “Me voy a casar.”
Los labios de Jayamma se separaron. Bajó la cabeza, se quitó las gafas, frotando sus ojos.
¿Cuándo?”
El mes que viene. La boda está establecida. El abogado me lo dijo ayer. Enviará mi collar de oro directamente a mi pueblo.”

(p. 247)
Pues piensas ser una reina ahora, ¿no?” Disparó Jayamma.
¡Por qué te estas enganchando a otro pueblo campesino!”
Miró a Shaila corriendo hacia el muro compuesto para extender la noticia al Cristiano de labios gruesos. “Me voy a casar, me voy a casa,” la chica cantó dulcemente todo el día.
Jayamma le advertió desde la cocina: “¿Piensas que es un grande trato casarse? ¿No sabes lo que le ha pasado a mi hermana, Ambika?”
Pero la chica estaba demasiado orgullosa de si misma para escucharla. Solo podía cantar todo el día: “¡Me voy a casar, me voy a casar!”
Pues por la noche, fue la pequeña Krishna quien escuchó la historia de la desafortunada Ambika, castigada por sus pecados en su vida anterior:
Ambika, la sexta hija y la última en casarse, fue la belleza de la familia. Un rico doctor la quizo para su hijo. ¡Excelente noticia! Cuando el novio fue a conocer a Ambika, fue repetidamente al baño. “Mira que tímido que está,” las mujeres se rieron tontamente. Durante la noche de la boda, él daba las espaldas hacia la cara de Ambika. Tosió toda la noche. Por la mañana, ella vió sangre sobre los pañuelos. Él le comentó que ella había casado a un hombre con tuberculosis avanzada. Hubiera querido ser honesto, pero su madre no lo había permitido. “Alguien ha usado la magia negra sobre tu familia, chica desgraciada,” dijo, mientras su cuerpo estaba atormentado por ataques de tos. El mes siguiente, había muerto en la cama de un hospital. Su madre contó al pueblo que la chica, y todas sus hermanas, eran malditas; y nadie habría querido casarse con ninguna de las otras.

(p.248)
Y esta es la verdadera historia de porque soy una virgen,” Jayamma quizo que la pequeña Krishna lo supiera. “Por eso, tengo el pelo así grueso, la piel tan dorada, me consideraban una belleza, ¿sabías eso?” Levantó sus cejas maliciosamente, como una actríz de películas, sospechando que la pequeña diosa no le creyera totalmente.
A veces le agradezco a mis estrellas por no haberme casado. ¿Qué habría pasado si yo también hubiera sido engañada, como Ambika? Mejor solterona que viuda, siempre...Y esa sirvienta no para de cantarlo todavía ni un minuto de la mañana...” Mintiendo en la oscuridad, Jayamma imitó a la voz de la joven sirvienta para que la pequeña diosa se diera cuenta: “Me voy a casar, me voy a casar...”
Llegó el día en que Shaila se marcharía. El abogado dijo que habría llevado él mismo a la chica a su casa en su Ambassador verde.
Me voy, Jayamma.”
La vieja mujer estaba cepillando su pelo plateado en el umbral. Escuchó que Shaila estaba pronunciando el nombre con deliberada acidez. “Me voy a casar.” La vieja mujer continuó a cepillar su pelo. “Escribeme de vez en cuando, ¿lo harás, Jayamma? Vosotros Brahmins sois buenos escritores de cartas, lo mejor de lo mejor...”
Jayamma sacudió el peine de plástico en un rincón del depósito. “¡Váyanse al infierno con élla, pequeños bichos inferiores!”
Las semanas pasaron. Desde aquel día élla también tubo que hacer los deberes de casa. A la hora de cenar y de limpiar los platos, estaba cansada. El abogado no dijo que habría alquilado otra sirvienta. Élla entendió eso, desde ese momento, no habría tenido que trabajar como sirvienta.
Por las tardes, élla vagabundeaba en la yarda de atrás con su largo pelo plateado en los lados. Una tarde, Rosie la Cristiana de labios gruesos, la agitó.

(p.249)
¿Qué pasó a Shaila? ¿ Se casó?”
Entró en confusión, Jayamma sonrió.
Empezó a mirar a Rosie. Como eran despreocupados esos Cristianos - comiendo cualquier cosa ellos quiziesen, casándose y divorciándose cada vez que lo sintiesen.
Una noche volvieron los dos demonios. Se paralizó por muchos minutos, escuchando a los espíritus chilliando, que se habían disfrazando de gatos otra vez. Agarró el ídolo de la pequeña Krishna, frotando sus nabas plateadas mientras estaba sentada sobre una bolsa de arroz rodeada por el foso de DDT; Élla empezó a cantar:
Una estrella está susurrando
Un deseo desde mi profundo corazón
Para verte una vez más,
Mi pequeño niño, mi amor, mi rey...”
La tarde siguiente, el abodago le habló durante la cena. Había recibido una carta de parte de la madre de Shaila.
Dijeron que no estaban contentos por la medida del collar de oro. Después de haber gastado dos mil rupias para él, ¿lo puedes creer?”
Algunas personas nunca están satisfechas, Amo..¿Qué se puede hacer?”
Rasguñó su pecho desnudo con su mano izquierda y eructó.
En esta vida, un hombre es siempre servidor de sus servidores.”
Esa noche élla no logró dormir por la ansiedad. ¿Y si el abogado la hubiera engañado también con su paga?

(p.250)
¡Por ti! Una mañana, Karthik tiró la carta en el garbillador de arroz. Jayamma sacudió los granos de arroz de encima y la rasgó para abrirla con los dedos tremblantes. Solo una persona en la vida le había escrito cartas – su cuñada en el pueblo Salt Market. Extendiéndola en el piso, juntó las palabras una por una.
El abogado nos hizo entender que quiere mudarse a Bangalore. Tú, por supuesto, volveras. No esperes quedarte aquí por mucho; estamos ya buscando otra casa donde poderte enviar.”
Dobló la carta despacio y la puso dentro al diafragma de su sari. Sintió como una palmada en su cara: el abogado no se había esforzado para darle la noticia. “Bien, lo dejaré, quien soy para él, solo otra sirvienta.”
La semana siguiente, él vino en el depósito y permaneció en el umbral, como Jayamma se levantó apresuradamente, intentando ordenar su pelo. “Tu dinero ya ha sido enviado, a tu cuñada en el pueblo Salt Market,” dijo.
Ése era el contrato usual en cualquier lugar Jayamma había trabajado; los salarios nunca iban directamente a élla.
El abogado se paró.
El chico necesita alguien que se tome cuidado de él...Tengo parientes en Bangalore...”
Solo espero lo mejor para ti y para el Amo Karthik,” dijo élla, inclinándose frente a él con poca dignidad.
Ese domingo, élla recogió todas sus cosas del año pasado en una maleta con la que había llegado a la casa. La única parte triste fue despedirse de la pequeña Krishna.

(p.251)
El abogado no iba a dejarla; élla habría ido hacia la parada del autobús por su cuenta. El autobús no habría estado antes de las cuatro, y élla fue hacia la yarda posterior, entre las prendas flotantes sobre el tendedero. Pensó en Shaila – esa chica había estado corriendo alrededor de esa yarda posterior, su pelo suelto, como una irresponsable mocosa; y en ese momento era una mujer casada, el ama de casa. Todas las personas de su vida cambiaron y se fueron, pensó. Solo yo quedo la misma: una virgen. Se volvió hacia la casa con un pensamiento obscuro: esta es la última vez que veré esta casa, donde he pasado más de un año de mi vida. Se acordó de todas las casas a las que había sido enviada, en estos cuarenta años, así que pudo cebar a los niños de otras personas. No se había llevado nada desde ese tiempo en todas esas casas; todavía estaba sin marido, sin hijos, sin dinero. Como un vaso desde el que se ha bebido agua limpia, su vida no mostró ni un rastro de los años que habían pasado- excepto su cuerpo que se había envejecido, sus ojos eran débiles, y las articulaciones de sus rodillas dolientes. Nada podrá cambiar para mi hasta que muera, pensó la vieja Jayamma.
De repente, su penumbra se fue. Había visto una pelota azul de caucho, medio ocultada por una planta de Majagua en la yarda posterior. Se parecía a una de las pelotas con las que Karthik jugaba a críquet; ¿la había dejado allí fuera porque estaba pinchada? Jayamma la había levantado hacia su nariz para examinarla bien. Aunque no podía ver ni un agujero por ningun lado, cuando lo apretó contra su mejilla, sintió un silbido de aire como cosquillas sobre su piel.
Con su instinto de precaución de sirvienta, el viejo cocinero echó un vistazo al jardín. Respirando profundamente, élla tiró la pelota azul al lado de la casa; que golpeó contra la pared y volvió hacia élla con un salto.

(p.252)
¡Bastante bien!
Jayamma quitó la pelota y examinó su piel, descolorada pero todavía con un bonito brillo azul. La olió. Lo hizo muy amablemente.
Fue en lo de Karthik, que estaba en su habitación, sobre la cama: ¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! Se dió cuenta de como se pareciera a la imagen de su madre en las fotos cuando avanzó su frente para concentrarse en el juego; el surco en su frente era como un marcalibros dejado ahí por la defunda.
Hermano...”
¿Um?”
Me marcho desde casa de mi hermano hoy...Vuelvo a mi pueblo. Estoy volviendo.”
Um.”
Que las bendiciones de tu defunta madre brillen siempre sobre ti.”
Um.”
Hermano...”
¿Qué pasa? Su voz crujió con irritación. “¿Por qué andas siempre molestándome?”
Hermano...esa pelota azul fuera del jardín, la que está pinchada, no la usas, ¿no?”
¿Qué pelota?”
...¿Puedo llevarla conmigo para el pequeño Brijju? Le encanta jugar al críquet, pero a veces no hay dinero para comprar una pelota...”
No.”
El chico no levantó la vista. Apretó los botones de su juego.
rasmusDay Cinco (Tarde) La Catedral de Nuestra Señora de ValenciaP.255.No se puede explicar fácilmente por qué La Catedral de Nuestra Señora de Valencia sigue estando incompleta, a pesar de tantos intentos de terminar el trabajo en los últimos años y tanto dinero enviado por los expatriados que trabajan en Kuwait .La estructura original de estilo barroco que data de 1691 fue reconstruida por completo en 1890. Sólo un campanario quedó incompleto y sigue estando incompleto hasta el día de hoy.El andamiaje ha cubierto la torre norte casi continuamente desde 1981, el trabajo se reanuda a ratos y se detiene de nuevo, ya sea por falta de fondos o de la muerte de un sacerdote importante. Incluso en su estado incompleto, la catedral se considera la atracción turística más importante de Kittur. De particular interés son los frescos del cadáver milagrosamente conservado de San Francisco Javier, pintados en el techo de la capilla y el mural colosal titulado Alegoría de Europa Acercar la Ciencia y la Ilustración en las Indias Orientales detrás del altar.P.256.George D'Souza , el hombre mosquito , había capturado el mismo una princesa. La evidencia de esta afirmación se produciría al atardecer, cuando el trabajo terminó en la catedral.Hasta entonces George sólo iba a chupar su sandía, soltar una indirecta a sus amigos y sonreir.Estaba sentado en un montículo en forma de pirámide de piedras de granito en el recinto frente a la catedral con su mochila de metal y su vaporizador a un lado.Las mezcladoras de cemento estaban gruñendo en ambos lados del edificio catedral , aplastando piedras de granito y barro y arrojando montículos de mortero negro.En el andamiaje, los ladrillos y cemento estaban siendo izados hasta la parte superior de la torre del campanario norte.Los amigos de George, Guru y Michael, echaron el agua de botellas plásticas de un litro en el mezclador de cemento.Como las máquinas goteaba en el suelo de color rojo del compuesto, riachuelos de agua de color rojo sangre en cascada hacia abajo desde la catedral, como si se tratara de un corazón dejado en una hoja de periódico al desangrar.Cuando terminó con su sandía , George fumó beedi tras beedi.Cerró los ojos y al mismo tiempo los niños de los trabajadores de la construcción comenzaron a rociarse el uno al otro con el pesticida.Les persiguió por un tiempo, luego volvió a la pirámide de piedras y se sentó sobre ella.Era un pequeño, ágil, oscuro hombre quien parecía estar en sus cuarenta y pocos años, pero ya que el trabajo físico acelera el envejecimiento, podría haber sido más joven, quizá incluso en la treintena.Tenía una larga cicatriz bajo su ojo izquierdo y una cara picada de viruelas, que sugiere un reciente ataque de la varicela.Sus bíceps eran largos y delgados , no del tipo brillante, y tonificado en los caros gimnasios, los tendones tallados por la necesidad del duro trabajo, piedra dura y profundamente grabada por una vida teniendo que llevar las cosas para otras personas .p.257Al atardecer se encendió la hoguera frente a la pirámide de piedra de George, una llama flameante y el arroz y pescado al curry cocinado en una olla negra.El transitor se encendió. Los mosquitos zumbaron. Cuatro hombres se sentaron alrededor del fuego parpadeante, con las caras brillantes, fumando beedi.Alrededor de George estaban sus companeros de trabajo -Guru, James y Vilay - que habían trabajado con él en la obra de construcción antes de su despido.Tomando su cuaderno verde de su bolsillo , lo abrió por la página del medio, dónde guardaba algo de color rosa, parecido a la lengua de un animal que el habia capturado y despellejado.Era un billete de veinte rupias. Vinay manoseó esa cosa asombrado, incluso después de que Guru lo apartó suavemente, no podía apartar su mirada de él.' ¿ Lo cogiste por pulverizar pesticida en su casa? '' No,no,no...Ella me vio pulverizar e intuyo que estaba impresionada porque me pidió que hiciera algunos trabajos de jardinería.'' ¿Si ella es rica, no tiene un jardinero? '' Ella lo tiene pero el hombre siempre está borracho. Así que hice su trabajo.'George lo describió quitando el tranco muerto del camino de la alcantarilla en el patio trasero y llevándolo a unos metros de distancia, quitando el fango que se había depositado en la alcantarilla, permitiendo a los mosquitos a criar. Luego recortando los setos en el jardín delantero con una podadera gigante.'¿Eso es todo?' La mandíbula de Vinay se abrió. '¿Veinte rupias por eso?'George echó el humo al aire con una lujuriosa malicia.p.258.Puso el billete de veinte rupias en el cuaderno y el cuaderno en su bolsillo.' Esto es por lo que digo: Ella es mi princesa.'' El rico es dueño del mundo entero. ' dijo Vinay con una señal que era medio rebelión y medio aceptación de esta realidad.
'¿Que es veinte rupias para ellos?'Guru que era Hindú que generalmente hablaba poco y que era consideró profundo por sus amigos. El había estado tan lejos como Bombay y podía leer las señales en inglés.'Dejame decirte sobre los ricos.Dejame decirte sobre los ricos.''¡Vale, dínos!'' Te voy a contar sobre los ricos. En Bombay en el Hotel Oberoi en Nariman Point hay un plato llamado 'Carne Vindaloo' que cuesta quinientos rupias.'' ¡De ninguna manera! '' Si,quinientos. Estaba en el periódico inglés en domingo. Ahora ya conoces cómo son los ricos .'' ¿Qué pasa si pides el plato y luego te das cuenta de que te has equivocado y no te gusta ? ¿ Te devuelven el dinero ? '' No, pero eso no importa si eres rico. ¿Sabes cuál que es la mayor diferencia entre ser rico y ser como nosotros ? El rico puede equivocarse una y otra vez . Nosotros nos equivocamos sólo una vez y eso es suficiente para nosotros .'Después de cenar George invitó a todos a tomar algo en la tienda de arrack. El había bebido y comido de la caridad desde que fue despedido de la obra de construcción; fumigar los mosquitos, que Guru había preparado para el a través de contacyo con la corporación de la ciudad, fue un trabajo de una vez por semana.p.259'El próximo sábado' dijo Vinay cuando salieron de la tienda de arrack a medianoche, completamente borrachos.' Voy a ver a tu jodida princesa .''No te voy a decir dónde vive.' George gritó. ' Ella es mi secreto. '.Los otros estaban molestos pero no insistieron sobre el asunto. Estaban suficientemente contentos para ver George de buen talante lo que era una cosa rara desde que él estaba amargado.Se fueron a dormir en las tiendas de campaña a la parte trasera de las obras de construcción de la catedral.Desde que era septiembre había peligro de lluvia pero George durmió al aire libre, mirando las estrellas y pensando en la mujer generosa que había hecho de este día , un día feliz para él .El sábado siguiente George se ató su mochila de metal, conectó el vaporizador a uno de sus boquillas y se fue hacia Valencia. El paraba en cada casa a lo largo de la ruta y donde veía un charco o agujero de alcantarilla, disparaba su arma tzzkk..tzzkk..
El caminó el medio-kilometro desde la catedral y entonces giró a la izquierda en uno de los callejones que se deslizaban cuesta abajo desde Valencia.El tomó la ruta hacia abajo disparando su arma en las alcantarillas a los lados de la carretera tzzkk...tzzkk..tzzkkLa lluvia había terminado y los estridentes torrentes cubiertos de barro ya no brotaba cuesta abajo pero las ramas titilantes de los árboles del borde de la carretera y los toldos inclinados de las casas aun goteaban en la carretera dónde las piedras sueltas trenzaba el agua en los arroyos brillantes que fluían en las alcantarillas con una música suave.El denso musgo verde recubrió las cunetas como un sedimento de bilis y las cañas brotaban del lecho de las rocas y los pequeños parches pantonosos de....(p.253)

¡Bip!
¡Bip!
¡Bip!
“Hermano...tienes el collar de oro de la joven sirvienta... ¿no puedes solo darme la pelota azul para Brijesh?”
¡Bip!
¡Bip!
¡Bip!
Jayamma pensó con horror en la comida con la que había nutrido a esa gorda creatura, como era lo dulce de su frente, goteando en el caldo de lentejas en el calor de esa pequeña cocina, que lo había nutrido hasta ese momento, gordo y rechoncho, como un animal criado en la yarda posterior de la casa del Cristiano. Tuvo la visión de perseguir a ese gordo niño con un cuchillo de carnicero; vió a si misma cogiendolo por el pelo y levantando la hacha sobre su suplicante cabeza. ¡Bang! La bajó – sacó a fuera su lengua, sus rasgos se hincharon, y era...
La vieja mujer estremeció.
“Tu eres un huérfano, y un Brahmin. No quiero pensar mal de ti...adiós, hermano...”
Salió a fuera a el jardín con su maleta, echando un último vistazo a la pelota. Fue hacia la salida y se paró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas de razón. El sol se burló de ella entre los arboles.
Justo después, Rosie salió de la casa del Cristiano. Se paró y miró la maleta en la mano de Jayamma. Habló. Por un momento Jayamma no entendió ni una palabra, luego el mensaje del Cristiano sonó fuerte y claro en su mente:
¡Llévate la pelota, idiota de Brahmin!


(p.254)

Precipitaron flotantes palmas de coco. Jayamma se encontraba en el autobús de vuelta en el pueblo Salt Market, sentada al lado de una mujer que volvía desde la sagrada ciudad de Benares. Jayamma no pudo prestar atención en las aventuras de la santa mujer sobre los grandes templos que había visitado...sus pensamientos se dirigían solamente hacia la cosa que ocultaba en su sari, puesta contra su barriga...la pelota azul con el pequeño agujero...la que había robado hacía poco tiempo...¡No podía creer que ella, Jayamma, la hija del buen Brahmins del pueblo Salt Market, había hecho una cosa así!
Por fin la santa mujer que estaba a su lado se durmió. Los ronquidos llenaron a Jayamma de miedo por su alma. ¿Qué le harían los dioses?, se preguntó, en cuanto el autobús se agitó sobre el camino de tierra; ¿Qué sería en su próxima vida? Una cucaracha, un lepisma que vive en los libros antiguos, un lombriz, un gusano en un montón de mierda de vaca, o algo aun más sucio.
Luego tuvo un raro pensamiento: podría ser que si hubiera pecado bastante en su vida, hubiera vuelto como Cristiana en otra vida...
Ese pensamiento la hizo sentir exaltada con alegría; y se durmió casi enseguida.